Opinión

Claustrofobia

Jose Segura / Filosofía impura

Se queja el “Chapo” Guzmán de que su encarcelamiento en una prisión mejocana de máxima seguridad le produce claustrofobia. En consecuencia, intenta agilizar su extradición a EE.UU., con la esperanza de que allí sea tratado en mejores condiciones. ¡Toma castaña!

Deberían pensarse todos aquellos que delinquen –traficantes, corruptos, asesinos, ladrones y otros- que la cárcel consiste en eso, en estar encerrado y perder un montón de derechos. Pero en la imaginación del delincuente, rara vez se destina tiempo para pensar en la posibilidad de ser pillado, condenado y encerrado. Con claustrofobia o sin.

También deberían saber los delincuentes que la misión actual del encarcelamiento en los países desarrollados, la reinserción, resulta falaz en la inmensa mayoría de los casos. La cárcel es simplemente un almacén al que van a parar todos aquellos que la sociedad o el poder no quiere tener a la vista. Se convierte así la prisión en un gigantesco contenedor, con vida propia, en la que solo los más fuertes de carácter sobreviven mentalmente.

De ahí que se dé con tanta frecuencia la figura del arrepentido, ese delincuente que negocia cantar parte o todo lo que sabe, con tal de evitar ese encierro que tanto pavor les produce. Incluso jugándose la vida por ser considerado chivato y convertirse en blanco para los congéneres a los que ha perjudicado.

De ahí que muchos delincuentes recurran al suicidio antes de ser apresados o ya dentro de sus celdas. Incluso existe un protocolo antisuicidio que se aplica a muchos recién ingresados en prisión, ya que se duda de su entereza psicológica para afrontar el encierro. Al igual que la organización carcelaria se muestra incapaz de la seguridad de los presos que han cometido cierto tipo de delitos o que, simplemente, no han caído bien a los penados que mandan.

Y claro, ante semejante panorama que debería ser de dominio público, cuesta a veces entender que tantas y tantas personas –jóvenes en su mayoría- decidan voluntariamente encerrarse en vida en su propia habitación, conviviendo con el resto de la sociedad sólo de manera virtual, aceptando su enclaustramiento como manifestación pertinaz de la manía contraria: la agorafobia.

De tal manera han penetrado las tecnologías de la información y la comunicación en nuestras vidas, que muchos han optado por renunciar a la relación con los demás en vivo y en directo, perdiéndose así la posibilidad de que gran parte de la ciudadanía se comunique con todos los sentidos, en grupo, y con el debate o el simple intercambio de sensaciones como principal nexo de unión que nos aglutine como grupo.

En filosofía, impura para los que ya no valoran la imprescindibilidad del ágora, prefiriendo el encierro en el claustro, se estudia desde la antigüedad esta importante dicotomía. Aunque actualmente damos la falsa impresión de ser menos agorafóbicos que nunca, pues pasamos la mayor parte de nuestro tiempo en un gigantesco lugar virtual que pretendemos abierto, aunque se encuentre privado de esos momentos espirituales o mágicos de la auténtica relación humana. Un lugar carente de mirada. Un lugar ciego. (Mi agradecimiento a Antonio Dopazo Gallego, de cuyo ensayo “Agorafobia y pensamiento: filosofía maldita y voluntad de verdad” he tomado hoy unas valiosas notas)

No es difícil deducir que en el término medio se encuentra la virtud. Todos necesitamos momentos de enclaustramiento y de disfrute de la vida real en el ágora. Por mucho que la deshumanización de las grandes urbes nos haya llevado a encontrarnos tantas veces solos, aislados y sin las suficientes oportunidades de darnos un abrazo.
Twitter @jsegurasuarez

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(El Mundo)

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