Martina ama a escondidas

Foto May

Lo sabía por experiencia, y no por la suya sino por Diana, que había tenido tres relaciones, una por cada año de instituto y lo único que había sacado de ello eran malas notas y meses de depresión

04.06.21

May Rueda Gómez

Martina se había mudado de la gran ciudad a un pueblo nuevo, donde no conocía a nadie.

Estaba a mitad de curso, cursaba 4° de E.S.O. Había dejado atrás a todos sus compañeros y amigos. Su padre un importante constructor de obras se había construido una lujosa casa en aquel pueblecito para llevar una vida más tranquila junto a sus hijas, Martina y Ana. Ana estudiaba 1° de E.S.O, pero esta historia no trata de Ana, trata de Martina.

La matrícula ya estaba hecha desde hacía una semana. Era domingo por la tarde cuando Martina había terminado de colocar su habitación.

Miró por la ventana, los árboles habían perdido su abrigo, ahora arropaban la acera y la calzada como si de una enorme manta se tratara. Era por lo que parecía un barrio tranquilo. La casa se situaba a los pies de la montaña.

Comenzaba a oler a leña quemada. Papá ha encendido la chimenea.

Bip bip

Su móvil vibró.

Era un mensaje de su mejor amiga Diana.

«Mañana tengo examen de matemáticas y no puedo concentrarme porque te echo de menos»

Martina dibujó una sonrisa al leer el mensaje.

«No me eches la culpa si cateas. Las mates siempre se te dieron mal» Contestó Martina.

«¿Estás nerviosa?»

«Sí, pero tengo ganas de empezar.»

«Mañana me cuentas los detalles, voy a seguir empollando»

Se despidieron y Martina se quedó sentada mirando por la ventana.

—¡Chicas a cenar! —gritó su madre desde el piso de abajo.

Cuando Martina abrió la puerta vio a su hermana salir de su habitación que estaba en frente.

Las dos bajaron las escaleras sin decirse nada, pusieron la mesa y cenaron.

Después de una ducha, de secarse y alisarse el pelo, Martina se fue a dormir.

El primer día de clase siempre ha sido un caos, no sabes dónde tienes que ir, no sabes quiénes son tus compañeros… En fin estaba un poco alterada. Pero un ángel de la guarda se apiadó de ella.

—¿Eres la nueva? —la dijo alguien desde atrás.

Se giró y pudo ver al chico más guapo de toda la historia.

—Sí. —dijo algo avergonzada.

—Acompáñame, estás en mi clase, por cierto soy Cristofer.

—Encantada yo… Me llamo Martina. ¿Cómo sabes que vamos juntos?

—Porque esto es un pueblo pequeño y las noticias vuelan.

Nos dirigimos hacia una clase de laboratorio. La clase ya estaba casi llena, todos se giraron al verla aparecer.

《No creo que sea por mí, era sin duda alguna porque voy acompañada del chico más guapo del mundo mundial》pensó.

—Toma asiento, yo me quedo aquí. —dijo sentándose en segunda fila.

La clase estaba dividida por dos filas de dos en dos y evidentemente por todos los aparatos que ocupaban el aula estaban ante la clase de biología.

Martina se dirigió hacia el fondo ya que los asientos delanteros estaban todos ocupados.

El profesor entraba por la puerta dando los buenos días, ocupando su sitio y diciendo el número de la página por donde tenían que comenzar la lección.

La clase fue muy entretenida y Cristofer la pasó el horario de clase, ahora sólo tenía que averiguar dónde estaba cada clase.

Al terminar cada clase teníamos cinco minutos de descanso y entró al aseo en uno de ellos.

Había un grupo de chicas fumando, el humo la molestó bastante y tosió. Ellas se quedaron mirando y se echaron a reír. Hizo lo que tenía que hacer y salió de allí en cuanto pudo. Menos mal que siempre llevaba un pequeño perfume consigo. (ya sabéis por si vais en el autobús y os toca con algún pasajero de esos que el olor del sudor anestesia hasta al conductor. Pues solia rociar perfume en un pañuelo y colocarlo en su nariz) Se roció con él y se dirigió al aula correspondiente.

Las clases la gustaban y los profesores también. Llegó la hora de recreo y bajó al patio, se sentó en unos escalones y se la acercó una chica.

—Hola, Martina, ¿verdad? —dijo.

—Hola, sí.

—Me llamo Elisabeth, pero puedes llamarme Beth.

La chica la dio dos besos y se acercaron dos chicas más que venían con ella.

—Encantada. —dijo.

—Mira ellas son Silvia y Sara.

Las otras dos chicas también la dieron dos besos.

—Vamos, pero no te quedes aquí, vamos a salir y compramos algunas chuches. —dijo Beth.

Acepté, fuimos a una pequeña tienda oriental y compramos algunas golosinas. Después fuimos a un parque que había al lado del instituto y allí nos sentamos en el césped y comenzamos a hablar.

—Martina, cuéntanos ¿de dónde vienes?— preguntó Beth.

—De Madrid capital.

—¿Y cambias la capital por esto? —preguntó Sara.

—Bueno, mis padres…

—Yo quiero saber ¿de qué conoces a Cristofer? —preguntó Silvia.

—Bueno… Le conocí esta mañana.

—Imposible. Tú te has enrollado con él. —dijo Sara.

—No. En serio. Le conocí esta mañana, fue muy amable.

—¿Amable? —preguntaron extrañadas las tres a la vez.

—Sí. ¿Por qué os extraña?

—Pero vamos a ver alma de cántaro, ¿tú no te has dado cuenta de lo cañón que está ese chico? —dijo Beth.

—¿Y…?

—Pues que es el chico más popular de la E.S.O. —contestó Silvia.

—Del instituto entero diría yo.— dijo Sara entre risas.

—Vale, ¿Y…? ¿Qué pasa que por ser popular no puede ser amable?

—No se trata de eso, se trata de que Chris no se acerca a cualquiera, no habla con cualquiera. —dijo Beth.

—Pues habré tenido suerte. —dijo sin darle importancia.

—No nena, no. ¿No te das cuenta? —preguntó Sara.

—¿De qué?

—¡Le gustas! —dijeron las tres a la vez.

Se echó a reír. Incrédula.

—Ni siquiera me conoce, ¿cómo le voy a gustar?

—¿Porque eres guapa? —dijo Sara.

—Gracias.

—Eres su tipo, castaña, pelo corto y liso… —prosiguió Sara.

—A ver, puede que le haya atraído físicamente, pero gustarle… — reflexionó.

—¿En qué mundo vives? —preguntó Sara.

—Tienes que lanzarte. —dijo Silvia.

—Parad. Mi primer día de instituto y ¿hablando de chicos? No, no me lo puedo permitir necesito empollar y dejarme de historias que luego acaban dramáticamente.

Lo sabía por experiencia, y no por la suya sino por Diana, que había tenido tres relaciones, una por cada año de instituto y lo único que había sacado de ello eran malas notas y meses de depresión Y trastornos alimenticios.

Martina no quería eso, estaba allí para estudiar y no pasar el rato pensando en chicos.

—Me gusta tu forma de pensar. —dijo Beth.

—Es que no sé por qué giráis en torno a los tíos, es decir, hay más cosas en el mundo. —Se explicó.

—Las hormonas Martina, debe ser eso. —dijo Silvia.

—Chicas ahí va. —dijo Sara mirando embobada a Cristofer, que pasaba por delante de ellas con un grupo pequeño de amigos.

Cristofer las miró, y se quedó fijamente mirando a Martina, acto que hizo que ella tragara saliva y la puso nerviosa.

—Beth. —dijo con un movimiento ligero de cabeza sin perder la conexión visual conmigo y sin parar de andar.

—Hola Chris. —contestó Beth.

—Venga, volvamos a clase es la hora. —dijo Silvia.

Se levantaron y regresaron para el instituto.

—¿Os habéis fijado en cómo la miraba? —preguntó Sara.

—Es su próxima víctima. — comentó Beth con sorna.

—¿Víctima? —preguntó Martina.

—A Beth la rompió el corazón hace un tiempo. —explicó Silvia.

—¿Salisteis juntos? —Continuó preguntando.

A Martina no la extrañó porque Beth era una chica muy guapa y vestía muy bien.

—Caí en sus redes como una completa idiota. —Comentó no muy orgullosa.

—No lo ha superado. —dijo Sara.

—Sí está superado, es sólo que le guardo rencor.

Las chicas siguieron hablando del tema hasta llegar a la siguiente clase.

A Martina, le preocupaba Beth, pobre, estaba dolida, se notaba. Ella lo notaba, porque esos gestos los había visto en Diana.

El día pasó sin ningún incidente. Las chicas y Martina intercambiamos los números de teléfono.

De camino a casa Ana la preguntó.

—¿Qué tal tu día?

—Agradable, ¿y el tuyo?

—Bien, he hecho amigas.

—Yo también. He conocido a tres chicas que parecen majas.

—Pensé que el cambio iba a ser más difícil pero no ha sido así, lo que hace que esté muy contenta.

Un chaval en moto pasó por nuestro lado.

—Es él. —dijo Ana.

—¿Quién es?

—El chico más guapo del instituto.

Martina pensó en Cristofer, un escalofrío recorrió su cuerpo. ¿Por qué todos adoraban a ese tipo?

—No deberías de pensar en chicos guapos, hemos venido a mitad de la primera evaluación y tenemos que empollar.

—Martina, es inalcanzable para nosotras.

—Anda tira para delante y deja de decir sandeces.

Llegaron a casa, se pusimos a comer y acto seguido, Martina comenzó a colocar sus apuntes e hizo sus deberes.

Recibió una llamada cuando estaba recogiendo el escritorio, era Diana.

—Cuéntame todo. —dijo a la espera de las nuevas noticias.

—Hola, estoy bien gracias. —puso los ojos en blanco —el día ha ido bastante bien, he hecho amigas, las clases han sido amenas y lo he pasado bien.

—¿Cómo es la gente por allí?

—Pues igual que en Madrid Diana, están las típicas fumadoras del baño, el grupo de las populares mirándote por encima del hombro, los frikis, la gente normal y el chico guapo.

—Háblame de él.

—¿Solo te ha llamado la atención el chico guapo? Claro, que no me sorprende.

—Venga, háblame de él.

—Pues… Es alto, una cabeza más que yo, moreno con el pelo un poco largo y va despeinado, casi no ve a causa de ello, está… Está fuerte, debe hacer ejercicio. Sus ojos son castaños y grandes y no tiene ni una marca de acné, tiene la piel perfecta. Lleva una pulsera ancha de cuero en la mano derecha, una cadena gorda plateada y un reloj grande en la izquierda. Su boca… Es carnosita. Y es muy agradable, me ayudó esta mañana a encontrar la clase.

—¡Por dios! Se me corta la respiración, ¿en serio está tan bueno? Porque has dado pelos y señales de todo él.

—Está muy bueno, no te voy a mentir.

—Tenemos que planear un fin de semana, es decir, hablar con mi madre y que me deje ir a pasar allí un fin de semana. Tengo que verle con mis propios ojos.

—¡Ay Diana!¿Qué voy a hacer contigo? Oye, tengo que ducharme, hablamos mañana, ¿de acuerdo?

—Por supuesto.

Aquella noche, se fue a la cama pensando en Cristofer cosa peculiar en ella.

A la mañana siguiente llegaban al instituto y Cristofer estaba en la puerta apoyado, la miró y ella sonrió tímidamente.

—Buenos días Martina. —la saludó.

—Buenos días Cristofer. —contestó sin detenerse.

Ana se quedó boquiabierta tras los acontecimientos y se marchó para su módulo.

Cristofer comenzó a seguir a Martina.

—¿Qué tal tu primer día? —preguntó poniéndose a su altura.

—Bien. —contestó Martina.

—Hoy nos toca administrativo, ¿quieres sentarte conmigo? Estoy solo.

No sabía que responder, se puso nerviosa y tartamudeó.

—Bue… Bueno… Yo…

—Sólo si te apetece. —dijo mientras se apartaba el pelo de los ojos con un movimiento de cabeza.

—Ya veremos.

Cuando llegaron al aula de administrativo, Sara y Silvia se sentaban juntas y Beth no tenía nadie a su lado, así que, Martina se acercó a ella.

—Buenos días, ¿puedo sentarme?

—Hola. Sí claro.

Cristofer se quedó mirando algo afligido. Pero la dio igual. Él había sido el protagonista del día anterior y esta vez no quería darle el gusto.

—¿Te ocurre algo? —preguntó Beth y Martina negó con la cabeza.

A la hora del recreo, fueron como el día anterior a comprar golosinas y al parque. Allí se acercaron Christofer y sus amigos.

—Hola, ¿qué hacéis? —preguntó.

—Nada, aquí hablando. —contestó Beth.

—¿Os apetece que nos quedemos? —preguntó.

—¡Claro! —dijo entusiasmada Sara.

—Estos son Julián, Álvaro y Aitor. —dijo expresamente para mí.

—Encantada yo soy… —intentó decir Martina.

—La nueva. —dijo Aitor.

—Se llama Martina —dijo Cristofer.

—Tenemos cartas, ¿sabéis jugar al póker? —dijo Álvaro.

—¡Pues claro! Dijo Silvia quitándole las cartas de la mano.

Estuvieron toda la hora del recreo jugando a las cartas, Cristofer no paraba de sonreír y mirar a Martina. A ella la incomodaba pero intentó que no se notara.

En clase de física y química, les mandaron hacer un trabajo en grupo, Cristofer volvió a acercarse a ella para ver si podía entrar en su grupo, pero los componentes no podían ser más de cuatro y las chicas y Martina lo completaban, así que le dijo que no.

La primera tarde quedaron en casa de Martina. Las chicas alucinaron con su casa.

—¡Vaya casa! Me encanta. —dijo Silvia.

—Venga vayamos arriba. —les dijo.

En la planta de arriba, aparte de tener las habitaciones en el amplio pasillo había una enorme estantería llena de libros y enciclopedias, esa estantería se podía apreciar desde el salón y comunicaba con este desde una escalera de caracol. Allí también había un escritorio, pero querían intimidad así que entraron en su dormitorio a trabajar.

Después de emplear hora y media en parte del trabajo, hicieron un parón. Bajaron a la cocina y cogieron algo de picar, como unas aceitunas un poco de queso, fuet y colines.

Cerró la puerta para que mi hermana no se metiera en asuntos ajenos. Aunque de vez en cuando se la veía pasar a través del cristal de la puerta.

—¿Queréis zumo? —preguntó a sus nuevas amigas.

Ellas asintieron y las sirvió en unos vasos.

Beth se quedó mirando una pizarra metálica que tenía la madre de Martina en la cocina con fotos de la familia. Mientras las otras dos chicas no paraban de comentar lo que las gustaba la casa.

—¿Eres tú? —preguntó mirando una foto en la que salía Martina de pequeña montando a caballo.

—Sí y esta Ana.

—¡Qué dulces! —exclamó Sara.

—¿Estabas en algún equipo? —preguntó Beth al ver una foto de su grupo de álgebra del colegio anterior.

—Sí, bueno en el grupo de álgebra.

—Me podías echar una mano.

—Claro, si quieres puedes venir por las tardes.

Y así hicieron, cada día Beth llegaba a casa de Martina sobre las seis y hasta las ocho y media no se marchaba.

Esas horas las sirvieron para conocernos mejor.

Beth era muy divertida, Martina la admiraba.

Mientras ,Cristofer, no paraba de acercarse a ella. Martina no entendía muy bien qué estaba buscando exactamente.

Estaba preparándose para que Beth llegara a repasar.

Eran las dos horas y media que más la gustaban del día. La entusiasmaba cada vez que sonaba el timbre y la veía a través de la cámara.

Hacían muchas cosas juntas, estudiaban, hablaban de Cristofer, hacían vídeo llamadas con Diana…

Esa tarde, Martina tenía algo que contar a Beth.

Martina se encontraba tumbada en su cama con las piernas estiradas en la pared, ella sentada en el suelo con la espalda apoyada en la cama. Escuchaban música.

—Tengo algo que contarte. —la dijo.

—¿Interesante?

—Mucho.

Beth pasó del suelo a la cama en un santiamén.

—¿Recuerdas que la semana pasada Chris me pidió mis redes sociales?

—Sí.

—Cuando le dije que no tenía, aparte de sorprenderse, me dijo que quería conocerme mejor y, bueno… Me preguntó si quería salir con él.

—¿Qué? ¿Y qué le dijiste?

—Pues evidentemente le dije que no. Que no le conozco a penas y debo centrarme en los estudios.

—Se quedaría flipado. Creo que nunca le han rechazado

—Se sorprendió, creo que no esperaba esa reacción y me dijo que me tomara mi tiempo.

—Tengo una idea, tú no quieres novios ¿verdad?

—No.

—Pero podríamos vengarnos, que tome su propia medicina. —dijo como si estuviera planeando algo maquiavélico.

—¿Qué?

—Quiero decir, que podrías salir con él un par de semanas y luego le dejas. Es lo que me hizo a mí, aunque conmigo duró casi todo el curso. —su rostro se apeno con las última palabras.

—No sé, no es buena idea.

—Bueno… A ti te gusta, ¿no?

—Es guapísimo, y no creo que sea mala persona, pero…

—¿Entonces?

—Bueno yo… —A Martina algo la atormentaba.

—Venga, ¿qué pasa?

—Pues que yo no he estado nunca con nadie y él es…

—Chris es un experto, lleva teniendo novia desde ¿los 4 años? Siempre ha sido el guaperas de clase.

—Además, me da miedo enamorarme y sufrir como una idiota.

— Es un par de semanas sólo y si sigues mis pasos eso no ocurrirá.

—¿Tan pillada estabas de él como para querer hacerle esto?

—Aún lo estoy. No es un chico fácil de olvidar. He sufrido mucho viendo como salía con otras en este tiempo.

—Pero… No me parece justo, a mí no me ha hecho nada.

—Pero te lo hará cuando se canse de ti. O cuando se encapriche con otra. Por eso no puede durar más de dos semanas.

—No estoy segura.

Beth, estaba dolida, Martina no entendía cómo Chris pudo dejarla, era muy guapa y alegre.

—Y…¿por qué no hacemos que volváis?

—Porque está coladito por tus huesos.

—Pero… Yo… No he besado nunca a nadie.

—No te preocupes, he pensado en ello y ensayaremos.

—¿Con la mano como en las películas?

Beth soltó una risotada.

—No. Yo te enseñaré a besar.

—¿Tú?

—Sí. Verás. Al principio sentirás que el corazón se te acelera.

Se sentó a su lado y se acercó a ella.

—Mírale a los ojos y no interrumpas esa conexión.

Martina la miró a los ojos, unos ojos verdes aceituna muy bonitos.

—Humedece tus labios.

Recorrió con su lengua sus labios.

—Y muerde lentamente tu labio. Así sabrá que quieres que te bese. Entonces se producirá el contacto.

Beth la puso una mano en la pierna y la acarició muy suavemente, entonces el corazón se le aceleró a Martina.

La retiró el pelo tras la oreja y se acercó mucho a ella, podía sentir su cálido aliento. Su respiración se entre cortaba.

Y entonces unió sus labios con los de Martina, su lengua acarició sus labios y se introdujo en su boca, era como dar pequeños bocados pero sin usar los dientes. Mientras la besaba le sujetaba con una mano la cabeza y con la otra acariciaba su pierna.

Martina comenzó a sentir muchas sensaciones, la pareció lo más sensual del mundo y se animó agarrándola de la cintura y la acariciaba la espalda.

No habían separado sus labios y no sabía por qué ni cómo, los besos se hicieron más intensos.

Beth la inclinó hacia atrás y ella se tumbó en la cama. Ella estaba encima de Martina besándola y, Martina la correspondía. Empezó a alterarse y a sentir que sus pezones se erguían, algo en su interior entraba en calor, mucho calor, esos besos la estaban gustando y mucho. Estaban besándose sin desenfreno. Cuando de pronto, Ana las interrumpió llamando a la puerta.

—Martina, ¿puedes prestarme el típex? No encuentro el mío.

Entonces se separaron asustadas como si algo malo hubieran hecho. Se peinaron un poco y abrió la puerta.

—Espera, un momento. —dijo mientras se dirigía hacia el escritorio y cogía el típex para dárselo.

—Gracias.

Ana lo cogió y se dio la vuelta.

—No hace falta que me lo devuelvas, tengo otro. —insistió para que no volviera a molestarlas.

Cerró la puerta y ambas se miraron y se echaron a reír.

—¿Qué tal lo he hecho? —preguntó, deseando que dijera que mal para volver a besarla.

—Muy bien. Ahora quiero que tomes la iniciativa tú.

—¿Yo?

—Sí venga, siéntate. —dijo dando una palmadita en la cama.

Se acercó despacio y muy nerviosa, pensaba que el corazón se le iba a salir por la boca, iba a volver a tocar sus labios rosados. Se sentó y la miró a los ojos unos ojos llenos de fuego, y su respiración comenzó a cambiar, se humedeció los labios y acto seguido rasgó con sus dientes el labio inferior, la acarició la pierna y la dio un beso sin lengua acto seguido abrió mi boca e introduje mi lengua en su interior, acariciando su lengua. Estaba suave, nuestros labios se abrían y cerraban pausadamente. La tumbó en la cama sin separar sus labios de ella y su mano acariciaba su pierna subiendo por su cintura, sus dedos se colaron sin querer por debajo del jersey de Beth y eso provocó un incendio en su interior. Quería más, así que introdujo su mano por su jersey y acarició su piel, ella la agarraba del trasero y Martina se perdía en su piel, en sus labios, en su ardiente lengua, su mano llegó hasta su pecho su pezón estaba pronunciado y fue lo que hizo que ella se detuviera. Me levanté rápidamente.

—Lo siento, me he dejado llevar. —Martina se disculpó avergonzada.

—No te preocupes, ha estado muy bien, quiero decir, que lo has hecho muy bien, has aprendido rápido. Tengo que irme.

El reloj marcaba las ocho y veinticinco.

—Gracias. —le dijo.

—Mañana será el gran día. —la dio un beso en la cara y salió de la habitación.

Martina salió tras ella para acompañarla hasta la salida, no quería que se fuera, quería estar con ella.

Su madre llegaba en ese momento de trabajar.

—Hola. —dijo Beth.

—Hola. Martina voy a darme una ducha, encárgate de la cena por favor.

—Vale mamá.

—Hasta mañana Marti. —dijo Beth despidiéndose y se marchó.

Martina tenía que encargarse de la cena pero, ¿cómo iba a concentrarse después de lo que había pasado?

Había dado su primer beso, no a un chico, no un beso cualquiera. Había sido sin duda la mejor experiencia que había tenido.

Preparó una ensalada y unas tortillas francesas rellenas de jamón York y queso. Después se subió a duchar.

Cerró los ojos mientras le caía el agua en la cabeza y entonces las imágenes volvieron a su mente. Su boca, su lengua sus manos y caricias. No entendía muy bien por qué la había gustado tanto, no sabía si por ser la primera vez o por ser ella Beth…

Se levantó como cada mañana, se aseó y se marchó a clase. Estaba deseando verla, no sabía muy bien por qué, pero necesitaba ver que todo seguía como antes. Sentía miedo en su interior, inseguridad y una serie de sensaciones que jamás había sentido.

En el pasillo se encontró con Cristofer.

—Buenos días Martina ¿has pensado en eso?

—Buenos días Cristofer, perdona pero no me quiero entretener, llegamos tarde. —dijo acelerando el paso y evadiendo la pregunta.

—Vamos bien de tiempo. Martina.

Entró en clase pero Beth no había llegado. Tomó asiento y sacó su material. Por fin entraba Beth por la puerta, la dedicó una sonrisa. Pasó de largo su sitio y se sentó junto a Martina.

—Buenos días. —dijo. Estaba guapísima.

—Buenos días. —respondió Martina.

—¿Qué tal has dormido?

—Bien. —en realidad había dormido confusa.

—Luego tenemos que hablar, he estado pensando.

El profesor comenzó a dar clase y las chicas se concentraron en ello, aunque a Martina le costaba sacarse de la cabeza la tarde anterior. Intentó no mirarla, miraba hacia delante constantemente controlando las ganas de ver sus mejillas sonrojadas por naturaleza. Comenzaron a tomar apuntes y en un momento dado al intentar coger el típex las manos de ambas se rozaron ligeramente. Beth ni se inmutó pero Martina sintió algo electrizante que le recorrió desde la punta de los pies a la cabeza.

A la hora del recreo, llegó la hora de hablar. Beth se excusó con las chicas diciendo que tenían que hacer unas fotocopias y que las vería más tarde. Quería hablar a solas con Martina.

─¿Estás preparada? Ha llegado el momento de mi venganza. No te pongas nerviosa, ayer lo hiciste muy bien.

─No sé si estoy segura de querer hacerlo. ─Martina tenía dudas, tras los últimos acontecimientos.

─Tienes que hacerlo por mí Marti.

Esas palabras la hicieron compadecerse de ella y se animó a aceptar la propuesta.

─Está bien. Pero sólo una semana. ─Propuso.

─Vamos a las canchas, sé que están ahí. ─Se dirigieron hasta las canchas, Beth le hizo a Cristofer una seña con la cabeza para que fuera hacia ellas. Él dedujo de lo que se trataba y no dudó ni un segundo en acercarse hasta ellas. ─Martina tiene algo que decirte. ─le dijo cuando estuvo a su altura. Martina estaba sentada en un banco y Beth se retiró para dejarles intimidad, aunque no se fue muy lejos ya que quería ver cómo ponía Martina en práctica lo ensayado.

Cristofer tomó asiento al lado de Martina. Ella estaba muy nerviosa, no sabía muy bien qué hacer, miró a Beth y ella la giñó un ojo. Fue entonces cuando se armó de valor. Miró a Cristofer, se saboreó los labios y después los mordió sutilmente. Acto que hiciera que Cristofer se pusiera como una moto y no aguantase a besarla.

─¡Dios cómo me pones! ─la dijo y acto seguido la agarró con una mano de la nuca y con otra de la cintura y la besó apasionadamente. Beth se quedó boquiabierta y Martina… Martina era esclava de un beso que no era el que quería, no sentía ni la más mínima sensación, solo sentía la lengua de Cristofer girar y girar en el interior de la suya y sus labios abriéndose y cerrándose y no era porque el chico no había puesto empeño, ese no era el caso. El caso era que Martina se sentía atraída por Beth. Sin quererlo se había enamorado de ella y había descubierto su orientación sexual. Martina agotada de la lengua de Cristofer, se apartó.

─Lo siento, no puedo. ─dijo.

─¿Qué no puedes qué? ─la reprochó Cristofer.

─Esto no es lo que yo quiero, lo siento. No me gustas.

─¿Qué no te gusto? Hace un momento me estabas pidiendo a gritos que te besara.

─Perdona, tenía dudas, no lo tenía claro, pero ahora sí.

─Jamás me había ocurrido esto. Aquí te quedas rarita. ─Cristofer se fue con el ego por los suelos y sin entender muy bien lo que había ocurrido.

Beth salió de su escondite.

─¿Qué ha pasado? ─preguntó.

─No puedo hacerlo Beth, lo siento. No me gusta y no me voy a obligar a hacer algo que no quiero por una venganza, pero no te enfades conmigo por favor.

─No me voy a enfadar Marti. Si eso es lo que quieres lo respeto. ─abrazó a su amiga con cariño.

Martina sabía que no tenía nada que hacer con Beth y eso la deshojaba el corazón. Pero siguió siendo su amiga y ayudándola en los estudios, así al menos estaría cerca de ella. La admiraba, la admiraba por encima de todo. Su risa, sus tonterías, sus ideas descabelladas… Compartía con ella todo como hacía con Diana, solo que esta vez, era diferente puesto que Martina la amaba a escondidas.

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