Entretenimiento

La chica de ayer

“Si hay algo que toque los si bemoles a una mamá recién parida, es tener que escuchar constantemente falso-halagos sobre su recuperación tras el parto…”

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, La chica de ayer, versión de Antonio Carmona

 

Me queda lejos el enfado, y me queda lejos, por ende, el desenfado; pero si hay algo que toque los si bemoles a una mamá recién parida, es tener que escuchar constantemente falso-halagos sobre su recuperación tras el parto. Aun con el cono sur dolorido, las hormonas bailando Regetón y un bebé al que no acabas de reconocer como familia del todo, te sientes observada, quizá también tasada, cual vaca en exposición ganadera.

Fast Rewind, porplís! Momento flashback al canto, pues.

– Oye, pero te veo estupenda, ¡hay qué ver qué recuperada estás…!

¡Ea! Esta nueva mamá que soy yo, tan flácida, tan dolorida, tan inestable, tan melancólica y tan carente de toda capacidad de defensa, se siente como el orto. Porque no es verdad: no estoy recuperada, no estoy bien, no estoy estupenda, pero, en todo caso, no creo que eso sea un debate urbano, a pie de jardinera en calle peatonal o la cola del súper en hora punta. Acaban de sacarme de dentro un bebé, por el mismo orificio por el que hay días me cuesta ponerme un Tampax: tengan piedad de mí, aunque sólo sea por eso. Lo único que no necesita una mamá recién alumbrada es que alguien le recuerde que d-e-b-e, t-i-e-n-e y n-e-c-e-s-i-t-a volver a partir nueces sobre su abdomen. En mi caso en concreto, un algo que ya tengo avanzado, porque jamás he tenido unos abdominales como lavar ropa blanca en la orilla del río Kwait; y aún así: ansiedad y ridículo, que punzante combinación.

– Aun estoy hinchada de c*jones, pero es lo que hay.

Tocada y hundida, pero sin c*jones, claro, aunque conociendo su peso redondito y pendular cuando una conocida con ‘síndrome de cuñada’ me busca un flotador sobre el ombligo. En ese mismo instante eterno, quiero mandarla a tomar por saco, pero me falta decisión. Así que, y en el penúltimo acto heroico del que soy capaz antes de hacerme pis a causa del esfuerzo y de falta de tonicidad en el suelo pélvico, meto barriga asíííí´, asíííi, asíííi. Con todas y con esas, con las bragas mojadas cual catarata del Niágara, me motivo: yo creo que con esta tortura china, puede que se me borre un centímetro de mi nuevo diámetro caderil. Pero no se borra, y en su lugar, te acomete un ataque de hipo, que hace que en cada contracción del diafragma, te vuelvas a hacer pis; y así una y otra vez, y vuelta la burra al molino, que si quieres té, Marité.

– Mujer, es normal, acabas de pariiiiir – Te dice la arpía, clavándote la mirada en el ecuador de tu cuerpo.

Y como aquel tinglado de Jesús y los delatores: no me judas, no me judas… ¡Claro que acabo de parir!

Nadie lo saber mejor que yo, y sin embargo, parece que lo único que me tiene que preocupar es si mi barriga está o no en el sitio que al respetable le apetece. Cuatro kilazos de niños después, raro sería que mi piel no fuese un acordeón, así que no entiendo en qué momento alguien puede pensar que me apetece hacer conversación sobre ello, sobre mi huída autoestima, sobre mi miedo a terminar pareciéndome al maestro Yoda, pero con ombligo y monte de Venus por barbilla. De las barrigas de las paridas no se habla, ni mu.

– ¡Calla, calla, qué valor, un niño tan grande: te darían puntos, claro!

Los puntos del álbum para toda la vajilla Duralex, cara de culo, me entran ganas de contestar. Pero estoy blandita, indefensa, enamorada de la cara arrugada de mi recién nacido, que por alguna extraña razón me recuerda a Jordi Pujol; lo único que quiero es terminar aquel encuentro, que no debió suceder jamás. Sin embargo, sigo allí, petrificada, esperando a que llegue el gran cataclismo y me ayude a desaparecer. Podría salir por piernas (escarranchada, que tengo por vagina un cojín bordado a punto de cruz, claro), pero no me muevo de donde estoy, empuñando el carrito y pensando si no sería mejor quedarme en casa, a disfrutar de mi desvencijado ‘yo’ hasta que mis niños me pidan acompañarlos al altar.

– ¡Qué remedio: eso, o vomitarlo, porque sin ayuda no salía…! – Arguyo, con retranca en monodosis. Ser gallega da ese qué sé yo de mala milk y ocurrencia, listo para tomar en cualquier lugar.

– ¿Y te come bien…? – La lagarta maravillosa que me hace la interview me mira el pecho, segura de que debo tener leche para mí y una manada de manatíes.

Yo, que respeto muchísimo la lactancia materna mientras no tenga que ser yo la que tenga que poner la teta, me estremezco y estoy tentada a contestarle ‘me comía más antes, ahora con los niños, el sexo es cuando toca’ (hastaelc*ño.com, mismamente me tienes, chata). Respiro, me sosiego, dejo de temblar por el subidón de azúcar (otra perla del post parto) y me hago un Winona Ryder, cuando le preguntaron si había mangado ropa en los probadores…

– ¡Muy bien, muy bien! No hay quien lo pare… – Mentira cochina: tengo acciones en biberones NUK.

Y la lagarta de m*erda, que estaba ávida de saber más, se me queda mirando, y me dice:

– Ten cuidado con los pezones, que si te los coge mal, puedes acabar con mastitis.

¿¡Pero vamos a ver…!? ¿¡Pero qué invento es esteeee…!? ¿¡Cómo se puede ser más hija de una cabra!? Si no es herir, parece, porque no siendo que aquella conversación fuese una lucha de gladiadoras, cuerpo a cuerpo, esperando a que se nos comiese el león, ya me diréis. En un momento de inesperada lucidez, llámale también estoy hasta las gónadas verte el bigote, me quedo mirándola y le pregunto:

– ¿Cuántos niños tienes tú…? – Cejas arqueadas.

– ¿¡Yoooo…!? – Tic, tac, tic, tac, tic, tac – ¡Ninguno! Es que a mí todo esa historia del parto me pone muy mal cuerpo…

– ¡Acabáramos, monina! – La tensión se me funde en risas nerviosas – Así que tu mal karma con las valientes que alumbramos seres humanos es sólo por j*der, nada más.

Y la lagarta poliédrica, sonríe porque no entiende a qué viene mi villanía. Sonríe como el niño al que acaban de pillar meando por fuera en el baño recién fregado. Sonríe como la sinvergüenza a la que acaban de poner en su sitio. Sonríe…

– Igualito, igualito que los que ven porno en el Plus y después creen que han f*llado la mar de bien.

No he vuelto a ver a la lagarta malévola (espero no haya muerto, porque tampoco era para tanto mi desaire), pero ansío con todo mi ser, ya en sus medidas definitivas de madurez y maternidad por partida doble, que se lo piense dos veces antes de atormentar a otra mamá recién parida. No es bien ser cruel y cansina con el débil, háganlo circular. Y sí, no soy la que era: soy la que soy y la que me gusta ser. No soy la chica de ayer, soy la mamá de hoy, por siempre jamás. Con mis cicatrices, mis carnes y mis costurones, pero también con mis niños, que es, al fin y al cabo, lo único que seguro haré bien en la vida.

noemartinez.es

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