Opinión

Repudiemos el chantaje

Jose Segura / LO QUE HAY

El ingreso en prisión preventiva de los máximos representantes de Manos Limpias y Ausbanc, han dejado en evidencia lo que ya se venía sospechando de ambos: que son unos extorsionadores profesionales y que han utilizado el chantaje para promover operaciones conjuntas o por separado, con el fin de obtener grandes cantidades de dinero.

Del supuesto sindicato Manos Limpias, cabe destacar un par de detalles: que su ideología ultraderechista –tan peligrosa como la de los ultras de cualquier signo o condición- es un caldo de cultivo evidente para la comisión de fechorías; y que sus extorsiones bajo amenaza de denuncia en el juzgado, poco éxito habrían obtenido de no tener el extorsionado algo algún delito que ocultar en su mochila. Véase, por ejemplo, la presunta culpabilidad de Cristina de Borbón.

Respecto a Ausbanc, sus negocios ilícitos estaban dedicados también a amenazas judiciales similares, aunque su mayor negocio se orientaba a la obtención de publicidad en las publicaciones de su propiedad, a cambio de no escribir contra el potencial anunciante. Una fea costumbre, bastante más extendida de lo que parece, como ocurrió en su día con la implantación en Valencia de un diario nacional de perfil claramente conservador.

Para que una extorsión se produzca, se necesitan necesariamente dos agentes en la operación: el extorsionador y el extorsionado. Y difícilmente se puede producir el chantaje si el amenazado tiene una trayectoria limpia o nada oscuro que ocultar. Aunque haya veces que el chantajista amenaza simplemente con el ejercicio de la violencia. En este caso, una vez más, el poderoso contra el débil.

La extorsión es practicada por muchos ciudadanos desde muy temprana edad. Las amenazas, con o sin motivo, entre niños o niñas en los colegios, se producen diariamente, con todas las características ineludibles en todo chantaje: el amenazador es más fuerte que el amenazado y este guarda silencio aterrorizado.

Más adelante, en la pubertad y en la adolescencia, crecen alarmantemente las extorsiones de carácter emocional, favorecidas actualmente por el uso bastardo de las nuevas tecnologías de la comunicación. Y así, el chantaje emocional se va desarrollando como costumbre en el individuo, abriendo la puerta a la comisión de delitos.
Mala gente los extorsionadores, se encuentren en la cúspide social o entre la más baja estofa. Y peor destino el de los extorsionados, que rara vez encuentran una defensa eficaz ante este tipo de amenazas.

No quiero acabar mis letras sobre este vomitivo asunto, sin recordar que el chantaje proviene de los lugares u organizaciones más insospechadas. Del universo financiero, de la religión, de la política, de los compañeros o de la propia familia. Y más que vendrán a extorsionar mientras la ética siga sin ser una asignatura de obligado estudio.

Twitter: @jsegurasuarez

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Harry Athwal, el turista británico que no quiso dejar morir solo al niño Julian en el suelo de La Rambla

Harry Athwal es un turista británico de 44 años que durante las últimas horas se está convirtiendo en Reino Unido en el símbolo de valentía, humanidad y ayuda a las víctimas de los atentados en Barcelona y Cambrils por su actitud con Julian Cadman, el niño australiano de siete años que los Mossos han confirmado que murió en el ataque terrorista en La Rambla. Este inglés de Birmingham se encontraba en el balcón del primer piso de un restaurante de La Rambla en el momento del atentado del pasado jueves. Desde allí vio el ataque y tras pedir a sus acompañantes que no se movieran de ahí, bajo a prestar ayuda. “Fue instintivo. Miré a ambos lados, había cuerpos esparcidos y a mi derecha estaba el niño, en medio de la calle. Corrí directamente a él”, declaró Athwal al periódico británico Mirror. “Estaba inconsciente, su pierna estaba doblada y le salía sangre de la cabeza. Sabía que era más que sangre”, afirma. “Le tomé el pulso y no tenía. Puse mi mano sobre su espalda y pensé que se había ido. Le acaricié el pelo y me llené de lágrimas, pero me quedé con él, me senté allí porque no iba a dejar a este niño en medio de la calle”, asegura. Aunque la policía le reiteró varias veces que debía moverse ya que los terroristas podrían regresar, Athwal se negó a dejar a Julian. “Se parecía a mi propio hijo. Era de su misma edad, unos siete u ocho años”, asegura. “Nunca vi su rostro pero me consuela saber que tenía alguien con él”, recuerda Athwal, que tuvo que llamar repetidamente a los servicios de emergencia para que atendiesen al chico. “Había tanto pánico, la gente gritaba y había muchos cuerpos para atender”, indica. Posteriormente se reunió con su hermana y el resto de sus acompañantes en una farmacia donde esperaron hasta la medianoche cuando la policía llegó y les hizo marchar. Harry Athwal, que regresó a La Rambla para unirse al minuto de silencio, aseguró que se quedarían hasta el lunes tal como habían planeado. “Se lo debemos a Barcelona”, añadió.
(El Mundo)

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