Báratro

Fotografía, FRANCISCO ÁLVAREZFotografía, FRANCISCO ÁLVAREZ

Que no quiera verte y quiera verte es ya mi forma de aceptar que por mucho que me empeñe, tú en mí eres gula y necesidad que no cesa

26.06.21

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

Verte es siempre sinónimo de inquietud y tempestad. Oleada de emociones encontradas y adictivas que no entienden de ir a medio gas: rueda de perfil bajo, chaval, ni se te ocurra frenar al rozar sus curvas, porque se te sale el corazón por los aires. Verte y no querer verte suele ir de la mano, balanza de los puedo y de los de esta no salgo indemne. Como cuando te pones a régimen y dejas de comer coulant, que no significa que no te guste. Que no lo desees. Que no cierres los ojos y puedas notar cómo sus delicadas burbujas de aire crepitan en tu boca, hasta que el chocolate, templado y suave, toma tu paladar. Que no quiera verte no significa que no quiera verte. Que no desee verte. Que no cierre los ojos y pueda notar cómo las delicadas bocanadas de tu aire crepitan en mi boca, hasta que tus besos, templados y suaves, toman mi paladar. Que no quiera verte y quiera verte es ya mi forma de aceptar que por mucho que me empeñe, tú en mí eres gula y necesidad que no cesa. Tú y ese aroma tuyo que siempre evoca lo nuestro: ahí duele en blandito…

– El mayor es igualito a ti… – Me dices, sin dejar de sonreír.

– Pobre, hay cosas que no se eligen… – Paso fotos en el display del móvil, buscando alguna en la que yo no tenga cara de gilipollas.

– El pequeño es muy Marta…

No puedo mirarte. Y eso me hace sentir raro. Oírte pronunciar el nombre de mi mujer levanta una fila más de ladrillos a lo nuestro. Como una cripta funeraria, atracción custodiada por laberintos y más laberintos, en un intento estéril de que jamás se profane nuestro secreto. Los dos sabemos lo que hay, que somos adultos, esa especie de rara catalogación a la que se le supone razón, pragmatismo y responsabilidad. Pero cuando estamos juntos, es como si mi perfil de padre de familia y tu entidad de novia enamoradísima del que sea, se disipase como la niebla de una mañana estival. Sabes que está, porque la ves y casi puedes palparla, pero intuyes que detrás de esa cortina de vaho, el sol está calentando banquillo. Esa atracción en la cripta funeraria rebotando contra todo, buscando una rendija por la que fluir.

– ¿Qué tal te va con…? – Meneo la cabeza, cómico, como perdiendo la cuenta – ¿Pablo? ¿Martín? ¿Lucas?

– ¡Idiota…! – Me sacudes en la cabeza de mentirijillas y enfatizas tonito… – E-R-N-E-S-T-O. Ernesto está muy bien. Y yo también estoy muy bien con Ernesto.

– Tú siempre estás bien… – Me llevo la mano al corazón, tocado y hundido.

– Ya estuve mejor, pero a ti pareció importarte una soberana mierda…

Te ríes. Yo no. Y no me río porque en ese mismo momento mi corazón pulsa el FAST REWIND. Y ahí estoy, frente a ti el verano aquel. No sé si hace cinco años, una vida o diez minutos, porque lo que siento es tan ahora, que no puede serlo más. Alguien que tenemos en común piensa que es una gran idea que nos conozcamos, porque pegamos. Pegamos es un término en el que más abstracción no cabe, y sin embargo, tan conciso, tan concreto, tan para nosotros que con solo musitar un hola: ¡zas!, que se me paren los pulsos, que cantaba la copla. Algarabía, gente yendo y viniendo, copas que bailan mejor que sus dueños y acaban sobre mi camisa y tu vestido. Risas limpiando el desastre con un Kleenex al límite de su absorción. Tengo toallitas en el coche, me dices. Y sin más, te sigo.

Como un calamar a la luz del señuelo.

Como una oveja a su cencerro.

Como la abeja a la miel.

Te sigo, porque hacerlo ya no depende de mí.

Me maravilla que la ciencia se obceque en darle explicación química a la magia de gustarse. No sé qué elementos entran en juego, ni si para que la mezcla fluya, hay que hacer girar el mejunje siempre para el mismo lado. No tengo ni idea de si el corazón se marca un conjuro, pampán, pampán, pampán, pampán. Sístole y diástole a todo meter, con sensación delirante de caída al vacío, tobogán hacia la nada. Llegamos a tu coche sin dejar de hablar y de reír. No me preguntes de qué hablamos ni de qué nos reímos, pero mi cabeza guarda esa esencia de conexión como una muesca en el murito de las cosas que valen la pena. No es que yo vaya por la vida poniendo nota ni coleccionando instantes, pero convendrás conmigo, Anita, que tú también sentiste que allí se estaba rifando el Big bang y tú y yo teníamos todas las papeletas…

– La toallita no fue una gran idea… – Señalas mi camisa, con un borrón que ni la Sábana Santa.

– Hay opiniones… – Me río, mientras te hago el gesto de OK con la mano.

– ¡Shhhh…! – Y con la misma, bajas el volumen de la radio y sales del coche – ¡Me encanta esta canción…!

Me encanta esta canción. Pero bajas el volumen. No digo que seas rara. Digo que eres única. Y entiendo por qué bajas la música cuando te arrancas a cantar por lo bajito. Sin estridencias, ni pretensiones niná. Cantar por cantar, como si yo fuese un volante de tu vestido de tirantes, con esa comodidad inusual en dos que se gustan pero se acaban de conocer. Yo, que así me pongas dos cables pelados en las pelotas, soy incapaz de tararear nada con cierto rigor y entonación, me veo cantando mientras te rodeo la cintura para bailar. No tengo ni idea de qué coño hago, porque tampoco sé bailar agarradito, joder. Pero tu cuerpo me pide abrazo, y tu boca llama a mi boca. No sé si besarte o borrarte los labios a bocados, elegir nunca ha sido mi fuerte.

– Bailas peor de lo que cantas, pero ¿sabes qué…? Me gusta… – A mí, que me cuesta la misma vida ser asertivo y directo, tu naturalidad para decir verdades a voces, me descoloca. Pero me gusta tanto como a ti esta canción.

– ¿Yo o cómo bailo? – Me río sin dejar de balancearme con tu cadera en mis manos. Tu vestido es tan fino, que puedo notar tu piel. Y la mía, a la que le basta la imaginación para empezar a pedir más.

– Tú, bobo…

No sé si en verdad fuiste tú o fui el que cedió al primer beso, pero qué más da, si estaba de ser. Tantos años después, con nuestras vidas en otra vía como trenes que no van a ninguna parte, seguimos sin ponernos de acuerdo. Si no es por mí, Pablete, jamás hubiésemos sido nosotros. Eso dices, rotunda y divertida. Y no es verdad del todo, aunque sí a medias, porque en medio de aquella canción de Los Secretos, moviéndonos como la marea, el beso rompió en la orilla. Como una ola, que cantaba la otra. Como una ola de las que sabes que va a arrasar con todo, con la arena fina, con la pedregosa, con la fina como el oro fino. Esa ola que se anuncia de lejos con un suave murmullo, cogiendo fuerza para explotar en un rugido fresco y cristalino. Ese primer beso lleno de ganas. Ese primer beso lleno de dudas de mañana qué, mañana qué. Cerrar los ojos, atesorar tiempo, sensaciones y emociones que te acompañen cuando la soledad o la desidia te de una hostia con la mano abierta. No éramos conscientes, Anita, de que, probablemente, ese beso sería el beso. Parada y término, el beso que, sin querer, sería el índice Nasdaq de los besos que vendrían después. Contigo pero sin ti, siempre en mi cabeza cuando cerré los ojos y besé otros labios. Tatuaje indeleble y sin tinta, ya tú me dices si no es magia lo tuyo.

– ¿Por qué me miras así…? – Inquieres sin dejar de sonreír.

– Así, cómo… – Te pregunto sabiendo bien a qué te refieres. Entra un mensaje en mi móvil. Marta, que recoja yo a los niños, que se le complicó la tarde. No lo abro, lo leo en el Display.

– Pablo, tienes un mensaje… – Me dices, dando permiso para responderlo en intimidad.

– Ya, ya lo vi… – Me meso el pelo y suspiro, con desgana – Es Marta. Los niños…

– Los niños… – Te ríes, con los ojos brillantes. No lloras, claro, pero ahí hay punzada. Lo sé yo. Lo sabes tú. Lo saben hasta los negritos del Congo Belga.

– No te cases nunca, Anita, es una trampa… – Hago mueca de muerte súbita.

– No podría casarme… – Jugueteas con un azucarillo que hay sobre la mesa, evitando mirarme -… porque tú ya lo estás con Marta. Llegué tarde, como a todo en la vida…

Y me miras. Ahora sí. Y yo me muero. Tengo ganas de abrazarte, de beberme esas lágrimas que inundan tu cara, porque, de alguna manera, soy yo llorando en otro cuerpo. Por mi mente empiezan a pasar imágenes de estos últimos diez años. Idas y venidas, con oportunidades y despedidas, con promesas de intentarlo por última vez cuando termine el Máster, cuando me den el ascenso, cuando esté preparada, cuando no se me gire el cuello detrás de cualquier escote, talla 95 copa C, cuando tus mejores amigos entiendan que no pueden meterse en nuestra cama. Cuando todo y cuando nada, porque el único escollo entre tú y yo fue la edad y la inexperiencia. El no saber manejar con cuidado una historia que merecía la pena. Los veintipocos no entienden de esperar. Porque el que espera y no sabe si llegará, pronto pierde las ganas. Y de esos polvos, estos lodos. SIC. Porque cuando pienso en tenderme sobre ti, hundiendo mi cara en tu cuello y bailando desnudos desoyendo el compás, hoy, igual que entonces, me vuelvo báratro e incendio.

– Anita…

Arrastro tu silla hacia mí. Estamos en un lugar público. Cualquiera podría irle con la movida a Marta, pero qué coño, ahora mismo no puedo pensar en nada más que en ti. Como en el Fausto de Goethe, mi alma al diablo por una vez más contigo. Una última vez. Una última vez, por favor.

– Pablo… – Me dices rodeándome el cuello – Yo no valgo para esto. No sé ser la otra. Se nos pasó el tren. Vivimos de emociones edición coleccionista. Te quiero, pero ahora ya nada es igual.

– ¡Habla por ti, joder…! – Dejo caer mi frente en la tuya. Tengo las pulsaciones de un runner de domingo, ya de paso, cojo periódico y churros.

– Será mejor que me vaya… – Veo como te levantas y me levanto contigo. No quiero dejarte ir: no puedo.

– ¡Espera…! – Te digo como todo plan de defensa. Eres un puto imbécil, Pablo. Qué poca gracia tienes, chaval, me digo.

– Ese fue nuestro problema siempre, Pablo: esperar. Esperar. Esperar…

Me das un beso fugaz y onírico en los labios. Un beso de soñar, pero tan veloz que tengo la sensación de haberlo imaginado. Me tocas los labios y me sonríes. Sé que esto es una despedida, porque no es la primera vez que se nos da. Pero algo me dice que, probablemente, sea la despedida. La última. Me tiemblan las manos. Sudo. Quiero retenerte pero cómo coño lo hago. Qué digo. Qué puedo yo ofrecer con el panorama de vida que tengo. Qué mierda he hecho con mi vida. Qué mierda he hecho…

– No me llames más, Pablo. Yo tampoco te llamaré a ti. Te lo prometo. Voy a intentar ser feliz buscándote en otro incansablemente… – Haces señal de victoria sin dejar de llorar mientras te alejas.

– Anita… – Corro tras de ti, pero me frenas.

– Pablo, tienes que ir a recoger a los niños, no te olvides…

Y como cuando crees que la lavadora ha acabado de centrifugar y te dispones a abrir la puerta y el bombo da una última sacudida, tu dosis de realidad para decirme adiós, me sabe a hostia con la mano abierta. A caída de bici, incisivos a tomar por culo. Tu dosis de realidad me sabe a derrota y remordimiento. Quiero a Marta. Quiero a mis hijos. Pero también me quiero a mí, y en ese lugar recóndito en el que guardo las cosas que me pertenecen y me pueden, reinas tú desde aquella noche en la que alguien dijo que debíamos conocernos porque pegamos. Y tanto que pegamos, Anita. Cemento cola. Loctite con pincel. Hormigón calorífico. Masilla de pirámide Keops, Kefrén y Micerinos. Juntos, somos imán y gravedad. Dices que no te vuelva a llamar. Pídeme un riñón, amor, tendrás muchas más posibilidades…

noemimartinez.es

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