Mientras tú me quieras

El miedo a no ser capaz de hacerlo como se supone que debes, es como el elástico de la bragafaja post parto: seccionadora, contundente, matadora e hiriente en tu maltrecho pundonor femenino

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, Mientras tú me quieras, de Efecto Pasillo & Ricky Furiati

 

Aun no hace mucho tiempo, una mom-to-be me preguntaba, ansiosa, si mi desde la óptica de mamá experimentada (dos niños son galones en la solapa), en algún momento se te pasa el miedito a no ser capaz, a no hacerlo bien, a no hacer lo correcto, a estar en todo, a no poder con todo, a hacerlos felices, sanos y contentos… Y desde esa misma óptica a la que se refería, de repente, me quedé en blanco. Pero blanco níveo y resplandeciente, porque quería contestar midiendo verdades e intensidades, para evitar que la pobre casi mamá, con una barriga a punto de hacer pop, cerrase las piernas, en un arduo intento de que el bebé hiciese el Máster en Comercio Exterior en sus adentros. Porque siendo franca: el miedito a no estar a la altura, a fallar, a no ser capaz de hacerlo como se supone que debes, es como el elástico de la bragafaja post parto: seccionadora, contundente, matadora e hiriente en tu maltrecho pundonor femenino.

– Hay que ir poco a poco, atajando las cosas según lleguen. Luego ya, si eso, te flagelas por las meteduras de pata; pero metas, pocas, reina, porque ahogan… – Le dije.

No sé si le dije bien, pero en todo caso le dije yo como yo lo siento y lo vivo desde que los niños llegaron para convertirme en devota mamá imperfecta. No soy yo de consejos, porque tampoco los pido y los odio cuando me los regalan, pero la vi tan vulnerable y blandita, tan llenita de dudas y temores, que pensé sería bueno desdramatizar y sacar un poco de hierro al asunto. Ya, ya sé que ser madre es la responsabilidad de las responsabilidades, pero, caramba, tampoco hay que convertir esto en un soguita al cuello, digo yo.

– Ya, pero es que todo el mundo te asusta tanto… – Da un respingo, y pone la mano en la barriga. A mí me queda lejos el acting, pero no el feeling y sé perfectamente que el bebé inside ha reaccionado al canguele de mamá. La gente que asusta a las embarazadas tendría que tener reservada una paila en el infierno…

– No hagas caso, que hay mucha zulú entre nuestras congéneres… – Se me viene a la cabeza la matrona mamona que, en medio de mi parto, me susurró al oído ‘venga, que ya está la cabeza, ahora te queda lo peor: los hombros’. El ranking de c*bronas se hizo pensando en ella, doy fe. Sólo espero que si un día necesita un riñón, no me llamen, para ver si hay compatibilidad, porque lo que le cedo es un racimo de uvas de Viñalopó, con su bolsa y todo. Mala, más que mala… – Lo único importante es cuidarlos y quererlos, lo demás va rodado.

– ¿Tardaste mucho en recuperarte…? – Quien dice recuperarte dice poder meterte dentro de tus vaqueros, esos mismos vaqueros que cuando luces tripa de nueve meses te parecen mallas de ciclista –

Yo, con el peso que he cogido, me saldrá más a cuenta declararme abiertamente gorda y ya…

– Hazme caso, estás preciosa y lo vas a estar mucho más cuando nazca el bebé, porque se nos pone cara de así como de magdalena rellena, que estamos pa’comernos… – Me río, pero sé que la pobre no está para muchas risas. Dar a luz ya a asusta lo suyo, como para encima sumarle la idea masoquista de que todo el mundo te va a señalar como la gorda del 5º Izda. Me entran ganas de matar, así en general. Todo es tan hostil para la recién parida, ains.

– ¡Pues pa’comernos estoy, que no dejo de jalar a todas horas…! – Se vuelve a tocar la barriga – Y como tengo diabetes gestacional, no me dejan tomar casi nada. Bueno, me dejan comer brécol y acelgas y ensalada y pollo hervido, pero de lo rico, no me dejan comer de nada…

– El que inventó el régimen para las embarazadas debería estar encerrado en una jaula y comer alpiste de periquitos, no me digas… – Sonrío, porque sé de qué me habla. No obstante, y a juzgar por el peso que ella arguye y luce, algo más debe comer. En los ratos libres, de sobremesa, para tapar el agujerito de la ansiedad…

– Como a escondidas, ¿te lo puedes creer? … – Se ríe a mandíbula batiente, nerviosa y distendida – Espero a que Paco se vaya al despacho, y bajo al súper a comprarme palmeritas de chocolate y patatas fritas Bonilla.

– ¿¡Pero…!? – Arqueo la cejas, porque me imagino a su bebé bailando la lambada dentro del líquido amniótico, imbuido en un qué sé yo sacaroso que lo pone sandunguero – ¿Y no deliras del subidón de azúcar?

– ¡Noooo! Porque cuando acabo, me pongo un vídeo de Shakira y youtube, y bailo hasta que me caigo al suelo, de puro cansancio: ¡quemo calorías y remordimientos! – Y debe ser verdad, porque cuando me lo está contando, se marca un ‘puro, puro, chantajeee, puro, chantajeeee’ que mete miedito.

– El bebé te va a salir regetonero, te lo advierto… – Sonrío, segura de que hace muchos meses que esta pobre casi mamá no tiene un momento de dislate tal; tantas y tantas semanas siendo el centro de la diana de los ‘que viene el coco’.

– Yo antes de embarazarme era de las de empezar tomando un vino, y acabar la noche bailando encima de un bafle… – Se le ilumina la cara al hablar de sí misma como entidad de disfrute en singular. Por un momento, me pareció verla levitando, rollo viaje astral, hasta la tarima de cualquier antro de moda. Sin duda, en ese cuerpo hay un niño muy bien cuidado, pero el horno empieza a estar un poco jarto del doradito del bollo…

– Lo volverás a hacer, ya verás… – Finjo convicción, aunque en el fondo como en el principio sé que la próxima tarima que va a pisar, una vez nazca su bebé, será la del salón de actos de la guardería, cuando tenga que entrar a vestir al angelito, en la función de navidad.

– ¡Uy, no creo! Si como dice mi suegra, terminan haciéndome la episotomía… – Con gran habilidad para sortear la tripa, la muchacha el toca el cono sur.

– Si bueno, muy para hacer tuerking, no lo veo… – Me estremezco all around, como un flan de gelatina. El dolor tiene nombre de mujer – Pero mira, ¿tu suegra cómo sabe que te van a hacer la episotomía, es vidente?

– No, es un poco hijap*ta, ya con eso le llega – Me espeta, sin pestañear.

– Ah, vale, entonces sí… – Su inusitada sinceridad me acaba de dejar loca – No hagas caso de esa sub-especie: siempre sabrán lo mal que estás, pero nada comparado con ellas.

– Desde que estoy embarazada es como si me hubiesen inyectado una tonelada de suerito de la verdad, como ves… – Se disculpa, risueña.

– ¿A ver si va a ser eso lo que pesa la báscula, chata…? – Le acaricio la barriga y celebro su actitud.

– Será. Bueno, eso y las palmeritas de chocolate, que tampoco ayudan…

De esta conversación hace por lo menos un mes, así que supongo que la incauta casi mamá se habrá licenciado en mieditos varios. Quizá no se acostumbre nunca a vivir con inseguridades y con temores a que todo esté saliendo como el orto en la crianza (biberones calientefríos, pañales que no ajustan, eruptos volcán, pedos atravesados, siestas imposibles, fiebres pelotudas…) y en las relaciones de pareja (tetasmisil que duelen sólo con mirarlas, bajos fondos con dobladillo y punto de cruz, barrigas acordeón, lagrimitas porque sí y porque no, que caiga un chaparrón, remordimientos de ‘cuarenta días pocos me parecen, cariño, ¿y si pedimos una prórroga a penalties…?’), pero no me cabe duda es de que se va a volver adicta a su vida, y, sobre todo, a saber que está haciendo historia. Amar y criar a hijo es un sindiós maravilloso en el que los vaqueros de la talla 36 y las tarimas de pub pintan más bien poco, ¡y a quién le importa, mientras nos quieran y prefieran tal y como somos! Ya te digo…