Entretenimiento

Más allá del arcoiris

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

Cualquier cosa en pro de que el hogar no acabe siendo una gruta de la cueva de Altamira…

Noe Martinez
Noemí Martínez

Sugerencia Musical Somewhere over the rainbow, BSO Mago de Oz

En el ranking de cosas disparatadamente maravillosas por las que te dejas seducir en aras de ser y sentirte una mamá molona, la pintura de dedos es, sin duda, lo más de lo más. Lo mejor de lo mejor. El sin sentido de padre/madre muy señor mío. Porque estas actividades creativas, que en los catálogos de IKEA y los foros de Internet quedan tan estupendas, cuando las extrapolas a casa, de puertas a dentro y con cuatro manitos pringosas que controlar, las cosa se pone épica. Más que ‘a ver si somos capaces de pintar por dentro’, lo único que se te sale es…

– ¡Chechechechechééé, en el papel, niños, en el papeeeeeeel…!

Ni lienzo ni leches, llegado el punto en el que ves peligrar la integridad de tu salón, que un día, allá como al comienzo de la evolución del ser humano o algo, tan meticulosamente decoraste, se acabó la poesía. Cualquier cosa en pro de que el hogar no acabe siendo una gruta de la cueva de Altamira. Así que, haciendo de nervios corazón, conduzco sus extremidades, goteando pintura a escape libre, a algún lugar lejos de la tapicería/cortinas/alfombra/pantalla plasma.

– ¡Es que yo no terminé de poner lunares en el bigote de mi gamba de la galaxia lejana…! – Nicolás intenta zafarse de mis brazos, para dar rienda suelta a su yo creativo-vandálico, haciendo girar sus manos, cual molino de viento, para que gotas de pintura acaben en cualquier sitio, excepto el bigote de su gamba de la galaxia lejana.

– Las gambas no tienen lunares en los bigotes, hijo… – Haciéndome la cabal, intento coaccionar la creatividad del mayor, a ver si con disuasión adulta consigo algo.

– Pero mamiiii, esto es un dibujo arstraito*…

¿¡Arstraito*…!? ¿En serio? Mi hijo de cuatro años y medio (no se olviden del medio, que le da un plus de madurez en el patio del cole, y seguro que alguna prebenda para jugar con los de cinco) está tratando de comunicarme que su obra se encuadra dentro de la llamada pintura abstracta? Ojiplática perdida, acaricio al cabeza del bebé, a esta hora, ya, con el flequillo punki, a dos colores, verde y amarillo, tan homenaje a la bandera Canarinha.

– Azzssssuuuul…

El bebé, que de artes plásticas entiende lo justo, pero en emborronar tienen un máster MBA, mete su mano regordeta en el bote, intentado coger cuánta más pintura mejor. Veo, por la golfería de su mirada, que algo grande está tramando, así que, cual portero de Manchester United, me pongo frente a él, para que vea con quién se las juegas. El pequeño, que tiene la mirada más linda+incineradora+achuchable+hipnótica de la historia de las miradas bonitas, parpadea una y otra vez, regalándome un vientecito inapreciable, fruto de sus pestañas, que vienen y van. Así, alejada del mundo racional…

– Eeeeeeiiiiihhhhh…. – No puede ser. Pero lo es – ¡Lorenzo, no, hijo, en la cara de mamá noooooo…!

Azzsssuuuul en todo el jeto de mamá. ¿Avatar…? Unos aficionados, no más os digo.

– Mamita, ¿puedo pintarte yo ahora los labios de color rojo-sangre-de-dragón-de-las-Tortuga- Ninjaaaa…? – Nicolás, atacado de una risa idénticamente golfa que la mirada de su hermano, quiere aportar su genialidad en aquel caos.

– Una cosa os digo, par de dos: ¡nos serenamos, o se acabó la sesión de colores…!

Como puedo, me limpio la cara con una marea de toallitas húmedas, evitando que el azul me tiña el blanco del ojo. No puedo ir al baño a lavarme, con aquel tinglado montando en el salón (dos niños solos + cuatro botes de pintura = Big Bang Segunda Parte), así que decido que, en el orden de prioridades, ver con nitidez no es Fucking Master. Una sensación híper incómoda, entre urticante y cegadora, me tiene al borde del ataque de llorera. No obstante, y en aras una vez más de ser y sentirme la mamá molona que entiendo mis hijos deben tener y, por ende, recordar, me trago mis pupas, y sigo de promotora artística.

– Venga, ahora vamos a hacer un sol enorme entre los tres, pero sin que los rayos  lleguen a la mesa…

Cojo el dedito índice del bebé, que está tan azzsssuuuul, tan azzssuuull parece Pitufo Colón, señalando América. Lo meto en el bote de amarillo, pero al pintar sobre el papel, nos da un macarrónico verde, que alucina a Nicolás.

– ¡Ostrás…! ¡Magia, magia, magiaaaaa…! – Vocifera, enloquecido de la emoción – ¡Lorenzo sabe hacer magia! ¿Lo viste, mamita? ¿Lo viste?

– Lo vi, lo vi… – Y miento, porque ver no veo una m*erda (ojos llenos de pintura y perfume de toallita húmeda, les recuerdo), pero conozco la teoría cromática básica y sus combinaciones finitas.

– Dedo amarillo y pinta verde, mamitaaaa… – El mayor se levanta y mete su mano en el bote de la pintura amarilla. Pero la mete toda, no sólo los cinco dedos, lo que hace que el bote se desparrame vilmente, dejando un río de pintura a su merced, lienzo a través…

– ¡Lorenzo, bebé, nooo…!

Pero Lorenzo, bebé, sí. Cual pianista ejercitando extremidades musicales, estira sus diez deditos y, a carcajadas maravillosas, posa su mano en la riada de color que ya no estaba sólo en el papel que nos servía de mural, sino también en la mesa, en las patas de la mesa, debajo de la mesa. Metro y medio más allá de la mesa, pintura amarilla también. Y entonces quiero gritar, o llorar, o saltar. Incluso hacer pis. Pero no puedo hacer nada, sólo mirar a aquellos tipos maravillosos que me han salido de dentro, ahora con más chorretes de pintura que un Kandinsky, y pensar en qué momento de mi existencia y mi ser pude pensar que algo en todo aquello podía ser controlable. Se me vino a la cabeza una de esas explosiones nucleares que hacen los Coreanos, de manera periódica, para ver qué tal y qué pasa. Energía nuclear y qué tal y qué pasa suena ya dangerous que te cagas, y aun así: ¡zasca! Pues yo, con niños y pintura de dedos, ni os cuento. O sí, porque cuando piensas que ya nada puede mejorarse, va la cosa y coge color…

– ¡Mamita, me pica el culo…!

Y ahí vamos, con la mano chorreando, se baja un poco el elástico del pantalón, y se da al rascado como si no hubiese un mañana. No corro, vuelo para que no lo haga, pero ya para qué: tarde. Oh, oh…

– Nicolás, hombre, mira cómo te has puesto…

– ¿¡Qué…!? ¡A ver…! – Se gira sobre sí mismo, en improvisado tuerking, poniendo el culete en pompa – Alaaaa, mamiiiii
¿sabías que tengo un arcoíris viviendo en el culo?

Mami molona, mami guasona. Y una vez más, lo sé, no debería ser tan laxa en según qué cosas, pero es que no hay nada que me sublime más que la ocurrencia versus locura de mis niños. Caos pictórico aparte, un flequillo multicolor y un culete over de Rainbow son lo más de lo más, ese recuerdo íntimo y particular, hilarante y familiar que se quedará para siempre jamás en la libretita de las emociones, ese pequeño cuaderno intangible, con mil y una páginas por escribir, en el que espero puedan navegar a voluntad y encontrar su norte, cuando algún día, en medio de la tormenta llamada adolescencia, les haga falta saber quiénes son en verdad.

Mami molona, mami fregona, ¡ni lo dudéis…!

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ATENTADO EN BARCELONA
Harry Athwal, el turista británico que no quiso dejar morir solo al niño Julian en el suelo de La Rambla

Harry Athwal es un turista británico de 44 años que durante las últimas horas se está convirtiendo en Reino Unido en el símbolo de valentía, humanidad y ayuda a las víctimas de los atentados en Barcelona y Cambrils por su actitud con Julian Cadman, el niño australiano de siete años que los Mossos han confirmado que murió en el ataque terrorista en La Rambla. Este inglés de Birmingham se encontraba en el balcón del primer piso de un restaurante de La Rambla en el momento del atentado del pasado jueves. Desde allí vio el ataque y tras pedir a sus acompañantes que no se movieran de ahí, bajo a prestar ayuda. “Fue instintivo. Miré a ambos lados, había cuerpos esparcidos y a mi derecha estaba el niño, en medio de la calle. Corrí directamente a él”, declaró Athwal al periódico británico Mirror. “Estaba inconsciente, su pierna estaba doblada y le salía sangre de la cabeza. Sabía que era más que sangre”, afirma. “Le tomé el pulso y no tenía. Puse mi mano sobre su espalda y pensé que se había ido. Le acaricié el pelo y me llené de lágrimas, pero me quedé con él, me senté allí porque no iba a dejar a este niño en medio de la calle”, asegura. Aunque la policía le reiteró varias veces que debía moverse ya que los terroristas podrían regresar, Athwal se negó a dejar a Julian. “Se parecía a mi propio hijo. Era de su misma edad, unos siete u ocho años”, asegura. “Nunca vi su rostro pero me consuela saber que tenía alguien con él”, recuerda Athwal, que tuvo que llamar repetidamente a los servicios de emergencia para que atendiesen al chico. “Había tanto pánico, la gente gritaba y había muchos cuerpos para atender”, indica. Posteriormente se reunió con su hermana y el resto de sus acompañantes en una farmacia donde esperaron hasta la medianoche cuando la policía llegó y les hizo marchar. Harry Athwal, que regresó a La Rambla para unirse al minuto de silencio, aseguró que se quedarían hasta el lunes tal como habían planeado. “Se lo debemos a Barcelona”, añadió.
(El Mundo)

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