Nocticula

FOTOGRAFÍA FRANCISCO ÁLVAREZFOTOGRAFÍA FRANCISCO ÁLVAREZ

Una vez leí que cuando uno se enamora hasta las trancas, las pupilas se dilatan, la respiración tiene ciclos más cortos… y, de cuando en vez, al corazón le falta un latido. Arritmia, se llama

05.10.21

NOE MARTÍNEZ / PALABRAS OLVIDADAS

Nunca he sido demasiado bueno haciendo promesas, y mucho menos, cumpliéndolas. Soy de esa clase de tipos que siempre se excusa diciendo que soy de esa clase de tipos. Como si ir con el pecado por delante, hiciese de mi tara una forma de ser socialmente aceptable. Como si ser yo no fuese un desastre, sino peculiar. Tan solo peculiar, si no fuese por el hecho de que en medio de toda esta maraña de no saber si voy o vengo, si armo o desarmo, muero y mato. No sé si no sé querer mejor o simplemente, amo mal. Muy mal. Y al que peor, a mí. Sí, ya lo sé Martita, a ti ya yo te importo una mierda, pero permíteme, siquiera, que me lama mis heridas cuando aun se me abren al pensar en ti. Uno nunca se siente lo suficientemente gilipollas después de dejarte ir. Uno no sabe lo jodidamente gilipollas que se puede sentir al haberte dejado ir. No bebas más, Nachete, te dicen, que cuando bebes, ella no sale de tu cabeza. Mal saben ellos que de dónde no consigo sacarte es de mis entrañas…

– ¿¡Sabes qué…!? Que te den… – Veo como abres el armario y lanzas perchas sobre la cama. No me miras, me fulminas.

– Estás haciendo una bola de una chorrada y lo sabes… – Trato de calmarte con mi genial plan de dejarte por tarada. Queroseno en una pira.

– ¿Disculpa…? – Ahora sí me miras, impávida, con los ojos derrochando rabia, dolor y lágrimas.

– ¡Era una fiesta…! Nos dimos un beso y ya. Cero. Nada más. Un beso, solo un beso. Eso no puede contar… – Intento rodearte con los brazos. Otra genialidad de plan reconciliación exprés de los míos, claramente un éxito…

– Aquí va a contar solo lo que a ti te salga de los mismísimos huevos, Nacho…

Sigues sacando perchas y ropa y zapatos y bolsos. Los bolsos. Y cuando los bolsos salen del armario, es que lo de irte no es un simulacro. Me da un vuelco el corazón, como si se me derrumbase un ventrículo o algo. Como si se cayese por las escaleras del caracol que conducen al abismo. Como Alicia cuando cae por la madriguera y se ve merendando con el sombrerero loco. Como si mi corazón fuese el único capaz de ponerme en mi sitio: esto se te está yendo de las manos, chaval. Noto que me falta un latido. Tengo más, claro, pero ese que falta era mío y y ya no lo tengo. Una vez leí que cuando uno se enamora hasta las trancas, las pupilas se dilatan, la respiración tiene ciclos más cortos… y, de cuando en vez, al corazón le falta un latido. Arritmia, se llama. Y parece romántico, claro que lo parece, pero al final del artículo decía que de una arritmia puedes palmar. Chispum. Te dan billete de ida sin vuelta, se ruega poner el equipaje de mano en la parte superior de la cabina, gracias. Verte hacer las maleta sin consultar conmigo si puedo seguir viviendo sin ti, me acaba de dar una angustia de tres pares, sequedad en la boca y un latido menos. Desamor lexa humanidad, Martita, no me hagas esto, te estoy diciendo que no fue nada…

– ¡Por favor, por favor, por favor…! – Me tiro al suelo, abrazado a tus piernas. Noto como te quedas quieta, sin dejar de llorar. No habría colada de magma capaz de separarme de ti. Ni hoy ni nunca…

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– ¿Q-u-i-é-n e-s-e e-s-a d-i-a-b-l-a…? – Te sigo con la mirada, como imantado, mientras te señalo con el vaso.

– ¿Esa…? – Pablo te señala también, pero con la cabeza – Martita. Olvídate, pasa de los imbéciles como nosotros: no somos su tipo.

– Habla por ti…

Con la misma, le doy un trago a mi copa, el valor a veces viene en botella, y me voy hacia ti. Estás bailando como si se fuese a acabar el mundo. El tuyo no sé, pero el mío seguro. Te ríes y te contoneas, despreocupada y feliz. Noctiluca incandescente. En el mismo instante en que por fin me acerco a ti, el mundo sufre un apagón; y tú y tu haz de luz. Tú y tu cadera, cadera, hombrito, hombrito, risa, risa y vuelta a empezar. Tú. Tan tú. Y yo, tan lejos de ti, niña bonita…

– Me matas tanto… – Me río, mientras me llevo la mano al corazón, muerte a saetazos.

– ¿Disculpa…? – Divertida, te mesas un mechón de pelo, apartándolo de la cara.

– Ten compasión con los débiles de alma: ¿no ves que eres demasiado para cualquier mortal…?

Por encima de la música, tu risa suena a batukada. Te ríes. Te ríes porque sí, porque te sale, porque te encaja reírte como forma de vida o te ríes de mí. Me asalta el miedo al ridículo, al rechazo y al hastalueguiiiiiiiiiiiiii, creí que nos conocíamos. Pero te ríes y me miras, como si hacerlo fuese el password de la cueva de Alibabá y sus Aliaquellos. Y como el tonteo es un arte que conviene dominar, saco maestría, capa y espada, porque la princesa del cuento bien vale un paseíllo, desplegando la cola como el pavo real. No sé si te intereso, te gusto o simplemente te hago gracia, pero necesito un strike: golpe de efecto, bolos por los aires, ¡plank…!

– Bailar así debería estar prohibido, y lo sabes… – Me acerco a ti, maravillado.

– Es todo cadera y gracia… – Me sonríes, mientras tus amigas se dan codazos.

– Nací sin ambas cosas. Quiéreme igual… – Me río, intentado seguirte sin acabar en el suelo.

– El ritmo está sobrevaloradísimo, Nachete… – Ahora se ríen tus amigas. Pero no conmigo, sino de mí. Me quedo mirándote, con los ojos abiertos de par en par.

– ¿Nachete…? – Te pregunto, curioso – No podemos conocernos…

– Ya lo creo: soy la hermana de Luis.

Alguien pasa a nuestro lado y te advierte…

– Martita, ten cuidado con este caimán, que además de viejo es astuto.

El caimán soy yo. El viejo, también. Te miro otra vez. Solo conozco a un Luis. A un Luisito. Y su hermana… Su hermanita se llama Marta y lo demás lo tengo delante de mí. No es el tiempo el que pasa: es la vida. Y la vida convierte a las niñas en mujeres y a chicos en caimanes viejos y astutos. ¿Pero dónde coño has estado tú todo este tiempo? ¿Cómo de Martita a Marta y yo sin darme cuenta? ¿Cómo se puede estar tan irremediablemente buena y ser la hermana pequeña de un amigo? Cómo ser Nacho y cagarla en un segundo…

¿¡Martita…!? ¿¡Martita, carpeta ‘Violeta, la mejor cantante del mundo’…!? – Hago mohín de mátame camión…

– Eeeeeeeeeeeeesa misma… – Haces gesto de victoria con los dedos – cuatro años de ESO y dos de bachillerato y voilà…!

– Esto no es justo… – Me río, poniendo mis manos en tu cintura.

– ¿Qué no es justo…? – Tú también te ríes, pero ahora con coquetería de esa que sabéis las que sabéis.

– Que seas hermana de Luis y que lo que estoy pensando sea para que tu hermano me vuele la cabeza de una patada…

Bailar no es lo mío. Pero lo tuyo sí. Vaya si lo es. Me rodeas el cuello con los brazos y no evitas que te apriete hacia mí. Llevo dos copas. Bueno, quizá alguna más, pero ello no me impide discernir cuando hay rollo. Y entre tú y yo hay rollo. Mucho rollo. Caimán viejo sabe que chica bonita está cómoda aunque la pise al bailar. Dejas caer tu cabeza en mi pecho, y a mí se me sale el corazón por la boca. No es la primera vez que me veo en una situación así, sin embargo, benditas primeras veces que reaparecen sin querer. Hueles fresco, a agua de arroyo, a pétalos con rocío. Te cojo la cara con la manos y arrugas la nariz, haciendo una cara fea, la cara fea más bonita que he visto jamás. Te miro la boca, sabiendo que no debería. Como cuando abres un tubo de Pringles y sabes que no hay una sin dos, dos sin tres, tres sin cuatro. Tus labios, tan bébeme rápido, que se me van las vitaminas…

– Podría besarte hasta borrarte la boca… – Te digo, sin dejar de mirarte.

– Llevo fantaseando con esto toda mi vida… – Me dices, mimosa, haciendo un corazón con las manos. Tan teen, tan loca, tan te como la cara toda, niñaaaa.

Hay besos que se esperan. Hay besos que te transportan. Hay besos que te atrapan y te zarandean. Oigo el bullicio de la gente yendo y viniendo, cantando, hablando, riendo, brindando. Estar y no estar, porque cuando tu boca se junta con la mía, el universo se pliega, perdiendo norte, sur, este y oeste. No hay manera de besar bonito y tener los ojos abiertos. No hay manera de abrir los ojos cuando un beso es el beso. Me dejo ir, porque esa química brutal, esa vorágine de emociones que nos une como pegamento de zapatero, nos sirve de escenario para decir sin decir, que donde hay un me gustas que me muero, ya no hay extintor para ese fuego…

– Los chicos buenos no besan así… – Arguyes en mi cuello.

– Silogismo… – Arqueo las cejas, asumiendo la medalla al mérito. Estoy mareado. No, no son las copas: eres tú rozando mi boca

– Marta, Martita, Marta…

– ¿Qué…? – Te acurrucas en mi cuello, sin soltarte.

– ¿Y ahora, qué…? – Te dibujo el contorno de los labios con mi dedo, una y otra vez.

– Ahora quiero todo…

Recuerdo salir a toda prisa, tropezando con unos y con otros, evitando encontrarnos con tu hermano Luis por aquello de conservar mi cabeza sobre los hombros. Nos maldespedimos de todos y de nadie, porque nada había más delirante que el nosotros. Caminamos calles besándonos como febriles adolescentes, cruzamos pasos de cebra a caballito, nos subimos a columpios a medias y acabamos rodando como croquetas en pan rallado. Nos hicimos fotos en un fotomatón, quizá el único que quedaba en toda la ciudad, desvencijado y lleno de pintadas de amor que un día fue de verdad. Llegamos al portal de mi casa y te cogí en brazos. No sé si para asegurarme de que no te ibas a marchar o para crearme un recuerdo único, ese de hacerte volar por los aires por lo menos una vez en tu vida.

– Esto es un ‘Oficial y caballero’ en toda regla. Quieres matarme de amor en la primera cita, di la verdad… – Me dices entrando en el ascensor.

– Voy sin plan, Martita. Me tienes loco…

Nos besamos como tales desde la planta baja hasta el tercero. Con el ascensor parado, se nos cerraron las puertas dos veces, intentando separarnos para salir, pero es difícil contener el incendio cuando da en monte bajo. Risas cómplices, manos que se deslizan, tocando teclas y arrancando sinfonía. Respiraciones que auguran medalla y mención olímpica. Hace mucho tiempo que no estoy tan a gusto con alguien y conmigo mismo. Eso tan tuyo, todo lo vuelve algarabía, fuego y alegría es muy materia de estudio…

– Qué bonita eres… – Murmuro, sobre ti, tirando de la sábana, extenuado.

– Más bonitaaaaaaaaaaaa que ningunaaaaaaaaaaa… – Tarareas.

Carcajada, caricia, beso, mimo y dormir abrazados. Si eso no es el comienzo de algo bueno, de algo bello, de algo único, a mí ya que me cepille un tren. Vale, pues con todas y con esas, la cagué. La cagué bien cagada, porque cabra, cojones, tira al monte. Y uno no sabe que para echarse fuera de según qué cosas, conviene no ser aficionado ni volverse cómodo con lo prioritario. Lo nuestro fue un flechazo a primera vista, a primera piel. Uno de esos que te atraviesa y sigues andando, porque la saeta entra tan limpia y certera, que sigues cabalgando como el Cid en su caballo. Tocotón, tocotón, tocotón. Elegimos flechazo como opción de vida, y nos funcionó hasta que a mí empezó a girárseme el cuello con cualquiera, con la excusa de que ‘no significa nada’.

– Si significa o no, tengo que decidirlo yo, Nacho. Y afortunadamente para mí, ya no significa nada. Nada…

Veo como dejas caer las llaves encima de la cama. Oigo como las ruedas del trolley hacen eco al rozar con la madera del pasillo. La puerta no se cierra a tu paso: se sella. Puuuuuuuuuuum. Y con ella, la jodida certeza de que la vida a veces te pone delante oportunidades para que te montes tu propio palacio de la ópera. Todo lujo, todo oropeles, todo terciopelos y volutas. Y cuando ya lo tienes montado, seguro de que te ha tocado el Euromillón y que nada te falta y nada quieres más que dejarte ir en los cantos de tu sirena, te ves tomando tequila en un cabaret de tres al cuarto, con una cara a la que posiblemente no le saques más ilusión que un beso on the rocks, siempre agitado, nunca revuelto. Y apuestas por vivir el momento, todo lo que entre en la red, es pescadito fresco. Y te equivocas. Y haces daño. Y te haces daño. Y lastimas. Y destruyes. Y oyes las llaves caer sobre el edredón, el trolley rodando por el parquet y la puerta recordándote que hay veces que hay que echarle cojones y salir a jugar en tiempo de descuento.

– Marta, Martaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, Martaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa…

Cuando las ausencias ya suenan a eco, tarde.

Muy tarde.

Mierda…

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