A mi pianista

Fotografía: May Rueda

La melodía sonaba triste, como tristes parecían tus ojos, viajaba de tu ventana a mi terraza. Según tocabas, la intensidad iba subiendo y yo capté que algo te ocurría

03.07.21

May Rueda Gómez

Llevo varios días escuchándote. Te siento frustrado, intentas sacar una melodía pero nada te convence. Te miro a través de las rendijas de mi persiana, con el café de la mañana en la mano. Ni siquiera sabes que existo. Puedo ver como apuntas las notas en el cuaderno de pentagrama y después arrancas la hoja, la haces una pelota y la lanzas contra la pared enfadado. No entiendo por qué no te convencen, pues para mí suena muy bien.

Hoy me ha despertado el tintineo de cada tecla, apenas amanecía. Hoy te has levantado inspirado y con ganas de empezar algo nuevo, has empezado a tocar ese piano, a acariciar sus teclas con sutileza y es que a mí siempre me ha gustado como tocas. Utilizas tanta delicadeza…

Después de unos minutos escuchándote me he incorporado, los rayos de sol ya se colaban por las cortinas a medio echar, dibujando pequeñas formas destellantes en las paredes y techo y me he asomado por mi ventana, no te veía bien, pues tengo mejor perspectiva desde la ventana del salón, así que, he corrido hacia él y he separado la persiana para poder observarte. Me sentía como si estuviera violando alguna regla, pero aún así he seguido observando. Tu mirada estaba concentrada en tus manos, tu cabeza bailaba al son de la melodía. Me he preparado el café y me he atrevido a asomarme más allá de donde te observo cada día. Hoy he salido a la terraza a desayunar, descalza y con la camisola enratonada que tanto me gusta. Me he sentado en una silla con las rodillas encogidas tocando mi barbilla.

La melodía sonaba triste, como tristes parecían tus ojos, viajaba de tu ventana a mi terraza. Según tocabas, la intensidad iba subiendo y yo capté que algo te ocurría. ¿Quién pudo hacerte tanto daño? No pude evitar derramar unas lágrimas, pues tus notas se colaban en lo más profundo de mi alma, eran como punzadas que me dolían tanto, tanto…

He corrido hacia el poyete apoyándome en él, con la intención que me vieras, pero seguías muy concentrado en esa triste melodía. Quería ayudarte, quería consolarte, darte un abrazo y que no sintieras tanto dolor, un dolor que yo sentía a través de esa triste melodía.

Por fin, en un acto sin intención, volviste la mirada hacia mí. En ese momento y por primera vez creo que supiste de mi existencia. Te sonreí y respondiste con otra sonrisa, alcé mi taza para invitarte a un café y aceptaste. Cinco minutos me dijiste con un gesto de mano.

Recogí mi larga melena en un moño alborotado, me cambié de camiseta y me puse un pantalón corto. Hice una cafetera nueva, preparé la mesa en la terraza y me senté a esperar. Algo de jaleo se escuchó en la calle, pero no hice caso, estaba ansiosa por la llegada de mi pianista. Los minutos se me hicieron horas, ¿Sabrá qué piso es? Me preguntaba una y otra vez y no llegabas. Al rato, comencé a escuchar sirenas y no pude evitar asomarme por la terraza, algo había ocurrido. Al inclinarme hacia delante por el poyete… se me encogió el corazón, las manos me empezaron a sudar y me quedé completamente helada, no podía dar crédito a lo que mis ojos estaban viendo… tu cuerpo yacía en el suelo de la calzada con un charco de sangre, los operativos de emergencias te intentaban reanimar, y yo… yo no sabía qué hacer, quedé inmóvil durante unos minutos, no podía pensar, no podía actuar. Ni siquiera sabía cómo te llamabas, ni siquiera pude rozar la piel de esos dedos que hacían mis mañanas tan melódicas. Lo peor llegó después, fue cuando cubrieron tu cuerpo entero con una manta térmica y supe que me habías

abandonado. El dolor que sentí al escuchar tu melodía no era nada comparado a lo que sentí en aquel momento.

Adiós a esas notas, adiós a tus melodías, adiós a esas mañanas que tanto embellecías.

Adiós querido chico del piano, adiós…

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