Éter

FOTOGRAFÍA: FRANCISCO ÁLVAREZ

Aquel universo en el que girar en torno a ti era como una ficha de la noria, un viaje único y delirante, pero del que saldrías despedido a golpe de bocinazo, campana y se acabó

NOE MARTÍNEZ / PALABRAS OLVIDADAS

– Te advierto que no soy de las que se enamoran…

Ya está. Con eso valdría. A partir de ahí, el mundo debió explotar, llevándoseme a mí por delante. Pero como en el reparto de gilipollas, me dieron dos medallas, una para lucir y otra por si la pierdo, no quise dar por cierto lo verdadero. Tu incapacidad para amar más allá de las mariposas, del sobresalto de virgen santa, ahí viene. Tu tendencia suicida a darlo todo en el primer asalto, dejándote la piel en un combate cuerpo a cuerpo que parecía no querer acabar nunca. Tu estoy bien, estoy muy bien, pero eso no quiere decir nada. Tus manos perdidas en algún lugar que minutos antes era mío, pero que ya nunca más me pertenecería. Aquel universo en el que girar en torno a ti era como una ficha de la noria, un viaje único y delirante, pero del que saldrías despedido a golpe de bocinazo, campana y se acabó. Se acabó, claro, como siempre se acaban las cosas buenas. Pero quién contaba con el destino, la casualidad y las ganas dormidas.

– ¿Lara…? – Pregunto, sabiendo que el margen de error es cero.

– ¿Sí…? – Te giras, sin saber. Me miras, de hito en hito. No sonríes. Muero, palabrita. No me reconoces, mierda de vida – ¿Lara…? ¿Desde cuándo soy Lara para ti, idiota…?

No sé si fuiste tú, fui yo o el chachachá, pero lo siguiente que recuerdo es tener tus brazos alrededor de mi cuello, con tu cara en mi pecho, riéndote de manera escandalosa, esa manera tan tuya de hacerle saber al mundo que eres feliz. Cierro los ojos y te hago girar. Somos una peonza con dos cuerpos, árbol y enredadera, helado con su cucharita. No sé si la piel tiene memoria o es la mía que lleva diez años recreando este momento, pero así llegase el fin del mundo, con sus amenazas de todo a tomar por culo, todas ellas caóticas, tan de secta adventista del séptimo día, a mí que me pille contigo en brazos. Así. Oliendo a ti en 24 7, norte, sur, este y oeste, que no queda un átomo de mí sin ti. Lara, Lara…

– Laritaaaaaaaaaaaaaaaaaaa… – Te cojo la cara con las manos. Quiero besarte, qué otra cosa voy a querer, pero claro…

– Pabliiiiiiiiiiiiiiii… – Me das un beso en la cara que me sabe a Dios. Pablo, cojones, trata de arrancarlo. Trata de arrancarlo, Pablo… – Déjame verte: estás igual que siempre.

– ¡Hombreeeeee…! Seis quilos más, una barriga, medio calvo y con presbicia: igual. Soy yo versión Aliexpress… – Me río a carcajadas, sin soltarte. Tengo miedo de que salgas corriendo, o te conviertas en sal, como la movida aquella de la esposa de Lot.

– ¡Qué tonto eres…! – Me das un beso en la nariz. En la nariz. Pero a mí se me electrizan los dedos de los pies. Ya tú me dices cómo coño lo haces… – Estás estupendo. Siempre has estado estupendo.

Te apartas, sin soltarme las manos. Parecemos dos niños jugando a la rueda, rueda, en el patio del colegio. Ajenos a los demás, a lo demás, nos miramos sin dejar de hacernos ojitos. Silencio, solo risas y ojitos, nada más. Listen and repeat. Pasan los coches, nos empujan la gente queriendo pasar. Poneos a un lado, tortolitos, que aun se os van a llevar por delante un autobús, nos recomienda una señora cogiéndonos del brazo. Pues si ese fuese mi destino, acabar mis días con quién empecé a querer vivirlos, quién soy yo para contradecir al destino. Estoy tan nervioso, tan contento, tan feliz… tan asustado de volver a verte, que quiero marcarme un Matrix: parar el tiempo, vida a cámara lenta y una libreta. Hacer un croquis de lo que quiero decirte y nunca te dije, de lo necesito que sepas antes de que suenen los acordes de otra vez una despedida. Quiero. Necesito. Tengo que pedirte que seas mía de nuevo, aunque sea un ratito…

– ¿Tienes prisa…? Vivo cerquita… – Arqueas las cejas. Sacas la lengua y la posas en tus labios, como queriendo decir, sin decir. Tampoco hace falta, me hago cargo… – Espera, no, que digo si te hace un café y eso…

– Me hace ‘eso’…

Y te ríes a carcajadas. Muchas carcajadas que inundan la calle mientras avanzamos hasta mi portal. Y como si fuese una escena de Notting Hill, oigo acordes de canciones inolvidables mientras dejamos atrás a señoras con perro, a niños con Ipods, a parejas comiendo un Kebab a medias. Dejamos atrás todo, sin importarnos nada, porque cuando estamos juntos, Larita, lo demás no importa. De camino, me fijo que tienes un Tatoo en un dedo. Es un corazón y una ola. Me estremezco. Lo rozo con mi dedo…

– Me suena… – Te digo, marcando el piso en el ascensor.

– Ahá… – Con tu dedo, bajas la cinturilla de mi pantalón, dejando al aire mi ingle y mi Tatoo – Siempre me gustó…

Nos miramos. Somos los mismos y no lo somos, pero como cuando los oculistas te miran el fondo de ojo y saben si comiste gazpacho, no nos hace falta mucho para dar con las ascuas que una vez fueron incendio. El ascensor hace pum. Se para. Hay que salir, pero allí dentro hay queroseno demás para abandonar el habitáculo sin que salte todo por los aires. Sonríes, sin dejar de seguir el contorno de mi Tatoo con tu Tatoo. Corazón y olas, corazón y olas, corazón y olas… Estoy mayor y desentrenado, pero creo que a poco que me lo proponga, no llegamos a casa vestidos. Un vecino abre la puerta del ascensor…

– ¿Bajáis…? – Tose, consciente de que allí pasa algo ilícito, ilegal y/u orgásmico.

– Bajamos… – Te cojo de la mano, hacia la puerta de casa.

Hago girar la llave, contigo en brazos. Podría comerte la boca, borrarte esos labios para siempre, porque si no son para mí, pa’más nadie. Pero no lo hago. Te miro. Respiro tu aire absolutamente candente, reconozco tu aroma a 5th Avenue de Elisabeth Arden y siento cómo se me doblan las piernas. Me tienes en tus manos, Larita, me tienes loco, amor. Vamos dejando ropa por el pasillo. Pantalones, vestido, zapatos, cinturón, sandalias, sujetador, calcetines y braguita… Somos una piñata a la que le sobran las tiras para que la sorpresa caiga de golpe. Hace diez años que no nos vemos. Diez años sin saber el uno del otro. Alguien me dijo que te habías mudado, que vivías con un amigo de un primo de no sé muy bien quién. Un imbécil cualquiera que no soy yo y con eso me basta. Diez años pensando en volver a verte, para re-decirte movidas, para re-hacer movidas, para re-soñar movidas. Joder, Pablo, no la cagues ahora…

– Larita… – Te digo, tendiéndote en mi cama – Dime que esto es verdad… – Te beso por aquí, por allí y por allá, porque sería más fácil dejar de respirar que dejar de rozarte con mi boca. Eres todo el oxígeno que necesito.

– Ya lo creo que lo es…

Noto tus manos en mí. Y, de repente, todo fluye, éter e incandescencia. La memoria de lo vivido hace justicia con lo por vivir. Como andar en bicicleta, que dicen que no se olvida, pero conviene no dejar de pedalear para no acabar con los piños contra un bordillo, me pongo sobre ti. Te sujeto las manos con las mías. Vuelvo a ver tu Tatoo. Corazón y ola, el mío ahora en tu ombligo. Y como las mareas que se mueven por influjo lunar, el vaivén sobre ti me lleva y me trae, me lleva y me trae, me lleva y me trae. Aguas cálidas, torrenciales y cristalinas que hacen vibrar, corriente 220 V, energía undimotriz. A cada embestida, mis olas se estrellan contra tu acantilado. Una y otra vez, obstinadas y enérgicas, sabiendo que los cantos de sirena vuelven loco al más aguerrido marinero. Con las manos te hago un trajecito de ganas. Te recorro de arriba abajo, buscando leer en Braille aquello que tu boca calla de pensamiento, palabra, obra y omisión. Canta, sirena, canta: canta para mí. Canta para mí…

– Pablo… – Me coges la cara con las manos, mientras luchas por tener los ojos abiertos.

– Shhh… – Te digo, callándote a besos.

– Pablo… – Pasas tus brazos alrededor de mi cuello, con firmeza y seguridad – Pablo…

– ¿Dime, amor…? – Inspirar, expirar, inspirar, expirar, inspirar, expirar…

– Al final, sí me enamoré de ti, pero ya era tarde…

A las sirenas les bastaba un simple agudo para volver loco hasta el mismísimo Ulises. Así me atasen de pies y manos al mascarón de proa, tu respiración entrecortada y tu piel sudada debajo de mí, son ya mi santo y seña de una locura a la que no renuncio ni reclamo cura. Te miro, aun sin resuello, y me dejo caer en tu pecho. Oigo tu corazón y veo mi vida pasar hasta llegar a ti de nuevo. No soy de las que se enamora, me dijiste. ¡Como si yo lo fuese, entonces! Nos mató la no edad, la impulsividad, las ganas de conocer otras cosas, otros mundos, otros cuerpos. Nos mató la intensidad con la que nos comíamos a besos, anulando todo lo demás. El miedo a perder más que a ganar. A emprender un camino de ‘solo nosotros’ y aburrimiento, impropio de nuestra adolescencia interminable. Nos mató no apostar por un amor que valía la pena…

– Me quedo a dormir… – Me dices, tirando de la sábana, divertida.

– Eso está por ver… – Te abrazo, deslizando mi mano hasta tu ombligo…

 

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