Entretenimiento

Cuando alguna vez

El abuelo no ha dejado nunca de ver mi maternidad como un regalo, una bola extra de felicidad compartida

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL: ‘Cuando alguna vez’, Juanes & Fonseca


– ¡Parece mentira que seas una mamá de dos niños, con tantas responsabilidades! Te miro, y sigo viendo a mi niña…

A veces, hace falta que el mundo pare de girar y de envolverte con su inercia de mundo bailarín. A veces, hace falta que tu otra parte, tu origen, te reconforte con mimos que tienen sabor aquí ya estuve, y que bien estuve. A veces hace falta volver a sentirte hija, con tus cosas de hija, tus miedos de hija, tus risas de hija, tus ganas de abrazo mimoso de hija, para comprender, si es que se puede, de qué están hechos los papás. Ahora que estoy del otro lado, que yo soy origen y me debo a ello como a nada en la vida, respiro entre los brazos de los míos, de mis padres, y pienso: ¡qué suerte he tenido!

– Pues ya llovió, eh…

Mascullo, con los ojos cerrados, dejándome estrujar por un abrazo atropellado, robado a los niños, que con la mirada perdida entre una colina de arándanos y el puente de los deseos, ayudan a Dora a localizar al duende de pelo rojo. Mi padre, al que convertí en abuelo cuando nacieron mis hijos, no ha dejado nunca de ver mi maternidad como un regalo, una bola extra de felicidad compartida, que agradece y venera con bobera maravillosa y delicada. Aquello tan redicho de un abuelo vive una segunda paternidad con sus nietos, se me queda pequeño y me tira de la sisa, porque él, mi papá, lo que practica y entiende, es quererlos como nunca ha querido a nadie. Ni a mí, estoy segura, porque los abuelos aman con la libertad de hacerlo, sin ataduras, ni obligaciones, lo hacen porque sí, por el placer de amar sabiendo que esos niños han salido de donde han salido, y con ese punto de partida: ¿cómo iba a salir algo no querible?

– ¡Míralos…! – Me dice, embelesado, señalando a los pequeños – Son lo máximo…

– Lo mismo te pasas un poco, ¿que no…? – Me río, sin levantar la cabeza de su hombro, disfrutando de la escena: Nicolás tirado en el suelo y Lorenzo sentado encima, como si fuese un caballo. Amasijo de piernas y brazos, hermano sobre hermano.

– ¡Tch…! Lo máximo, ¿no lo ves?

No le llevo la contraria, porque para qué: los abuelos siempre tienen la razón, galones mandan. Y en este caso en concreto, me pierde la locura que se llama amor, así que, festejo, esponjándome como un pollito, este ranking colosal de quereres incondicionales.

– No te creas esta estampa tan bucólica, que en menos de diez segundos ya están chinchándose el uno al otro… – Señalo a los niños, que ahora sí se saben observados, y se giran, interesándose por la conversación de adultos.

– Abuelo, ¿a que Dora no puede volar en una cometa si no tiene carnet…? – Nicolás inquiere, con los ojos abiertos de par en par.

– Auelo, ¿a que Ora no puevoar enuna coneta si no tienecarnéééé…? – Lorenzo, con su etapa mimo, es el espejo atropellado de todo lo que dice su hermano. Con su lengua de trapo, lo llena todo de magia.

– Bueno, no debería volar en cometa sin carnet, porque lo mismo se da un golpetazo y después no lo cubre el seguro de accidentes… – El abuelo se ríe a carcajadas, pero en un instante, recupera solemnidad: la pregunta lo requiere.

– Claro, es que si se cae encima de una vaca, por ejemplo, ya me dirás… – Nicolás se gira hacia la pantalla, para ver si Dora vuela no vuela en cometa.

– ¡En la granja de mi tío, íaíaó, había muxos animalitos, íaíaó, y cómo hace la vacaaaaa, y cómo hace la vacaaaaa, la vaca hace muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu…! – Lorenzo cabalga sobre su hermano, haciendo su aportación al posible aterrizaje forzoso de Dora en comenta sobre una vaca.

– ¿Y lo bien que canta el pequeño, qué me dices…? – El abuelo poseído por el espíritu fan, aplaude fervorosamente.

– Papá: se te ve el plumero – Le doy un beso y sonrío, porque en su mirada puedo leer ‘este niño llega lejos, por lo menos, por lo menos como Miguel Ríos’.

– Ni plumero ni plumera, a mí no me digas: tiene talento, ¿o te crees que es fácil entonar sin desafinar?

Tiene tres años, es muy pequeñito…

Lorenzo se viene arriba (es lo que tiene tener público entregado), y comienza su retahíla de canciones, muchas inventadas y otras tantas versionadas, en todo caso, afinadas, como dice su abuelo.

– Papi, todos los niños cantan, no es por quitar méritos al bebé…

Vuelvo a reírme, porque al abuelo no le da la vida para encontrar el móvil en el fondo más fondo de todos los fondos de un bolsillo, que, a juzgar por su esfuerzo, parece no tener fin. Cuando da con él, acciona la cámara de vídeo, no vaya a ser que no quede constancia de que sus nietos son virtuosos. Sin dejar de grabar, comienza a silbar la melodía de la canción que chapurrea Lorenzo: mi salón parece el escenario de ‘Tú sí que vales’. Mi padre siempre ha silbado muy bien, pero no un silbido de fiu, fiu, sino silbido gramola: canción que pedías, canción que sonaba. Su especialidad, El sitio de Zaragoza, toda solemne y marcial, que soplaba a la perfección, nota a nota, mientras se daba espuma con la brocha, impregnada con jabón de barra Magno La Toja, afeitándose una y otra vez, pasada va, pasada viene, dejándonos soñar con la musicalidad doméstica que salía de sus labios apretados.

– Abuelo, ¿me enseñas? ¿Me enseñas? ¿Me enseñas? – Nicolás se pone en pie como si le pinchasen el culo con un alfiler, apretando el morrito.

– ¿¡Pero cómo, no te enseñaron a silbar…!? – Mi padre me guiña un ojo y retoma conversación infantil, razonamiento puro – Esto hay que solucionarlo, porque si esa Dora volando en cometa nos quiera aterrizar en el tejado, tendremos que disuadirla como si fuésemos un silbato…

– Auelomeenseñas, auelomeeeaaaaas… – Lorenzo se afana por recuperar protagonismo, intentando escalar por las piernas del abuelo.

– ¡Venid! ¡Sentaos aquí, que cuando terminemos la lección vais a silbar hasta Clavelitos…! – Sentencia el abuelo, emocionado.

– ¡Psss! Clavelitos no, hombre, que está demodé… – Otra vez me río, ya me diréis si no es para hacerlo – Cosa de Shakira o Dani Martín o Luis Fonsi, pero Clavelitos…

– ¡Anda la otra! – Me contesta, ocurrente, el abuelo – Si la tuna es un clásico…

– Yo sé qué es la tuna, abuelo, porque un día la olí… – Apostilla Nicolás.

– La vi, Nicolás, no la olí… – Enmiendo la frase, con rintintín de madre marisabidilla.

– No, yo la olí: ¡y de lejos!, porque entraban por el fondo de la calle, y cuando se nos acercaron me olió a bolitas blancas de los armarios del garaje, ¿no sabes? – Argumentar se ha hecho para mi mayor, no hay duda.

– ¿A qué…? – El abuelo no puede parar de reír, porque ver a su nieto explicarse como un adulto, sigue siendo novedad para él (y un poco para todos, la verdad).

– A bolitas del armario del garaje: pregúntale a mamá…

– A bolitas de alcanfor, abuelo: la tuna olía a bolitas de alcanfor… – No sé si existe la muerte por jajajá, pero de no haberla, ahí voy, iniciando etapa.

– ¿Qué me cuentas…? – Divertido, el abuelo ríe y ríe – Pues sí que están demodé, sí, que huelen a sacristía de obispo de Roma, no te digo yo que no.

– ¡Yo quieooosilbarasííííi fiiiiifiiiiiifiiiii…! – Lorenzo reclama su Master Class de pequeño gorrión.

– Abuelo, podemos empezar por la canción de Enrique Iglesias, ¿te la sabes…? – Antes de que Nicolás termine, Lorenzo ya está versionando su hit ‘Súbeme la radio’.

– Yo, al único Iglesias que conozco es a su padre: ¿os enseño Gwendolyne…?

– Papá… – Me troncho, mismamente.

– Noe, en mi época sonaba un montón en los guateques: ¿no te encanta?

– A mí me encantas tú…

Por supuesto, aquella tarde mis hijos aprendieron a silbar (cada uno a su manera y según categorías: cadete y alevín). Por supuesto, aquella tarde mis hijos aprendieron a silbar, y lo hicieron con la melodía de Gwendolyne. Por supuesto, cuando sean mayores y yo ya no está para recordarles que tuvieron el mejor abuelo del mundo mundial, esta canción hará su cometido, y cuando alguna vez, un día cualquiera, en una emisora vintage o quizá en un programa de refrito de la tele, oigan la canción, viajarán en el tiempo y se darán cuenta de que un día alguien les quiso por encima de todo, por encima de cualquier cosa y sólo por ser ellos y haber salido de mí. Ese alguien es su abuelo. Es mi papá. Y ese regalazo es el que se llevan en herencia. ¡Que suene clavelitos…! ☺

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