‘Toma de tierra’, el terrible impacto que la transformación digital ha tenido en la industria musical

"Toma de tierra" es un contenedor de asombros, peripecias, intimidad y nostalgia. Una foto de época de medio siglo de música./INFORMAVALENCIA.COM"Toma de tierra" es un contenedor de asombros, peripecias, intimidad y nostalgia. Una foto de época de medio siglo de música./INFORMAVALENCIA.COM

Una memoria sembrada de chismes de estrellas y sabiduría vital que retrata una época que ya no volverá y que merece la pena revisitar de la mano de Bruno Galindo

Jueves, 04.11.21

ANA MIRALLES

¿Qué marca el final de la Movida? ¿Se acaba el indie la noche en que Letizia Ortiz va a ver a Los Planetas en el Primavera? ¿Terminan los grandes festivales con el rock en directo? ¿Sustituirá el algoritmo a los directores artísticos de las discográficas? ¿Lo ha hecho ya? ¿Hay vida en las FM? Las estrellas del pop, ¿son arquetipos jungianos? ¿Tiene Netflix más peso cultural que toda la industria musical? Los chefs, ¿acaso no han ganado por goleada a los músicos? ¿Se pagará o se les hará pagar a los músicos por tocar? ¿Cuál será la primera banda tributo que gane más que la original? ¿Cuándo pasamos de recomendar una canción a «prescribir el producto»? ¿Hay un hito comparable a la incorporación de la doble cámara al iPhone? ¿Quién se descargó el último politono y cuál era? ¿Desde cuándo el rock no ofende a nadie? ¿Cuál será la última canción con autotune? ¿Qué marca el fin de la prensa musical? ¿Cuándo se volvió imposible vivir de esto? ¿Cuándo fue posible?

Son multitud los que pueden rememorar lo que era vender una colección de canciones o hacer bolos en tiempo de vacas gordas y lo que supone hacerlo ahora, cuando ya se despachan más vinilos que cedés y es preciso sumar millones de reproducciones en Spotify para vivir dignamente de escribir o interpretar música. También los hay, sin duda, que pueden desvelar los secretos más ocultos de la industria del disco antes y después de que internet se llevara por delante tantas cosas en este ámbito.

Lo que seguramente no abunde tanto es alguien capaz de relatar más de tres décadas de cambios en todos esos ámbitos a la vez y no hacerlo de oídas. Ese alguien puede ser Bruno Galindo (Buenos Aires, 1968) tal y como ha demostrado en Toma de tierra, una memoria sembrada de chismes de estrellas y sabiduría vital que retrata una época que ya no volverá y que merece la pena revisitar de su mano.

Galindo pertenece a una generación que creció devorando revistas, memorizando portadas de discos y detalles de los créditos, que definitivamente construyó su personalidad entre singles, elepés y casetes. Así que no es de extrañar que no se lo pensara mucho cuando tuvo la oportunidad de entrar a trabajar en una discográfica en los ochenta con apenas 20 años, debutando como chico de los recados en los conciertos aunque fuera nada menos que en el ya mítico concierto de U2 en el Santiago Bernabéu en el verano del 87. Luego acabaría también firmando reportajes en las principales revistas y periódicos. Ahora publica novelas, imparte talleres de escritura creativa y saca discos de spoken word. Resumiendo: que sabe de lo que habla y habla mucho. Tres bloques por capítulo para dar orden al relato en el plano periodístico, industrial y artístico. No molestan los saltos en el tiempo ni perder el hilo en algún pasaje porque cada entrada, casi sin excepción, tiene su sentido, su interés, a veces por una reflexión aislada, por una maldad, un cotilleo, o simplemente una frase bien afilada.

Bruno Galindo

En su faceta como empleado de las multinacionales discográficas (Wea, EMI, CBS, Epic, Sony) le acompañamos por las emisoras de radio comerciales y aprendemos cómo se procede con chanchullos varios para conseguir que los discos de la compañía suenen donde deben sonar para tener éxito. Su relación con las estrellas depara un bien surtido anecdotario y breves pero enjundiosos retratos, caso de Prince (“me siento halagado: seguro que nunca nadie se ha maquillado así para verme”), Lou Reed (y su “mala hostia legendaria”), Miles Davis (al que “veo como una imponente pirámide negra”) o Michael Stipe (“no he visto una figura más magnética sobre un escenario”). Estos o los Bowie, Calamaro, Iggy Pop, Morente o John Lee Hooker no ocultan dos debilidades del autor con nombre de mujer, dos relaciones especiales con Sinéad O’Connor y Debbie Harry.

Admiraciones aparte, hay momentos impagables cortesía del escritor Fernando Arrabal montando el numerito en su domicilio parisino, David Lee Roth haciendo alpinismo en un hotel de lujo en Madrid, George Michael incapaz de entender lo que le pregunta Joaquín Luqui o las Azúcar Moreno dejándose una pasta inaudita en llamadas de teléfono al otro lado del charco cuando aún contábamos en pesetas.

Sobre el tremebundo impacto que la transformación digital ha tenido en la industria musical y las maniobras de las empresas de telecomunicación, Galindo dedica muchas páginas al tema aunque nada resume mejor el cambio que cuando escribe este apunte: “En estos días paso frente al escaparate de Fnac y, en lugar de los habituales discos y películas, veo una cafetera instantánea. Una cafetera. En la Fnac”. Y eso que el autor tenía información privilegiada, con aquel pronóstico que le arriesgó Bono en una charla con el líder de U2 en 1997: “Dentro de veinte años el negocio será telefónico. La música será gratis, no habrá manera de controlarla. Se nos pagará por tocar”.

En el plano más personal, es transparente que el autor, que nos da su opinión sobre el fenómeno OT, el 15M o la desastrosa situación económica argentina, no se encuentra, en cambio, muy cómodo hablando de una biografía, la suya, marcada por el abandono de una madre adolescente y por el cariño y el cuidado de una abuela; de una vida que a veces le ha provocado la asfixia que propicia el mundo cuando deja de tener sentido. Nos cuenta también que le habría gustado saber bailar bien, ser más empático y menos cerebral. El libro se cierra con el mazazo de la pandemia pero también con una frase optimista, “que la música se abre paso como el agua por las rendijas de un empedrado”.

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