El Prado recorre más de veinte siglos de escultura

Un nuevo recorrido en el que se muestran 56 obras –con el retrato como uno de sus principales hilos conductores– que van del Antiguo Egipto, pasando por el mundo romano y el Renacimiento, para concluir a finales del Barroco./MUSEO DEL PRADOUn nuevo recorrido en el que se muestran 56 obras –con el retrato como uno de sus principales hilos conductores– que van del Antiguo Egipto, pasando por el mundo romano y el Renacimiento, para concluir a finales del Barroco./MUSEO DEL PRADO

Un recorrido en el que se dan cita 56 obras desde el Antiguo Egipto, pasando por el mundo romano y el Renacimiento para concluir a finales del Barroco.

Madrid, viernes 27. 05. 22

A. CASAÑ

El Museo Nacional del Prado ha rehabilitado arquitectónicamente el espacio de la Galería Jónica Norte del edificio Villanueva, situada junto a la Galería Central, en la primera planta, para ampliar de manera permanente la visibilidad de sus magníficas colecciones de escultura y artes decorativas.

Un nuevo recorrido en el que se muestran 56 obras –con el retrato como uno de sus principales hilos conductores– que van del Antiguo Egipto, pasando por el mundo romano y el Renacimiento, para concluir a finales del Barroco. Una nueva propuesta que ofrece al visitante un acercamiento más panorámico, completo y sugestivo a la creación en estas disciplinas artísticas.

La presencia y la importancia de la escultura en el Prado se remonta a sus orígenes. Una vez fundado el Real Museo de Pinturas en 1819, ya en 1826 se encargó al primer escultor de Cámara, José Álvarez Cubero, visitar los palacios reales para seleccionar obras que deberían incorporarse al Museo. Esta tarea la continuó el escultor Valeriano Salvatierra trayendo esculturas en diferentes remesas y exponiendo algunas de ellas. En 1838 la institución pasó a denominarse Real Museo de Pintura y Escultura y al año siguiente se abrieron, de manera oficial, las salas destinadas a esta materia.

En la segunda mitad del siglo XIX, la colección escultórica continuó ampliándose y, sobre todo, incorporó obras premiadas en las exposiciones nacionales de bellas artes. Además de las salas destinadas a la exposición de escultura en la planta baja del edificio Villanueva, el arquitecto Alejandro Sureda acondicionó, entre 1878 y 1881, las dos galerías de fachada de la primera planta, abiertas al Paseo del Prado y articuladas al exterior con grandes columnas de orden jónico. Las esculturas encontraban su acomodo sobre pedestales y ménsulas de escayola, material que también se utilizó para diseñar grandes cartelas con nombres de escultores nacionales e internacionales que todavía permanecen in situ. Estos espacios se destinaron a galerías de escultura hasta 1919.

El actual proyecto recupera uno de ellos, el situado en el lado norte, evocando de manera permanente el valor de esa antigua fórmula expositiva que es la “galería”. Las esculturas se muestran en un sugestivo espacio dotado de luz natural donde poder disfrutar y detenerse en su contemplación, en su realización plástica y en su particular cromatismo.

Interpretaciones romanas de iconografías egipcias

La selección abarca una amplia secuencia cronológica, que se inicia con dos cabezas egipcias, una representación de este periodo artístico, muy reducido en la colección, que se completa, a nivel expositivo, con otras dos obras que el Prado tiene depositadas permanentemente en el Museo Arqueológico Nacional.

La enorme variedad de modelos nos hablan de la validez del lenguaje clásico y de su reinterpretación. El retrato tiene un protagonismo muy especial, donde conviven al mismo tiempo estereotipos, idealización y el realismo más veraz. La necesidad de conocer los rostros de personajes ilustres se remonta al pasado grecolatino y esto se puede observar en ejemplos muy significativos, desde versiones hechas en Roma, de filósofos y escritores griegos, como Homero, Jenofonte o Sófocles, a retratos de grandes personajes de su historia como la emperatriz Julia Domna, pasando por elaborados retratos de damas o interpretaciones romanas de iconografías egipcias.

Es una idea que se recupera en el Renacimiento, como se puede apreciar en una importante colección de grandes medallones destinados a la decoración arquitectónica e inspirados en la numismática, o relieves de gran formato en mármoles de colores como el de Lucio Vero.  Composiciones de bulto redondo renacentistas nos muestran retratos como los de Julio Cesar o Cicerón, o idealizadas composiciones como la de Hermes-Antinoo, para concluir en el intenso rostro de una Medusa de finales del siglo XVIII. Emperadores, emperatrices, reyes, filósofos, poetas, damas romanas, musas y otros personajes mitológicos, alegorías y hasta detalladas representaciones animalísticas entre otros, dan una precisa idea de una parte de las ricas y variadas colecciones del Museo del Prado.

El conjunto se completa con destacados vasos de pórfido, el material imperial por excelencia, y con una evocación a los viajeros por Italia con una vista de la “Gruta de Posillipo en Nápoles”, lugar de peregrinación relacionado con la tumba de Virgilio.

Todas estas esculturas nos recuerdan que, en su día, pertenecieron a algunos de los personajes más destacados en la historia del coleccionismo internacional, como Cristina de Suecia, Diego Hurtado de Mendoza o José Nicolás de Azara y que fueron adquiridos, en su mayoría, por los monarcas españoles para la decoración de sus palacios y sitios reales, desde donde pasaron en el siglo XIX al Museo del Prado.

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