El paraíso y el infierno (II): el testimonio de David Bailo, vecino de La Palma

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Es una de las familias afectadas por la erupción del volcan de Cumbre Vieja. David narra en primera persona el día a día de la tragedia a través de su página de facebook, un guión de angustia, desolación y también de esperanza

Sábado, 25.09.21

DAVID BAILO PABLO

Segundo escrito del diario #mivolcan

Llevábamos una semana con temblores, alguno más fuerte que otro, algún terremoto más cercano que hacía mover los cristales y las puertas de casa. El domingo uno en concreto, que hizo temblar la pared de nuestro casero, gran amigo, padre, madre, abuelo y colega, el señor Ricardo Nazco Gonzalez. Una persona como la copa de un pino, un hombre culto, viajado, tolerante, abierto de mente, pero sobre todo, un corazón enorme que nos aceptó a Laura, Shiva, Django y a mí como inquilinos pero más como amigos, más que amigos, familia, desde el primer dia. No fué facil en la Palma que alguien nos aceptara con dos Doberman bajo el brazo. Nos costó mucho esfuerzo y tiempo encontrar alojamiento en esta maravilla de isla. Pero el destino hizo toparnos con Richard. Nuestra familia entera en la Palma.

Casi dos años viviendo como siempre soñamos, donde soñamos, con lo que soñábamos y como queríamos y necesitábamos.

Teníamos preparado en el coche: unas bolsas con algo de ropa, la documentación importante y los dos ordenadores portátiles. Nada más. Era lo que nos habían dicho desde el inicio de los terremotos.

Ahora nos sentimos ignorantes. A toro pasado todo es más fácil. En vez de ropa… Teníamos que haber cargado el coche con muchas otras cosas. Pero nos quedamos con la pincelada de que cuando pasase lo que tenía que pasar, nos avisarían. Se sabría con suficiente antelación.

Vida normal entonces, con ese coche a medio cargar. Ignorancia. A toro pasado, ignorancia. Y es que no a todo el mundo, ni todos los días le peta a uno, un volcán en la punta de las narices.

No somos palmeros. Somos maños. Pero ahijados de la isla al 100%, porque su gente, así nos lo ha hecho sentir desde el primer día. Somos ciudadanos de los Llanos de Aridane, vecinos del pueblo de Todoque. Habitantes de la isla a la que nos aferramos desde que llegamos. Nuestra dirección es Camino el Pastelero número 25, casa 1. Ahora nuestro buzón esta en el puto centro de ese gran brazo de lava que veís por la tele. Nuestro buzón y… Todo lo demás, claro.

Vivimos en el paraíso palmero. La isla bonita, la isla azul, la isla verde, la isla corazón. Sin menosprecio a ningún lugar, sólo es nuestra opinión, el mejor sitio del mundo.

Podíamos haber limpiado la casa entera. Si. A toro pasado, si. Comenzaron a evacuar una hora y media despues de la explosión. Daba tiempo de sobra.

FOTOGRAFÍA: DAVID BAILO

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Entonces… Además de la ignorancia, he de hablar del miedo, los nervios, los propios y los contagiados. La prisa, la lógica, el pensamiento de la supervivencia. No a todo el mundo, todos los días, le peta un volcán en las narices. Ignorancia, miedo, nervios.

La lava camina muy lento, daba tiempo. El volcán reventó sin aviso, frente a casa pero a tres o cuatro kilómetros. Daba tiempo. Los humos, gases y cenizas, al parecer no son para tanto. Daba tiempo. Pero no lo sabíamos. El volcán petó en nuestras narices y lo único que pensamos, en ese momento, era en marchar de ahí. Lo tengo muy grabado pero solo lo miré un segundo, el puto volcán. Yo tenía entendido que la explosión, podría hacer caer piedras candentes sobre nuestras cabezas, que inhalar ese humo no tenía nada de bueno, que podrían abrirse más fisuras y más cerca todavía, que el viento podría hacer que respirasemos microcenizas malignas para nuestra salud. Eso es lo que teníamos entendido. Ignorancia, nervios, exceso de precaución, miedo. No lo sé. No lo sabemos.

Dos días después vemos que muchas personas vuelven a la zona para recoger sus pertenencias. Nosotros no. A mí no me daba miedo el volcán. Bueno, un poco sí. Pero quise salir volando de casa porque temía mucho más a la locura: gente conduciendo rápido, gente en estado de shock (como nosotros), posibles accidentes de tráfico, embotellamientos en la carretera, cortes de circulación… Nosotros, por ignorancia, nervios o miedo, solo queríamos encontrarnos con Diego, Ricardo, José Carlos, Pepe y Manolo en el Time, en Tijarafe o Puntagorda lo antes posible. Parar a pensar lejos del volcán. Pero en mi subconsciente, la meta era clara: Garafía o Barlovento. Teníamos que estar en la otra punta a lo vivido y cuanto antes mejor. Miedo, nervios, ignorancia, lógica, supervivencia.

Así fue. En 40 minutos estabamos en Puntagorda. Pero la gente… Seguía en Todoque. No lo podíamos entender. Ignorancia, nervios, miedo, exceso de precaución. Tenía miedo de encontrarme la locura en la carretera. Quizás, la locura eramos nosotros. No lo sé.

Yo no quería estar ahi. No podía entender cómo la gente iba en sentido contrario al nuestro en la carretera. Llegamos a pensar que estaban huyendo de algo. Llegamos a pensar que quizás nos estábamos dirigiendo a otro foco de miedo, terremoto, explosión, volcán. Desconocimiento, miedo, ignorancia. Mi intuición me decía que sí. Que Garafía era sinónimo de bien. Afortunadamente así fue. Al llegar al Time… Todo petado de coches en sentido contrario. Parados, haciendo fotos y vídeos como quien ve fuegos artificiales. En ese momento no lo entendía. No lo veía normal. La gente iba en sentido contrario para presenciar y documentar un evento del que nosotros huíamos como potros desbocados.

Ayer vi (por vídeo) cómo nuestra casa era comida por la lava. En todo el centro del brazo enorme de magma. Hemos perdido recuerdos, hemos dejado casi todo. Había cosas que sumaban un valor económico nada despreciable. Pero ahora nos da igual. Sólo pensamos en Ricardo. Ha desaparecido todo. Ya no habrá tilitos, sandías, calabazas, papayas, guayabas, maracuyas, mangos, tomates… Ya no habrá conversaciones bajo las palmeras, ya no habrá remojones en la piscina, barbacoas, cafecitos de calidad en la mejor compañía. La obra de Fran en casa de Titira, las conversaciones y cervecitas con Miguel, en su casa, la nuestra o en el parking de los coches.

Perdimos a Django hace pocos meses. Ahora, hemos perdido el hogar. No cogimos el reloj Jaguar o el anillo de brillantes de nuestra boda. Pero cogimos el collar de Django. Ignorancia, miedo, súpervivencia. No sabemos nada.

Sí sé que no quiero ver esa función, no quiero respirar ese aire, ver ese humo. Quiero que pare y que nadie pierda su hogar.

Ignorancia, nervios, miedo. Pero estamos. Estamos aquí. Casi sin dormir, con la garganta un poco afónica de los nervios y los gritos. Estamos en Garafía estrenando la casa de una amiga. Nada más salir de ahi… Tenemos un techo a estrenar. Para nosotros, para Diego y para Shiva. Lejos del volcán, lejos de la lava. Fuera de ese humo, de ese aire. Rodeados de montaña, de vegetación, gallinas y la nueva amiga de Shiva es una vaca. Estamos bajo el Roque y desde aquí vemos el observatorio.

Ayer nos dieron ropa. Cuatro bolsas enormes de ropa. De diferentes tallas: para Laura, para Diego y para mí. Anteayer nos trajeron huevos, papas, calabacines y calabazas. El día de la huída ya teníamos techo. A día de hoy ya nos han ofrecido tres casas más. La Palma es un paraíso, sí. Lo seguirá siendo. Pero el verdadero paraíso es su gente. Y deben saberlo.

Estamos en la otra punta de la isla. Seguimos en el paraíso. El paraíso de la gente que nos ha acogido. Como Ricardo a nuestra llegada. Ahora en la otra punta. Eso es la Palma. Su gente. ¡Gracias!

Ese atardecer ya no podrá ser más. Pero habrá más. En otro lado… En el paraíso

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