Légamo

FOTOGRAFÍA FRANCISCO ÁLVAREZFOTOGRAFÍA FRANCISCO ÁLVAREZ

…hueles a nube, a algodón de azúcar, a caramelo de flan. A qué coño salió mal. A qué mierda el orgullo que me impidió ir tras de ti cuando me dijiste que querías más

13.05.21

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

Hace tiempo, quizá demasiado, que no te pienso como debo. Llámame egoísta, pero hacerlo con cierta distancia me da alguna posibilidad de seguir vivo cuando se acabe el metraje de mi vida contigo en una moviola. Porque no todo lo que es leña arde, hay piedras obstinadas que guardan calor por si algún día las llamas dejan de quemar. Y sin previo aviso, quizá por sorpresa, donde ya no queda más que légamo y carbonilla, la pira vuelve a prender. Queroseno natural, impulso descontrolado que hace de los te echo de menos lava incandescente que arrasa con todo allá por donde va. Decidida, sin prisa, pero implacable, tu ausencia se vuelve genocidio cuando no estás. Y hace tanto que no estás, Anita, que ese hueco ya forma parte de mi altar de pequeños y grandes desastres. Ese hueco, inconmensurable y oscuro como un túnel de madrugada, soledad y desasosiego. No tengo ni idea de si volver a ti y tu recuerdo es tendencia suicida, viaje sin retorno, lo único que sé es que cuando tu nombre se escapa entre mis labios, me doy por jodido. Tocado y hundido. Deslicen sus dados, caballeros: póker de ases, juega y gana…

– Llegar tarde es de guapas… – Me dices, mientras me das un abrazo fugaz en la puerta de mi casa.

– De muy guapas… – Miro el reloj. No llegas tarde: es que llegas a otra hora. Tú eres así.

– Yo y eso tan mío de pensar que llego en diez minutos a todas partes, ya sabes… – Haces la señal de la victoria con los dedos mientras te ríes. Por el pasillo te vas quitando los zapatos y el abrigo – ¿Qué cosa rica me vas a dar de cenar?

– Podemos pedir un chino o sushi, ¿qué me dices…?

Voy recogiendo tus cosas por el pasillo, a modo coche escoba. No soy tu madre, no soy tu hermano, no soy tu novio. Soy lo que me dejas, y eso reduce mi cargo a ‘tu amigo’. Valiente mierda de suerte la mía, coño. Cuando llego al salón, estás acurrucada bajo la manta en mi lado del sofá. Sabes que es m-i l-a-d-o. Lo sabes, sin embargo, lo invades. Incursión vikinga en toda regla, sin pedir permiso, sin mueca de lo siento, sin disculpa, no me di cuenta. Nada. Tan cómoda intramuros está la princesa, que no se le pasa por la cabeza pensar que mora en almena ajena. Me río, con la mano apoyada en el quicio de la puerta.

– Ahí estaba sentado yo… – Arguyo, a modo de pataleta infantil.

– ¡Claro…! – Levantas la manta, convidándome a tomar posiciones a tu lado – Jack, hay sitio en la tabla…

Te ríes a carcajadas. Eres mala. Pero mala de la que hacen sufrir sin querer, de puro bonita y payasa. Me dejo caer a tu lado, sabiendo que el Titanic no acaba bien, que se empotra bien empotrado contra un iceberg grande como el Monte Pindo. Que se empotra porque no lo ve. Y mira que era para verlo, pero no lo ve. Se da con él de bruces, piña a puerta gayola. No soy yo muy de analogías ni predicciones de horóscopo, pero vamos, que sea lo que sea que digan hoy los astros para Leo, ascendente en Tauro, para hostia titánica la mía, que no me va a quedar ni un diente en el sitio. Encías vistas, el corazón hecho mierda y comiendo puré de calabacín, así me veo purgando desamor y penas los próximos seis meses. Pero es que esta manta, esta tabla, el lado favorito de mi sofá y tú, sois demasiadas tentaciones a combatir, témpano colosal en medio del océano, sirena en la noche estrellada. Mirarte como lo hago, espero me disculpes: te estoy tomando las medidas para este trajecito de deseo…

– ¿Qué cenamos…? – Me miras, divertida, mientras buscas algo que ver en Netflix.

– A ti… – Me tiras un cojín, pero lo esquivo. Arqueo las cejas y me río. De puritito nervio, pero me río.

– ¿Sushi o chino, idiota…? – Arrugas la nariz, en un intento de poner cara fea, pero ni así. Eres de belleza poliédrica, cero lados malos. Dios de mi vida, Anita, tengo miedo de echar a arder.

– Elige tú, ya que yo no tengo derecho a voto…

Me incorporo para coger el móvil, pero me tiras del pantalón, y acabo sentado otra vez a tu lado. Me miras a los ojos, sin decir nada. No sé mucho de leer de la mente y, ni aun sabiendo, sé si sería capaz de interpretar lo que me quieres decir, sin que el mensaje estuviese mediatizado por las ganas que te tengo. Sin embargo, tus ojos en mí me provocan ganas, muchas ganas. Venga, César, no tienes 15 años, sabes que así solo se mira cuando se ‘quiere mirar’. Pero es que contigo, Anita, sí tengo 15 años. Y los tengo para todo. Para miedos, para dudas, para yo ya más no puedo, se ruega no dar cacahuetes a los monos, gracias.

Desconcertado, me dejo caer de nuevo a tu lado. No quiero interpretar ni leer entre líneas melodías que no suenan, palabras que no encajan, sueños que no conducen a nada, pero son tantas las veces que he recreado este momento, este revuelo de mariposas y luciérnagas dando luz a lo escondido, que no sé si es, o quiero ver.

Y quiero ver.

Ya lo creo que quiero ver.

Y besar.

Sobre todo, besar.

Besarte solo a ti.

– Siempre haces lo mismo, César – Te tapas la cara con la manta. Hacer ojitos, definición gráfica.

– ¿El qué…? – Me meso el pelo, tengo el corazón marcándose un tangazo. Tus ojos de mora, tu boca de guinda, que cantaba Gardel.

– Eso de sí es no me desconcierta, ¿sabes…? – No te veo el gesto agazapada bajo la manta, pero sé que sonríes: tu mirada me dice cosas.

– ¿Que sí es no, Anita…? Yo contigo soy siempre sí. Me sale sin querer…

Y entonces lo ves venir. El iceberg con su hostia y la soledad gélida de los náufragos en medio del océano lejano. Sabes, porque los sabes y no puedes hacer nada para contenerlo, que de un remolino en medio de la corriente, no te salva ni el Sursum Corda. Braceas, gritas pidiendo auxilio, clamas por un Dios magnánimo, que se te lleve de un cojón de vez pero que no te quite la miel de los labios. Te miro, Anita, y me pregunto qué será de mí mañana, quizá dentro de dos horas, cuando el influjo de esta magia se haya ido al carajo y yo vuelva a ser César, el que recompone los trozos de Anita cuando algún cabrón con suerte le rompe el corazón por enésima vez. Vaya por delante que ser tu amigo, ese amigo que siempre está, es un cargo del que no pienso pedir relevo, pero ser por una vez el que te coma la boca y te recorra el cuerpo, me hace volar por los aires.

– ¿Sabes que yo no soy de las que se lían una noche y no dan problemas, verdad…? Yo soy de las que se te pegan… – Te ríes, con los ojos brillantes y ansiosos.

– Lo sé, y no espero menos: quiero un Anita con todo, un TI con su pulserita y su barra libre de postres…

Aquello de come y calla, me cierras la boca con la tuya. No sé si soy corpóreo, gas noble o metal. Todo gira alrededor, y en el centro tú. Tú, joder, tú. Por fin, tú. Tus labios me saben a primeras veces, a ola rompiendo en la orilla, a piñata venciendo a sus cintas. Me sabes a sorpresa y tempestad, a miedo y a fin de dibujos animados, no se vayan todavía, aun hay más. Quiero abrir los ojos para cerciorarme que Lady Cara Bonita sigue ahí, que esto no es una más de mis fantasías contigo para ir tirando. Pero los besos que son de verdad, te cierran los párpados como el telón de la ópera de París, sabiendo que la función está a punto de comenzar. Ovación, toses, últimos ruidos de butacas que se ocupan, silencio sepulcral. Segundos previos al golpe de música, de luz y talento. Segundos de silencio que preceden a la musa y razón de ser. Podría decirte que te quiero sin condición ad aeternum. Podría meterte dentro de mí de un solo abrazo, en un golpe de efecto de deseo máximo, magia de la buena. Podría tantas cosas, Anita, pero temo tocar tus alas de mariposa y que el vuelo llegue a su fin. Eres de las que se pega, de las que se cuelga, de las que se enamora, pero siempre de otro. Nunca de mí. Podría decirte que te quiero ad aeternum, ya te digo, pero tengo miedo a que tengas miedo, y mi roll de amigo ‘pega trocitos’ vuelva estar con el cartel de libre encendido. Taxi, siga a ese taxi…

– ¿Sushi o chino…? – Te digo sobre tus labios, sujetándote la carita con las manos.

– Un Yoko Ono & Lennon: bed, peace and love… – Respiras entrecortado y te ríes, sin dejar de morderme los labios.

– Cama y amor, dalo por hecho – Te pongo a horcajadas sobre mí, quitándote la sudadera – Ahora, paz…

Fascinante capacidad la de la mente que cuando algo se te queda marcado a sangre y fuego, no hay estímulo que se quede atrás. Aquéllos que digan que los buenos momentos no huelen, es que no te han tenido desnuda a un palmo del cielo. En mi cabeza hueles a nube, a algodón de azúcar, a caramelo de flan. A qué coño salió mal. A qué mierda el orgullo que me impidió ir tras de ti cuando me dijiste que querías más. Compromiso, que ya no llegaba el sofá con mantita. Rose no dejó subir a Jack a la tabla, porque sabía que lo suyo era imposible. Bella y bestia. El mayordomo y la señorita. El coñazo y la alegría. Aquella vez que me abriste la manta del sofá, invitándome a ocupar un sitio en la tabla, no reparé en que para no ahogarse, es necesario nadar, nadar y nadar, hasta que te tiemblen las rodillas. En el amor, ciencia poco exacta y nada empírica, tiene factor de riesgo, y ese riego jamás es cero. No sé si es tarde, quizá ya no tenga lugar lo que te digo, Anita, pero no correr tras de ti, chica de las que se pegan y complican: ¿qué tipo de jodida tara es esa? Tu ausencia será mi BSO hasta que vuelvas.

Porque vas a volver, ¿verdad…? ¿Verdad…?

noemimartinez.es

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