Operación Verdi: CONCLUÍDA. Capítulo 5

Enrique Argente VidalEnrique Argente Vidal

Tengan presente, que los delitos monetarios tienen multitud de ramificaciones y se ven afectados por diferentes legislaciones

En los cuatro primeros capítulos de la novela vamos conociendo a algunos de los personajes, de sus características personales que explicarán muchos de sus comportamientos a lo largo de la narración. Seguimos con Paco Puig, su Jefe, Eduardo y la primera visita del agente a la sede de Europol: «nos encontramos ante un código cero».

Sede de EUROPOL (La Haya)

Enrique Argente Vidal

Las oficinas de Europol, se encuentran en el elegante Word Forum Convention Center en Eisenhowerlaan, 73 de La Haya y allí ingresábamos la pareja de euro agentes Vermeer y Puig en el despacho del director adjunto Prince, tras haber desayunado opíparamente en mí hotel.

Si tuviese que describir al director adjunto, diría de él, que para mí representa al prototipo de euro funcionario, ya sea de la Comisión, del Parlamento o de cualquiera de las instituciones o agencias de la Unión, a saber: Cuidado aspecto, correcto pero comprensible inglés y terminología de euro manual, metódicos y nada improvisadores. Difíciles de encajar para los mediterráneos en un principio, pero también fácilmente manejables cuando les coges el aire. Pues ante uno de ellos personificado en el director adjunto Prince, nos encontrábamos.

 

—Buenos días, señores— Así, sin más preámbulos comenzó:

—Les supongo informados por sus respectivos SIRENE, de los pormenores que hasta el momento conocemos sobre el caso que les hemos encomendado. Debemos actuar con la máxima diligencia y confidencialidad, pues las investigaciones pueden afectar a personas cuya privacidad debe protegerse hasta tanto no tengamos pruebas irrefutables de su culpabilidad o inocencia. Tengan presente, que los delitos monetarios tienen multitud de ramificaciones y se ven afectados por diferentes legislaciones. La secretaría general confía plenamente con ustedes. ¿Alguna pregunta?

Fue Maurits quien se adelantó. —¿Debemos entender, que nos encontramos ante en un código cero?

—Sin lugar a dudas. ¿Alguna pregunta más, agentes?… muy bien, pues si no hay preguntas, tienen asignado el despacho 415, en la cuarta planta. Espero un informe previo y un plan de acción en el máximo de una semana. Bienvenidos y buen trabajo.

Y a la calle, pensé. Todo muy pulcro, todo muy conciso y todo muy complicado, pero así era nuestro trabajo.   —¿Qué hacemos Maurits? —Pues era el más próximo a quien preguntar.

—Lo primero pasar por logística, recoger la llave del 415 y ponernos a trabajar ¿cómo decís vosotros los mediterráneos?… ¡ah sí…como cabrones!

—Hombre Mauricio, no es la expresión que esperaba oír de ti, pero me vale. Pongámonos en   marcha. Te has dado cuenta que no nos ha adelantado ni la más mínima línea de trabajo …pero qué casualidad, ha puesto mucho interés en que no pisemos ningún callo.

—¿Qué quieres decir con eso de “callo”?

—No hagas caso, ya veo que no me entiendes, te prometo eliminar en adelante, expresiones populares de mi lengua. Quería decir algo así como que no se nos escape ningún nombre que pueda molestar al “stablisman”. Maurits ¿tienes idea de que va el tema?

—Parece ser que se trata de un tráfico ilícito, que está produciendo grandes beneficios. Como de costumbre, desconocemos el origen del dinero y el destino final, estoy por adelantarte que será un paraíso fiscal.

—¿Y dónde crees qué se reparte el juego?

—Por ahí es por donde debemos empezar Paco, y por el momento no sabemos ni a qué juegan.

—Entonces solicitemos una entrevista con los del TECS[1]. De eso me encargo yo, que tengo mucha experiencia en las solicitudes a la administración en mi país y estos tecnócratas europeos no son ni la mitad de burócratas que mis funcionarios.

La semana de plazo que nos había dado el director adjunto Prince, había pasado rápidamente y nosotros no conseguíamos ni tan siquiera ver un cabo de aquella madeja que nos habían encomendado, parecía que había indicios de armas y diamantes lo cual daba una mezcla explosiva y peligrosa.

El director adjunto se lo podrá creer o no, la verdad es que ante las dificultades tanto Maurits como yo nos crecemos, así que habíamos trabajado a fondo, revisado informes, leído correos, repasado listas, pero en esta ocasión tras varios días de lecturas del informe previo continuábamos como el primero. Se podía intuir…pero solo intuir, por un único correo electrónico al que los “Tecs” habían hecho un seguimiento, que tal cómo nos adelantó el director adjunto, todo hacía indicar tratarse de un tráfico ilegal, en principio de blanqueo de dinero, pero nada seguro. Sin embargo, ni una sola referencia a nada relacionado con la ópera, como me había comentado mi jefe en Madrid. Con este pobre bagaje nos presentamos ante el director adjunto.

—Pasen agentes, siéntense…

Para lo cual nos ofrecía las dos sillas tapizadas en fino cuero, color natural, delante de su sencilla pero elegante mesa escritorio que disponía en un confortable despacho de la planta noble del edificio, como suele ser, en la más alta de las plantas del mismo, donde el sol ilumina y calienta, cuando lo hace como hoy. Lo que siempre agradece un mediterráneo como yo en ésta fría ciudad, que dudo sepa apreciar, este frio inglés que es míster Prince. Cálido ambiente que, en estos precisos momentos, el director adjunto estaba dispuesto a estropear.

—¿Quién de ustedes comienza? …—así sin más, se despachó el míster. Afortunadamente y en aras a la concreción, tomó la palabra Maurits.

—Señor director adjunto, estamos lejos de una conclusión.     —distante hubiese dicho yo. ¡Qué manía! La de estos centroeuropeos con ser tan concretos.

—Quieren decir ustedes, y no deseo ser descortés, qué están tan perdidos como hace una semana.

Ahora sí que tomé la iniciativa galleando ante el tonillo un tanto displicente que había adoptado el director adjunto. Si alguien estaba perdido en aquel despacho, era él, al que su ex lo había dejado por un joven oficial de su propia comisaria de Bristol, cambiando con buen criterio un bello amanecer amoroso por un decadente ocaso.

—Tenemos un correo, señor director adjunto, que creemos tiene relación con lo que buscamos.

—¿Y qué dice ese correo, que les hace concebir esperanzas sobre la resolución del caso?

Maurits, que conociéndome como me conoce y viendo la actitud que había adoptado al responder al director adjunto, tomó la iniciativa y con rapidez sacó una copia del correo que había mencionado y que llevaba cuidadosamente guardada en una carpetilla, entregándosela al director adjunto Prince. Este se tomó su tiempo, leyó rápido la primera vez, abrió los ojos con expresión de sorpresa, la pausada segunda vez y se dirigió a ambos olvidando la famosa flema de sus conciudadanos.

—Agentes Puig y Vermeer ¿¡Ustedes se tienen por policías!? En evitación de que pierdan el tiempo, hagan el ridículo y me lo hagan sobre todo perder a mí les ruego se retiren. Disponen todavía de cuarenta y ocho horas, ni una más ni una menos, para venir aquí con algo más concreto, de lo contrario les relevaré del caso. Buenos días.

Como el señor director adjunto tomó el teléfono y fijó sus ojos en el teclado del mismo sin realizar el más mínimo gesto de despedida, salimos lo más rápido posible del despacho.

—¡We voelen[2] Paco!

—¡Y tan jodidos! ¿Y ahora qué hacemos? Maurits.

—Creo que deberías ser tú quien propusiese alguna acción, dado que tú interpretación del correo ha conseguido que míster Prince haya perdido su tradicional flema.  Tú no sé lo que harás.  Yo como nieto e hijo de un Vermeer que soy, para poder pensar con tranquilidad, voy a comerme una lubina y beberme una botella de vino. Estos trances solo sé superarlos con la barriga llena. Mañana y en el futuro, quizás no podamos comer si nos quedamos sin trabajo.

Lo sorpresivo de su respuesta me descolocó por unos instantes viniendo de un probo agente de policía y ex árbitro de futbol, pero acepté la propuesta de inmediato con gran contento. Había que quitarle hierro a la situación y Maurits tenía razón, ante una buena mesa, se piensa mejor.

—Voy a consolarme contigo y me alegro de conocer esta forma de afrontar los problemas que tenéis en la familia Vermeer… ¿dónde me vas a llevar esta vez colega?

—Creo que el Lieverd en Scheveningen no estará mal, ¿Qué te parece, una lubina a la plancha con salsa de pesto y verduras orientales?

—Me parecerá una excelente idea, a pesar de que preferiría, de “contorni” como dicen nuestros colegas italianos, en lugar de las verduras orientales, unas habitas fritas con brotes de ajetes. Sobre todo, si es con cargo a tu tarjeta, me parecerá no ya excelente, sino una magnífica idea.

—¡Con el vino a tu cargo Paco!, la inspección fiscal, por separado nos aceptará una factura a cada uno, pero todo en una única no creo sea posible, esto es Europol y no la Cajabank, esa de tu país donde reinan las tarjetas black. ¿Estás de acuerdo?

—Sííí   y estamos perdiendo un tiempo precioso. ¡En marcha!

El coqueto restaurante Lieverd, nos prestó la calidez que no habíamos sentido en el despacho del director adjunto. Su inmaculado mobiliario blanco colaboraba a dar luz al típico día gris de las tierras neerlandesas. Durante toda la comida, que como había previsto Maurits, fueron dos espectaculares lubinas del tamaño de raquetas de pádel, habíamos hecho el firme propósito de no hablar de trabajo dedicándonos a comer y olvidarnos de la reunión matinal. A ello ayudó en gran manera un Riesling del Rhin, excesivamente afrutado para mi gusto, pero que se bebe con mucha facilidad y desmesura, lo que suele dar cierta sobrecarga mental. Fue Maurits quien primero rompió el acuerdo.

—¿No crees que nos hemos pasado bastante con el director adjunto esta mañana? Todavía estoy viendo cómo ha abierto los ojos al leer el correo. Y es que intentar apoyar toda la investigación en un correo donde solo se puede leer “Comeremos en el Jersey, la cuenta corre de tu parte” me continúa pareciendo excesivo.

—Pues no es tan descabellado, entiendo que tú nunca lo hubieses presentado, pero ha pasado una semana y yo he querido leer entre líneas, que hay alguien que está planeando una evasión de dinero y que el paraíso fiscal elegido es la isla de Jersey.

—Pues por la retirada del despacho, que más bien ha parecido una huida no parece la mejor de las lecturas del correo. Desde luego Paco, debiste meterte a guionista de cine. Has urdido toda una trama, basada en un solo nombre: Jersey. Tienes razón, es cierto que es un paraíso fiscal, pero también es un estado de los Estados Unidos, un rio en Inglaterra y mil cosas más.

—Los dos tenemos razón, pero he comprobado llamando a D’Anuncio que, en Milán, donde se recibió el correo, no existe ningún restaurante llamado Jersey y no me negarás que, en la misma ciudad, existen más de cien organizaciones y empresas pantalla, dedicadas a evadir y blanquear dinero.

—¡Que imaginación, por Dios! Pero bien pensado, si no tenemos otra ascua nos tendremos que quemar con esta. ¿Qué sugieres?

—Si te parece, te quedas tu siguiendo con los “tecs” todas las entradas y salidas de este correo, durante el periodo de tiempo que creas oportuno. Yo por mi parte, me dedicaré con los de la policía de fronteras italiana que son los que se ocupan de las evasiones de dinero. Buscaré si alrededor de esa fecha se detecta algún movimiento sospechoso en dirección a alguno de los bancos en la isla de Jersey.

—O sea que te vas y yo en dos días me enfrento a Prince y le doy…eso que dices algunas veces.

—Si, muy bien vas aprendiendo Maurits. Una larga cambiada.

—Eso, una larga de esas…. Muy bonito ¿Sabes que me juego el puesto?

—Calla hombre, no nos jugamos nada ni tu ni yo. Si esto de Europol no lo quiere nadie, los jóvenes están por hacer carrera en las policías nacionales. Además, le dices que he tenido que regresar con urgencia por un soplo que me han pasado de Marruecos, para una acción sobre tráfico de hachís.

—Y si se entera que no existe la tal acción. —No te preocupes, en el estrecho todos los días hay alguna movida. Colará, seguro que colará.

—¡Mentiroso klootzak[3]!… ¿Por cierto, quién de los dos dijo qué no hablaríamos de trabajo? …ja,ja,ja

—¿Qué me has llamado?… me ha sonado a “cornudo” o a algo parecido.

—Ja,ja,ja…no hay forma de que mejores tu holandés, pero vas interpretándolo. Maurits, continuaba riéndose de mí, cuando abandonamos el Lieverd, subiendo a su coche para regresar a La Haya.

[1] Europol Computer System

[2] ¡Estamos jodidos!

[3] ¡Mentiroso cabrón!

Próximo martes, capítulo 6: En San Petersburgo por asuntos de Fiodor Fedorof

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Ver capítulos 1, 2, 3, y 4

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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