Auge, fulgor y caída de metrópolis

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ANTONIO GIL-TERRÓN PUCHADES

31.07.21

Hoy en día está de moda criminalizar a la sociedad, cuando realmente es ella la víctima conjuntamente con los individuos que la forman; o sea, nosotros.

No, no es la sociedad quien explota y castra la personalidad del individuo; es el Estado quien lo hace. Es él quien pastorea, ordeña, y esquila a la sociedad como si de un rebaño de ovejas se tratara, tras suprimir a Dios y redefinir, en base a una ética torticera hecha a la medida de sus cambiantes intereses, qué es el bien y qué el mal, así como dónde está la delgada línea que los separa; una línea flácida y ondulante que irán moviendo y reubicando, sin la mínima impudicia, según les convenga en cada caso.

La sociedad organizada no es el problema; es la solución. El problema es el Estado y sus castas de pastores y perros mediáticos, que hacen de su corporativismo, daga y enseña, y que con la excusa del bien común, y a la brisa de la globalización, han convertido el mundo en una gigantesca factoría en donde todo está agobiantemente medido; desde nuestra capacidad de aguante, hasta la sumisa acomodación a cada nueva regla… a cada vuelta de tuerca a este tornillo sin fin en que se ha convertido nuestra paciencia.

En cuanto a la pandemia, los únicos que han salido más fuertes han sido los Estados y sus mandamases locales, vulgo sátrapas de un pueblo cada vez más adocenado, controlado, acojonado y obediente.

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