Opinión

¿Aprendemos de los errores?

José Segura Suárez

Jose Segura / LO QUE HAY

No parece que los humanos seamos capaces de aprender de nuestros propios errores. Ni de los históricos ni de aquellos a los que sí alcanza la memoria vívida. Una de las claves que confirma este paradigma se manifiesta claramente cuando se trata de nuestra actitud ante la política.

En asuntos de este calibre, no nos diferenciamos mucho de países tan lejanos y aparentemente tercermundistas, en comparación con el nuestro, como es Perú. Allí, acaba de ganar las elecciones la hija del terrible Fujimori, aunque aún tendrá que acudir probablemente a la llamada segunda vuelta.

Fujimori padre, destrozó el panorama político e incipientemente democrático de Perú. Actualmente se encuentra encarcelado por los múltiples crímenes que cometió. Habrá que ver, si vuelve a ganar su hija, qué le espera a nuestros primos hermanos de aquellas tierras.

Salvando todas las distancias –geográficas y sociopolíticas- el triunfo de la Fujimori me hace pensar indefectiblemente en nuestra desnortada España. También aquí nos encontramos en esa especie de síndrome de Estocolmo, que hace a tantos y tantos ciudadanos rehenes emocionales del Partido Popular, cuya diferencia con los abusos de aquel Fujimori de entonces no es tan grande como parece. Será más ¿civilizada? y de guante blanco en apariencia, pero no por ello menos antidemocrática, corrupta y generadora de miseria.

Y precisamente cuando tuvimos la oportunidad de quitarnos al PP de encima, al menos por una temporada, votamos de la manera más diversa que se recuerda en nuestro país durante los últimos tiempos, para dar cabida a una necesaria savia nueva que nos sacara de la desigualdad y del profundo atraso generado en tan solo cuatro años.

Lo que seguramente no imaginábamos es que esta oportunidad, que los ciudadanos dimos al imprescindible cambio, iba a resultarnos cual tiro por la culata. No parece que en nuestra ilusión por alcanzar nuevos tiempos más justos y progresistas, se nos ocurriera la posibilidad de que aquellos en los que depositamos nuestra confianza el pasado 20D, fueran tan incapaces para ponerse de acuerdo y tan mezquinos para priorizar sus propios intereses de partido sobre las urgentes necesidades del pueblo al que representan.

La cosa pinta realmente mal. Claro que aún cabe la posibilidad de un acuerdo en el último minuto, pero las barreras generadas por sus mutuos vituperios y jugadas poco limpias no indican nada bueno.

Así que, por si acaso, habrá que ir preparándose para unas nuevas elecciones generales. Una cita con las urnas en la que se aventura un previsible incremento de la abstención, como muestra inequívoca del hastío que los partidos nos han provocado con su ineficiente gestión de unos pactos necesarios por ineludibles.

En consecuencia, estas probables nuevas elecciones cambiarán muy poco la situación de reparto actual de escaños. Y no solo eso. Como ayer escribía mi colega María Mir Rocafort en Publicoscopia, es más que posible que el asegurado primer puesto del PP y el vaticinado incremento de Ciudadanos lleven de nuevo al gobierno a las derechas españolas, sean estas de la vieja o de la nueva política.

Una situación que nos habremos ganado a pulso, tanto los desconcertados ciudadanos, como esos partidos de izquierda –por decir algo-, que se llamen PSOE o se denominen Podemos, ni son lo que parecen ni merecen nuestra confianza. Lo tenemos crudo, muy crudo.

Twitter: @jsegurasuarez

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