Porque el amor lo llena todo

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ANTONIO GIL-TERRÓN PUCHADES

18.11.21

Desde niño los padres escolapios, entre capón y capón, me educaron en el temor a Dios y el terror al Infierno, y no fue hasta entrada la adolescencia cuando aprendí que el Cielo y el Infierno (además de) están en nuestra propia vida, y que en esta o en otra, recogemos lo que sembramos.

Esta ley que algunos llaman karma y que aprendí a base de golpes, me hizo llegar a la conclusión de que existía una Justicia Divina, más allá de las imperfectas y cambiantes leyes de los hombres. Una Justicia Divina de la que – más pronto o más tarde – nadie escapaba.

La verdad es que dejé de hacer trastadas, no por bondad, sino por puro instinto de supervivencia. Si yo no hacía nada malo, nada malo me pasaba… Lección aprendida. En cierto modo me sentí como el perro de Paulov.

El siguiente paso que di, también fue a gracias a la observación, al percatarme que cuando dejaba mi egoísta actitud neutra frente a mis semejantes, y no solo no hacía daño, sino que además hacia algo bueno, lo bueno inundaba mi vida. Así es como me di cuenta que lo más inteligente y el mejor negocio que podía hacer en esta vida, era ser buena persona y ayudar a mis semejantes.

Había comprendido, al fin y en toda su plenitud, la grandeza y sabiduría de la Justicia Divina. No era Dios quien me juzgaba, premiaba o castigaba, sino que eran mis actos quienes provocaban automáticamente los premios y los castigos. El temor a Dios se transformó en un profundo respeto al Creador; y a partir de ese momento el único temor que sentiría sería hacia mi lado oscuro.

En mi alma, el temor a Dios se había transformado en amor. Un amor que habría de ir creciendo con los años, conforme dejaba de actuar con la mente racional, para dejarme llevar por los sabios instintos irracionales del corazón (alma).

Solo entonces es cuando comencé a sentir el Amor de Dios en mi interior. Una experiencia mística que no se puede explicar con palabras, y que tan solo aquellos que la han vivido pueden entender a qué me refiero.

Salvo cuando era niño, jamás he temido al Infierno, como tampoco he esperado o ansiado el alcanzar premios celestiales. Y es que donde hay Amor de verdad, no cabe el temor ni el interés; porque el Amor lo llena todo.

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