Carta abierta a España

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Antonio Gil-Terrón Puchades

13.05.21

Hace ya bastantes años conocí a un joven príncipe que por su mirada limpia y modo de estrechar la mano, me transmitió una chispa de esperanza hacia el futuro que a las puertas esperaba.

Y mi sexto sentido no me engañó. Años más tarde, concretamente el 3 de octubre de 2017 a las nueve de la noche, aquel joven príncipe, convertido ya en el rey Felipe VI, ante el peligro que desde Cataluña amenazaba la unidad de España y los españoles, se dirigió a toda la nación con un discurso que terminaba con las siguientes palabras: «Mi entrega al entendimiento y la concordia entre españoles, y mi compromiso como Rey con la unidad y la permanencia de España». Unas palabras y un discurso que la antiespaña y sus socios no le han perdonado.

Nunca me he considerado monárquico; tal vez republicano…, claro, sí viviese en EEUU, pero no republicano en España, en donde impera ese republicanismo matón y patibulario que hoy en día sus defensores escupen con rabia, a todo aquel que no comparta su rancia ideología totalitaria, la frase: “arderéis como en el 36”.

No debería ser yo quien rompiese una lanza por la monarquía, pero ante la incultura imperante, no está de menos que de un ligero repaso a lo que ha significado la monarquía en la Historia de España, donde sus luces, sus sombras apagan:

El filósofo francés Voltaire nunca fue persona dada a la lisonja ni a la adulación pelotera, con lo que sus palabras sobre los españoles cobran un valor muy especial: “Los españoles tuvieron una clara superioridad sobre los demás pueblos: su lengua se hablaba en París, en Viena, en Milán, en Turín; sus modas, sus formas de pensar y de escribir subyugaron a las inteligencias italianas y desde Carlos V hasta el comienzo de del reinado de Felipe III España tuvo una consideración de la que carecían los demás pueblos.”

El secreto estuvo en el anonadamiento que sufre el poder feudal en España a partir de los Reyes Católicos. Se habla de unidad y ésta se impone por encima de las tradicionales satrapías y caciquismos locales que hasta ese momento habían mangoneado los bolsillos de un pueblo dividido y enfrentado. Será ésta unidad de los pueblos de España la que acabará por convertir a nuestra nación en la primera potencia del orbe, y ahí está la Historia, nuestra Historia, para recordárnoslo.

Esta unidad nos convirtió en jugadores de ventaja frente a una Europa en donde los caciquismos locales campaban a sus anchas y sus soberanos tenían que doblegar la cerviz ante la descarada altanería de una nobleza feudal que, enrocada en castillos y señoríos, exprimían al sufrido pueblo con impuestos y pernadas varias. Así lo reconocería años después el insigne filósofo español, Ortega y Gasset:

“Tuvo España el honor de ser la primera nacionalidad que logra ser una, que concentra en el puño de un rey todas sus energías y capacidades. Esto basta para hacer comprensible su inmediato engrandecimiento. La unidad es un aparato formidable por sí mismo, y aun siendo muy débil quien lo maneja, hace posible las grandes empresas. Mientras el pluralismo feudal mantenía desparramado el poder de Francia, de Inglaterra, de Alemania, y un atomismo municipal disociaba a Italia, España se convierte en un cuerpo compacto y elástico.”

La actual división e insolidaridad de los pueblos de España, promovida por los nuevos señores feudales que, embozados en su capas autonómicas, se dedican a subvencionar con nuestros impuestos todo aquello que desdibuje y destruya nuestras señas de identidad como pueblo y como raza, con la anuencia tibia y blanda de un poder central, hipotecado por el pasteleo y el marraneo político de barones y señorías, golfos y buscavidas.

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