Operación VERDI: CONCLUÍDA. Capítulos 16 y 17

Enrique Argente VidalEnrique Argente Vidal

La obra llega a uno de sus puntos más interesantes. Paco Puig avanza a pasos agingantados en la investigación sobre la trama de blanqueo a traves de financiación con la venta de diamantes para el tráfico de armas, consigue la estrecha -demasiado estrecha, piensa– colaboración de su jefe en Madrid y comparte sorpredentes «celebraciones» con su familia, al mismo tiempo que profundiza inesperadamente en su relación con Andrea.

 

La Haya – Moratalaz – Valencia

Enrique Argente

Ante el documentado informe redactado por el agente Vermeer, obra material de Maurits, pero en la que colaboré activamente, el intendente Prince decidió que continuase un par de días trabajando junto con Maurits. Prince tenía la intención de convocar una reunión con nuestros respectivos responsables nacionales, junto al de Italia y coordinar el plan de acción.

La reunión no tardó en confirmarse, pues a las pocas horas de comunicarnos la decisión Prince, el jefe/amigo Eduardo estaba interesándose por el hotel en que me quedaba, así como dándome el horario de llegada de su vuelo para que fuese a esperarlo.

Lo segundo no me importaba en exceso pues era una forma como otra de hacer tiempo hasta el momento de la reunión, pero en cuanto a la primera no me apetecía en absoluto el tener que estar bajo el mismo techo y compartiendo la misma mesa con un tipo tan plasta…y tan jefe como Eduardo. No, no me atraía en absoluto el panorama que se presentaba ante mí. Prefería disponer de un par de días para cumplir con la promesa siempre aplazada por mi causa, de que Maurits me mostrase su ciudad y, sobre todo, según él, disfrutar de la contemplación de la Joven de la perla, que no se si por casualidad o porque en realidad es descendiente de Johannes Vermeer, él se atribuye como de la familia.

Así que busqué auxilio en Maurits con la promesa de que iríamos a ver el cuadro de su antepasado, para que manipulase hábilmente la coordinación de la estancia de los comisarios jefe D’Amato y Terrón (Eduardo) lo que satisfizo a ambos, pues les fue a esperar a Schiphol un vehículo oficial y los alojaron en un hotel distante del mío. Los jefes encantados y es que no hay nada tan convincente como un coche oficial y un hotel gran lujo. Resultado: Maurits y yo más tranquilos.

Dos días después de pasado el informe por sextuplicado y en cuatro idiomas, cosas de la UE, por fin fuimos convocados a la reunión informativa con nuestros responsables de las policías nacionales por el intendente Prince, e incluso se acercó durante unos minutos, para conocer las acciones a tomar, el mismísimo director Mr. Rob Wainwright.

En realidad, quienes informamos fuimos, Maurits en mayor medida y yo, mientras con continuos movimientos aseverativos de cabeza, los jefes nos escuchaban con cara de aburrimiento, al final de la reunión, tras un pequeño conciliábulo entre ellos decidieron, que ya próximos a salir en las televisiones aquello de llamarse expediente EUPOL2012/45ES/45NED no resultaba mediático y decidieron llamarlo en adelante: OPERACIÓN VERDI.

Ya de regreso, eso sí en el mismo vuelo, el jefe comenzó a esbozar un plan, para nosotros dos

—No es necesario que te quedes en Madrid, te has ganado unos días de descanso Paco, ya te llamaré cuando tenga establecidos los contactos con…

El muy cabrón, llevaba más de una hora sin hablar, sentado a mi lado en el avión, repasando, tomado notas y subrayando el informe de Maurits y mío y ahora por lo visto, había decidido aparcarme en la comisaria de Valencia y ponerse a la cabeza de la manifestación.

—¡Hombre Eduardo!, te estás pasando. ¿Qué quieres montar el circo tú solito y a los demás que nos den?  Si no te caben ni más preseas y metopas en el despacho. Mira, cuando te pones las medallas te falta espacio en la pechera del uniforme.

—Y tú cuando te pones borde eres… insoportable, por no decir algo peor. ¡Pues no querrás salir tú con D’Amato y Prince! Se te sube la amistad a la cabeza Paco y no sabes dónde estás

—¡No Eduardo, no y no! yo no quiero nada con los ¡¡jefes!!, pero tampoco quiero que te pongas a solicitar informes y periciales a través de la vía oficial, ¡y sé que lo harás! Y comiences con tus famosas reuniones, que si ahora nos reunimos con el SEPBLAC[1], ahora con la Guardia Civil y llamamos a la UCO[2] y así día tras día, que si la UDEF[3] que mañana el SERPLA[4] hasta que, con tanta entrevista reunión y coordinación, las angulas se nos escapen del cesto.  ¿Por qué no nos entrevistamos con la ONU, por ejemplo? Eso debe fardar un mogollón… New York es más mediática que La Haya.               —

Te das cuentas lo que estás diciendo y a quien.

—Sí, y no me arrepiento. Es posible que mañana lo haga, pero hoy no.

En este punto cesaron todas nuestras conversaciones.   Al bajar del avión la despedida no fue fría, en realidad fue gélida. Toda la despedida por parte de Eduardo fue:

—Ya te llamaré cuando te necesite. Antes de que te marches, quería decirte que podías ir pensando, para cuando termine esto, en un cambio de aires como cuando estuviste de Agregado en el Consulado de Milán, por ejemplo.

Una vez más, al fin había conseguido estropearlo todo, lo de Eduardo era una invitación en toda regla a un “o te largas, o te largo yo”.  Cuando acabe “esto” pensé: tendré que hablar con el sindicato, lo más prudente será ir estudiando una jubilación anticipada.

Pero esa situación límite todavía tendría que llegar, hasta entonces me movería rápido, intentaría ganarle la mano a la mastodóntica y lenta burocracia administrativa. Decidí olvidarme de mi regreso a Valencia, quedándome en Madrid. Al día siguiente antes de las ocho estaría en Moratalaz y ya veríamos quien le daba la patada a quien.

Madrugón y a Moratalaz, antes de que apareciese por allí el jefe Eduardo. Las ocho de la mañana, el super puntual Maurits estaría ya en la oficina, así que comencé a marcar 00… bien ya tenía tono de internacional, continué marcando números 31702462211, tres tonos y extensión 221 y al otro lado del auricular sonó la grave voz de Maurits.            —Als je zegt?  (Si dime) … —Me alegra oírte Maurits

[1] Comisión de prevención de blanqueo de capitales e infracciones monetarias.

[2] Unidad central operativa de la Guardia Civil.

[3] Unidad de delincuencia económica y fiscal de la Policía Nacional.

[4] Servicio español contra el blanqueo de divisas.

 —Y a mí, pero que pasa, todavía no hace veinticuatro horas que hemos estado juntos, ¿qué mosca te ha picado?              

—Maurits, debemos movernos rápido, el comisario Terrón mi jefe, tiene la malsana idea de bloquearme apartándome de la investigación, comenzando a tomar protagonismo él, a base de reuniones y comisiones. Por lo visto me la tiene jurada desde hace tiempo y ahora cree que le ha llegado su momento.              

—¿Y en que puedo ayudarte?                                  

—¿El intendente Prince, te ha comentado o sugerido alguna acción?              

—No hasta el momento, Paco.                     

—Entonces por favor, ponte en contacto con D’Amato y que nos designe un agente de enlace. Toma tú la iniciativa y comenzad a localiza, si es posible, las empresas pantallas y los traficantes de diamantes. Yo por mi parte, intentaré que aquí Terrón se centre en las comisiones rogativas a las bancas de los paraísos fiscales. Sabes que eso es lo más engorroso, pues dependemos de jueces, plazos y respuestas diplomáticas a través de embajadas y ministerios de exteriores. Yo os apoyaré desde aquí por libre, intentando no chocar con el jefe y dándole cuerda con lo de las comisiones y todas esas tonterías.              

—Me lo vas a tener que explicar de nuevo, tu exposición ha sido algo rápida no crees, jajaja.-Nota de humor, verdad. Me alegra que por fin hayas puesto un poco de humor en tu vida amigo. Vas mejorando. ¿Pero de lo hablado qué?-Cuenta conmigo.

Fin de la llamada.

 

En Valencia de trabajo y familia

Enrique Argente

—¡Hombre padre! ¿Cómo tú por aquí, no te esperábamos?

Caluroso y afectivo recibimiento de mi hijo Jorge, nada más entrar en mí, sí mi casa, tras casi quince días de ausencia. Al menos lo encontraba relajado y tomándose una cerveza, puedo suponer que a mí salud. Eso sí en esta ocasión, mi entrada no había provocado salidas urgentes de ninguna señorita a medio vestir. En eso estábamos mejorando, o bien Irina había conseguido ponerlo firme. Vana esperanza, que se desvaneció en un instante, a continuación, mi hijo en estado puro.

—Pues no lo creerás viejo, pero me alegro de verte.

—Yo también hijo, y lo que más me alegra es verte tan afectivo y de buen humor. Pero no me llames viejo, por favor.

—De acuerdo, descarga y ven a tomarte una cerveza conmigo, tengo una gran noticia que darte.

—¿No me digas que has aprobado el proyecto fin de carrera?

—No hombre no, yo estoy de buen humor, pero tu parece que estas de guasa, padre.

—Ves Jorge, estas respuestas son las que me joden. Que digas que interesarme por tu fin de carrera ¡es estar de guasa! Me jode si y además me pone de mal humor.

 

—¿Entonces te digo la noticia o qué?

—Adelante.

—Agárrate…fuerte: querido padre tu hija se nos casa. ¡ta, ta, chan!

—¿Quién… ¡Alicia!?

—¡Claro o es que tienes alguna otra!

Son esas cosas que uno piensa que nunca van a ocurrir, pero que ocurren. Mi hija, siempre tranquila, siempre estudiosa, antes que nada, primero la carrera, después las oposiciones, el concurso de méritos. Vaya que pensaba que no tenía tiempo para enamorarse y así de repente me enteraba que se casaba. Pero había algo raro en el asunto, tras mucho tiempo no hacía aún un mes, que habíamos comido juntos en el Bellas Artes y que los dos estuvimos contándonos cosas de nuestras vidas, como no hacíamos en mucho tiempo, sin embargo, no me habló nada de boda.

Dado que mi trabajo era sospechar, y descubrir secretos, me disponía a evaluar la situación, cuando de repente, Jorge volvió a la carga.

—¿Y no quieres… saber… con… quién?

—¡Claro que quiero… cuenta, cuenta!

—¡¡Con su amiga Merche!!… ¿Lo has oído verdad?… ¡Qué! ¿te has quedado mudo?

—Si hombre si, lo he oído. Lo había oído, pero me había quedado bloqueado por el debate interno surgido, entre la sorpresa, la extrañeza y el aturdimiento provocado por la noticia. No tengo nada contra los matrimonios homosexuales, pero si me lo hubiese planteado mi propia hija, en lugar del desgaritado de Jorge, lo hubiésemos comentado con tranquilidad y la sorpresa hubiese sido menor y, sobre todo, con un beso de felicitación habría quedado todo resuelto. Es su vida, y quien debe ser feliz es ella. Debía llamarla inmediatamente. Tomé el teléfono y cuando iba a marcar, me interrumpió de nuevo Jorge, con un tono de voz irreconocible en él.

—No la llames, padre por favor me pidió expresamente a mí que te comunicase su decisión. Dice mi hermana, con buen criterio, que estas cosas no son para tratarlas por teléfono, por eso me pidió que fuese yo quien te pusiese en antecedentes y según tu reacción ya te llamaría ella.

—Pues dile que…, que me llame lo antes posible o mejor que venga, que tenemos muchas ganas de tenerlas, entre nosotros.

—Dabuten viejo…cuando quieres eres un padre molón.

—¡Jorge coño…no empecemos de nuevo!

—Seguí el consejo/petición de Jorge y no llamé a mi hija, a pesar de arder en deseos de hacerlo. A quien si llamé fue a Andrea. Tenía un teléfono que me había facilitado nuestra común Elena y me dispuse a marcarlo, los tonos de rigor y una juvenil voz sonó al otro lado del aparato.

Ha contactado con el buzón de voz del 96132…  y tras una pequeña interrupción.                            

—Buenos días, le habla Esther de “todoestabueno.com”, ¿en qué puedo ayudarle?    Vaya sorpresa, estaba convencido que era un teléfono particular y resultaba ser el del trabajo, lo que me mantuvo en silencio por un instante, carraspeo debido a la sorpresa de no oír la voz que esperaba.                           

—Perdone señorita, me puede pasar con la Sra. Andrea…Andrea…             

  —¿Nuestra directora? La Sra. Ferrando, por supuesto ¿de parte de quién?                    

—De Paco Puig.              

—Un momento, por favor

Ya sabía más cosas de mi musa amorosa, se llamaba Andrea Ferrando, era directora de una empresa de no sé bien qué, pero que tenía un bonito nombre. Unos instantes de espera oyendo el Adagio en G Menor de Albinoni, para a continuación oír una voz tan dulce como la música que sonaba.

¿Es cierto que eres tú Paco? Ya dudaba que te acordases de mí, ja…ja…ja.              

—No te rías. Sí, soy yo y lo último que haría en este mundo es olvidarme de ti.              

—Te ha quedado bonito, pero un poco cursi, ya estamos un poco mayores para ciertas cosas. Pero bien, me alegra oírte, ¿cómo te van las cosas, por esa Europa?              

—No me puedo quejar. Pero necesito de ti.              

—¿Cómo es eso? Dime en que puedo ayudarte.              

—Como consejera matrimonial.                

—Pues lo tengo difícil, ya sabes que no me he casado nunca. No quiero que después me digas aquello de “Consejos doy, que para mí no tengo”.              

—Te prometo que no te lo diré. Si puedes, hoy a las nueve, cenamos en La Sucursal y te lo explico todo.              

—Sí que puedo, pero mejor mañana. Déjame que me dé un “repasito” ¿Vale?                                             

 —De acuerdo, esto me obliga a no coger ningún teléfono durante veinticuatro horas, no vaya a ser que en Madrid se les rompa alguna tripa, pero valdrá la pena. Hasta mañana entonces, mismo sitio misma hora. Que tengas muy buen día. Fin de la llamada 

La puesta a punto de Andrea, me concedía veinticuatro horas por delante, para ordenar asuntos, familiares unos, como la inesperada boda de mi hija. De trabajo otros, como el choque tenido con Eduardo por su indisimulada ansia de protagonismo en la investigación, e incluso personales. ¿Por qué no hacerse un arreglito también, como Andrea? —Pensé— Lo cierto era que mi aspecto últimamente está bastante descuidado, siempre las mismas camisas, las mismas chaquetas y no hablemos de la fiel e inseparable gabardina recuerdo haberla comprado con motivo de mi primer viaje a La Haya por aquello de la frecuente lluvia, para el ingreso en Europol y entrega de acreditaciones, y ¡todavía andaba con la misma! Te das cuenta Paco –me dije- Desde que dejaste el tranquilo y elegante puesto de jefe de seguridad del consulado en Milán, tú estilismo ha sufrido un golpe bajo.

Pensado y hecho. ¡A la calle, a desayunar y ponerse al día!  Sabiendo de antemano la escasez de alimentos ingeribles como desayuno, ni tan siquiera miré en la nevera de casa. Tenía ilusión por recobrar el pulso de mi viejo barrio de Ruzafa, desayunar en el Bar Biosca, comprar la prensa en el kiosco de Rafa, oír las campanas del inconcluso campanario de San Francisco de Borja. Todo esto lo pensaba mientras descendía con el ascensor, sin darme cuenta que era este ascensor el primer cambio de los muchos que iba a encontrar en mi idealizado barrio. ¡Cómo no me había dado cuenta!, hasta hacía dos años no habíamos tenido los vecinos ascensor. Posible, gracias a la burbuja inmobiliaria, y a los nuevos vecinos. ¡Caramba! Hasta el zaguán me lo habían redecorado.

Salir a la calle y no encontrarme frente a las carteleras del cine Iberia y si frente a un gran bazar con nombre oriental, hizo que comenzase mi regreso a la realidad, apreté el paso pues tenía la curiosidad de ver si todavía podría tomar mi desayuno en el Bar Biosca. No, no fue posible, ni tampoco lo pude tomar en el Raga, donde mi suegro, en sus ratos libres jugaba a la “manilla”, ni en el Chato con su trasgresor apartado donde saltaban los dados y donde en cada tirada había montoncitos de billetes bajo una piedra, montándose timbas de póker en la madrugada cuando caía la persiana.

¿Como era posible que hubiese cambiado tanto mi pequeño mundo sin apenas darme cuenta? Ahora levantaba la mirada y veía edificios limpios, restaurados, con sus bellas y eclécticas fachadas, amplias aceras arboladas e infinidad de pequeños bares, restaurantes, y negocios. Solo una cosa destruía el encanto: ¡¡Qué barbaridad de coches, Dios mío!!

Puestos a no encontrar el Biosca, ni el Raga, entré en un coqueto y acogedor barecillo, de simpático nombre o al menos así me lo pareció. La Mamá Gata y sus Gatitos se llama, donde un andrógino camarero me sirvió con rapidez, un café con leche y tostada de tomate con aceite fue la comanda. Ofreciéndome a continuación la prensa local.

Cuando tengo un periódico, local a mí alcance, no puedo resistirme a buscar con avidez dos secciones, una por afición: los deportes. Y otra por profesión: los sucesos. Así que tras pasar con rapidez los deportes, debido a que, tras la reanudación de la liga lo primero que había hecho el Valencia era caer con deshonor en Balaidos, comencé a ojear los sucesos.

LEVANTE EMV. Caracas 15 enero 2015

APARECE UN ESPAÑOL MUERTO

SEGÚN INFORMA LA POLICIA METROPOLITANA

DE CARACAS.

En el día de hoy, se encontró un cadáver en los lujosos Apartamentos Sirenas en la exclusiva zona de la Lagunita Coventry Club. Las mismas fuentes informan que corresponde al ciudadano español, de iniciales M.N.O. recientemente llegado a nuestro país.

El occiso no presentaba señales de violencia, pero en el apartamento la policía ha encontrado pruebas evidentes de haberse celebrado una fiesta con mujeres, donde se consumieron grandes cantidades de cocaína y alcohol.

En las pesquisas efectuadas por la fiscalía del estado, así mismo se encontraron dos maletines con gran cantidad de dólares.

Preguntada la Embajada de España, reconoce desconocer la presencia y los motivos por los cuales M.N.O. se encontraba en Venezuela.

En principio ninguno de los sucesos que aparecían me llamó la atención, más allá de la mera curiosidad, excepto esta noticia. Había algo en ella, no sabía el por qué, pero esas iniciales M.N.O. me resultaban familiares. ¡Qué lástima! hoy no tenía tiempo para pensar en otra cosa que no fuese mi cena con Andrea, así que apuré el café con leche y me dispuse a mejorar mi estilismo. El resto podía esperar.

Pagué y salí de La Mamá Gata y sus Gatitos abandonando el cálido ambiente de la misma y su aroma de café recién hecho. ¿Lo que sigue?, pues una sucesión de aciertos y fracasos. Lo primero, fracaso de la peluquería de caballeros del Sr. Antonio, antes en la esquina de Cuba con Puerto Rico, ni rastro, convertida ahora en un Minimarket. Por fortuna, unos metros más adelante encontré un novísimo salón de peluquería unisex, eso sí, donde con un par de respetables señoras, compartí lavado de cabeza, pruebas de mechas en un caso y resultado muy positivo de un planchado de melena en el otro, cambios capaces de sorprender a cualquier marido.

A partir de este momento opté por el valor seguro, que, para un hombre en actitud de compra, representan los grandes almacenes, así que, en la calle de Colón, encontré solución a mi puesta a punto, por el momento de chapa y pintura. La del motor estaba más difícil.

A las 20,50, como un clavo pulido y atildado —así me había descrito mi hijo— me encontraba el La Sucursal sentado ante la discreta mesa que había reservado sin ningún problema, dado que la crisis, esa de la que estamos hace tiempo saliendo, pero de la cual no acabamos de salir, había afectado a todo tipo de restauradores.

Aunque no creía que fuese el caso de Andrea, por si la espera se alargase, la estaba sobrellevando con un Martini rojo, con un hielo y dos aceitunas.

La mesa estaba en un lugar tan discreto y reservado, que no se veía en su totalidad la puerta de entrada, pero si se podía distinguir quien entraba, una vez hubiese traspasado la misma. Oí un pequeño murmullo, debido al saludo del metre, y al instante pude ver a una bella y elegante Andrea que con una amplia sonrisa y gesto afectuoso se dirigía hacia mí, convertido ya, en su humilde y rendido siervo.

—¡Estas preciosa! Y lo estaba enfundada en su elegante abrigo negro, que cubría un precioso vestido con generoso escote en uve, todo él de color rojo Armani. Se completaba el conjunto con largos pendiente dorados y un clutch de Swarovski.

—Y tú elegante. ¡Pero dame un beso hombre! No te quedes pasmado mirándome, que me vas a desgastar.

—Aaaah perdona. Así que, bastante aturdido todavía, por la falta de costumbre en la relación con el sexo femenino, contacte ligerísimamente una de mis mejillas, con las suyas.

—¿Nos sentamos Andrea?… Por todos los demonios me estaba luciendo, ¡vaya pregunta absurda!, qué otra cosa podíamos hacer. Se había quitado su abrigo y aparecía ante mis ojos con toda su serena belleza, realzada por el precioso vestido. Debo reconocer y admito que el atrevido escote del mismo, fue un verdadero suplicio durante toda la cena para mí, pues mis ojos, aun contraviniendo mis deseos se desviaban constantemente atraídos a él, por su belleza.

—Por favor Paco, siéntate a mi lado, no te sientes frente a mí, no me gusta.

Quizás al metre, que se quedó con la silla en la mano no le gustó, o pensó que no era lo más correcto dentro de los cánones de sentarse a una mesa, pero a mí me gustó la propuesta, me daba proximidad y confianza. Y rápidamente le ofrecí la silla junto a la que yo ocupaba.

El metre había depositado en nuestras manos las cartas, tras unas brevísimas indicaciones. Andrea ni tan siquiera la abrió, pues mi solicitud de consejo, estaba presente en su cabeza.

—Estoy intrigadísima Paco ¿Qué consejo matrimonial necesitas de mí?

—Las cartas quedaron abandonadas sobre la mesa. El metre hizo un intento de aproximación, para tomar nota, una ligera señal con mi dedo índice lo evitó. No deseaba que nos interrumpiesen.

—¿Sabes que tengo una hija?

──Si, lo sé por Elena. Además, sé que es muy guapa y juez en una ciudad del cinturón de Madrid. Pero sigue, sigue.

—Pues verás, anteayer cuando regresé de unos días en La Haya y Madrid, mi hijo me dijo que había llamado su hermana para decirnos que se casaba y que el fuese preparándome a mí para la noticia.

—A ver…a ver, hay algo que me ocultas o que no entiendo. Qué necesidad tiene tu hija de usar a su hermano, para decirte que se casa.

—Pues que se casa con una chica… eso… que parece ser que…

—¡Acabáramos! anda dilo, no te avergonzaras de tu hija, ¿verdad? Dilo conmigo: Es “les-bia-na… pero además y sobre todo es tú hija. ¿Hay algo que importe más?

—Esto es lo que me gusta tanto de esta mujer, la forma en que afrontaba los problemas. Directa sin rodeos ni quiebros. Había pronunciado con toda naturalidad, el hecho en el que yo llevaba navegando desde que conocí la orientación sexual de mí hija y no encontraba el rumbo de mis sentimientos. ¡Si, mi hija era lesbiana! y como había dicho Andrea, ¿Y qué? Esto no cambiaba nada, continuaba siendo mi hija.

El metre, se acercó de nuevo intentando tomar nota. No le hicimos caso. Tras el breve silencio, comencé a contar mis sentimientos.

—Pues que me da la sensación, que he fallado y no he sabido educarla.

—¿Y no te da la sensación, que estás hablando como un vulgar machista?… todo lamentos, lamentos…que, si no la has educado, que la falta de una madre, en fin, por tu hija y también por mí, espero que no lo seas. Y como me has pedido consejo te lo voy a dar. Ahora mismo coges el teléfono o mejor mañana coges el AVE y te vas a Madrid. Hablas con ella, le dices que lo único que te interesa es su felicidad, conoces a su compañera, preguntas con entusiasmo, pero con sinceridad, por los proyectos que tengan para la boda, y te vienes para aquí, que yo también necesito de ti.

Estaba todo dicho respecto de Alicia. Junto a mi tenía a la persona que necesitaba en estos momentos y yo también ardía en deseos de que lo supiese.

El metre, tras varios intentos decidió abordarnos, y preguntarnos qué deseábamos cenar. Ni lo habíamos pensado, así que nos dejamos aconsejar y con una vichyssoise de pera y un lenguado, definido en la carta como a la ¿Caleta?, cenamos y salimos con rapidez del restaurante, no hubo sobremesa los dos deseábamos estar solos.

Sin una dirección determinada y acompañados por la fría humedad de nuestra ciudad, paseamos idílicamente cogidos de la mano, —¡¡y qué cosas se hacen a ciertas edades. ¡¡Dios mío!!—

A Andrea se la veía feliz, no lo ocultaba, ni tampoco parecía que pretendiese hacerlo. Yo también lo estaba, y solo esperaba el momento de poder confesarle que también necesitaba de ella. Unas ligeras gotas de lluvia, aceleraron nuestro paseo, que inconscientemente habíamos dirigido hacía su casa.

—Sube, está comenzando a llover, hago café y té invito a una copa.

—¿De verdad, me invitas a subir?… ¡sí!… ¿Como en las pelis americanas?

—Entra y no seas ganso, cada vez llueve más.

—Y llovió… por fortuna llovió tanto, que me impidió regresar a casa…  por esa noche.

El ruido de abrir y cerrar puertas de los muebles de la cocina, buscando lo necesario para preparar el desayuno, junto con el aroma a café recién hecho despertó a Andrea.

—Para algo tenía que servirte el ser policía. Ya veo, lo has encontrado todo.

—Es la única forma que tengo en estos momentos a mí alcance, de agradecerte la inolvidable noche que me has hecho pasar. Además, tras casi cuarenta y ocho horas con el teléfono fuera de servicio, los mensajes están a punto de hacer saltar el buzón de voz. Lo siento, pero tengo que volver al trabajo.

Sirvió el café que ya borboteaba en la cafetera y ambos comenzamos con el ritual de las tostadas en completo silencio, cuando de repente Andrea me interrogo.

—¿Te he hecho feliz?

—Mucho

—¿Crees que tenemos algo de que arrepentirnos?… no hemos actuado con precipitación

—¿De querernos, como dos jovenzuelos? En absoluto. El resto de cosas no me importan nada en este momento.               —¿Volverás?

—En cuanto me lo sugieras. Y no te preocupes, que lo haré porqué te quiero.

—Pero yo no sé, si sabré quererte. Nunca antes he querido a ningún hombre, he estado con muchos, pero creo que no he amado a ninguno… estoy, estoy… feliz, pero confusa.

—Pues no dudes. Estás feliz y confusa a la vez. Diríamos como turbada…jajaja, no hay duda. ¡El hombre que esperabas ha llegado a tu vida y ese soy yo!

—¡Presuntuoso tontorrón! Tampoco te pases

—Venga, vamos a dejarlo y a tomarnos el café con leche, que está frio y a mí me gusta muy caliente, hasta en el mes de agosto. Te quiero, pero me tengo que ir a trabajar.

—De acuerdo, pero no sé el por qué, los hombres siempre se tienen que ir de mi vida, al punto de entrar.

—Pues sencillamente, en mi caso, por qué tengo que trabajar y desde ayer, estoy dándole vueltas a tres iniciales, que corresponden a un español que ha aparecido muerto en Caracas.

—Leí la noticia, sé a quién te refieres.  —¿de verdad? —Sí, esas iniciales corresponden a Mario Noceda Olcina.               —¿Cómo lo sabes, estás segura?

—Si, lo estoy. Asistí a su boda estaba casado con Teresa Casavieja más conocida como Teresa Casabella, la famosa soprano.

Me volví a sentar en la silla de la cocina sin dar crédito a lo que oía.

—A ver repíteme lo que me has dicho y ¿cómo es que la conoces?

—¿Tan importante es para ti??

—Los polis, Andrea, nos movemos mucho por intuiciones y en esta ocasión creo que estoy ante una.

—De acuerdo, te digo lo que conozco de esta pareja. Al mismo tiempo te voy informando de mi vida. ¡Es curioso me he acostado contigo, sin que supieses casi quien soy!, en fin.

—Andrea esto último, no cambia en nada todo lo que hemos hablado antes, tú lo poco que sabes de mi lo conoces más por Elena que por mí.

—Paco, soy bióloga y nutricionista. Durante bastante tiempo tuve una clínica de dietética y nutrición. Entre mis clientes figuraba Teresa Casavieja, a la cual le preparé dietas y menús de contenido calórico medio y que, sin engordarla, le reforzasen la potencia de voz y le previniesen las afecciones de garganta. Tales como beber líquidos, tomar verduras de temporada ricas en vitamina C, pocas carnes, pasta…   Ya sabes.

–Pues no lo sé, pero continua por favor. En este momento me interesa todo lo relacionado con Teresa Casabella.               —¿Oye, no tendrá problemas por lo que te diga?

—Al contrario, espero poder evitárselos. Dime ¿en esa época estaba ya casada?…  no, no me respondas. Es obvio que no, si me acabas de decir que fuiste a su boba.

—Precisamente, cuando vino a mi consulta estaba preparando su boda. Si te digo un detalle que observé en ella en aquel periodo ¿me guardaras el secreto?

—Espero que no sea secreto de confesión, pero dalo por hecho.

—Verás Paco, no veía en ella una novia feliz…tampoco es eso exactamente, no sé…  quizás echase en falta más ilusión.

—¿Dirías que tenían problemas?

—Estoy segura de ello. ¿Oye te gustaría conocerla?… ¿Sí?… Creo que tiene una gala preparada para finales de mes, en el Palau de la Música, junto con un tenor venezolano muy de moda, se llama Denis Ramos o algo parecido. Está siendo la sensación en esta su primera temporada en Europa. Intentaré sacar entradas y te la presento. Yo me encargo de todo.

—Magnifico, en cuanto sepas algo me lo dices y reservo el día.

Con tanta charla, el café se había enfriado y la tostada quemada por los bordes. Lo que había comenzado como un desayuno íntimo, lleno de recuerdos por ambas partes de la noche pasada en común, finalizaba con un pequeño desastre gastronómico, previo a comenzar un interesante día después de nuestra primera noche.

Tenía que contactar rápidamente con el jefe, y pedirle hiciese las gestiones necesarias con quien creyese oportuno, para averiguar qué demonios hacía en Caracas, el súbdito español M.N.O. para haber encontrado la muerte allí. Así que puse rumbo a mi despachito, si es que se le podía llamar de alguna forma, a la mesa, la silla, el antediluviano teléfono y un télex que hacía como mínimo una década había dejado de prestar servicios al cuerpo, en la comisaria de Guillem de Castro.           

—¡Hombre Paquito!, dichosos los oídos. ¿La tuya es una llamada de trabajo o de pura cortesía?

Profundo silencio, pero al jefe se le notaba a través del teléfono, el ritmo cardíaco alterado y la presión arterial a tope:

¡¡¡¿Dónde te metes cabronazo?!!!   Cuarenta y ocho horas con el teléfono fuera de cobertura, te voy a meter un paquete que te voy a crujir los huesos.

No había posibilidades de entablar un mínimo dialogo, así que lo dejaríamos para más tarde, evitando añadir más leña al fuego.              

—Señor comisario, ¿Cuándo cree conveniente que le llame?, quizás dentro de un rato podamos hablar ambos con más serenidad. Mi seca respuesta, hizo sus efectos de inmediato.                     

—No es necesario que me llames más tarde, ¿dime, cual es el motivo de tu llamada?              

—Eduardo, conoces la noticia de un español que ha aparecido muerto en Caracas.                        

—Sí, pero no le he prestado mucha atención, ¿qué tiene que ver el tal paisano, con tu investigación?                         

—Creo que mucho, de cualquier forma, todavía no es más que una intuición.                      

—¡Paco, otra vez con tus corazonadas!  Además, para eso no me necesitas a mí, cualquier compañero de jefatura te podría informar.              

—No creo fuese lo más conveniente. Si estoy en la buena pista, deberíamos aplicar un código de baja intensidad, según dijiste cuando comenzó la investigación. El caso puede afectar a nuestra cantante Teresa Casabella, el muerto era su marido.              

—¡Joder Paco!, has hecho bien en acudir a mí, debemos ser prudentes y no levantar mucha “polvareda”. ¿Esta Teresa…no sé qué, es algo de la Unesco verdad?             

—En efecto, embajadora de la Unesco para la infancia. Ves cómo nos vamos entendiendo.

Una leve sonrisa se oyó a través del auricular, al fin Eduardo estaba relajado e interesándose por el caso.              

—¿Qué quieres que haga? Tenía que halagarlo un poco y esperar, dándole tiempo y que pareciese que pensaba.

Por fin habló Zaratustra

—¿Tu qué harías?                

—Yo empezaría por Exteriores. ¿No crees Eduardo?                      

—¡Claro…claro!  Respondió al instante con aire de suficiencia.                         

—Pero sin olvidar que le han encontrado un maletín con casi un millón de euros, además de una buena cantidad de droga. Tendríamos que hablar con delitos monetarios y tráfico de estupefacientes. Siempre dentro de la máxima discreción            

—Perfecto Paco, vente mañana y tendré los contactos preparados.                    

—Pensaba hacerlo. Hasta mañana jefe, eres un sol.                       

—Y tú un cabrón con pintas rojas.

Fin de la llamada

Colgué él teléfono y me puse a pensar por un instante en el paso siguiente que había planeado dar. No tenía noticias ni de Maurits, ni de la comisaria italiana que nos habían asignado…¿Cómo demonios se llamaba?…¡aaah… sí!  Ya me acuerdo ¿Rita…Rita?, se lo preguntaré a Maurits, seguro que él se acuerda perfectamente.

Estos teléfonos de ahora son la repera, tienen memoria, favoritos y marcación automática, así que, al instante, oí la voz totalmente acatarrada de Maurits.               

—¿Qué te pasa amigo? Parece ser que no te encuentro en tu mejor momento, esa voz suena fatal.  Su voz parecía proceder de ultratumba.                    

 —Paco no puedo hablar, pero dime…te escucho.                           

 —De acuerdo lo haremos en plan cuestionario de exámenes. ¿Cómo se llama la agente italiana?              

—Rita Jannone.              

—Gracias tienes una magnifica memoria. ¿Oye hemos progresado con lo de los diamantes?              

—Sí, te envío un informe.              

—¡¿Tan mal estás, que no puedes adelantarme nada?!…               

Tras unos segundos de silencio, a través del auricular escuché un oscuro, profundo, y lejano sonido, como algo parecido a un sí.               

—De acuerdo te dejo. ¿Cómo has cogido ese catarro, ¡hombre!?              

Noté un esfuerzo sobrehumano en su respuesta   

—Defendiendo a los árbitros en la Asamblea de la Federación Holandesa.              

No pude reprimir mi concepto del arbitraje y aunque una vez dicho, me arrepentí, dije.              

—Aun te pasa poco, ¿Cómo se te ocurre semejante cosa?              

—¡Hoeren Jong! Fin de la llamada                 

Colgó con rabia y me había llamado “hijo de puta”. ¡Sííí! …eso me había llamado. No se lo tendré en cuenta, debe de estar muy mal el pobre Vermeer.  

 

Próximo martes, capítulos 18 y 19 

Madrid comienza la investigación y Por Italia: De Roma a la Caserna Garibaldi (Milán)

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