Vesania

Vesania, Noe Martínez. Fotografía Francisco Álvarez.Vesania, Noe Martínez. Fotografía Francisco Álvarez.

Lástima que tú aun no te hayas dado cuenta de que estar contigo, nena, es mi estado civil favorito

16.04.21

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

De aquellas tardes compartidas y juegos a cuatro manos, me quedo con la primera, quizá porque el sabor a ahora o nunca, mezcla de vesania y detonación, es de los que se te queda entre pecho, hiel y espalda. Hierro candente, óxido de columpio a merced de la lluvia y el tiempo, relámpago fugaz que te cruje las entrañas, siempre expectante, siempre temeroso de que al final del camino, cuando la vida te pida escoger un sendero, te adentres en el abúlico, en el que las ramas no se te enganchan en el vestido, dejándote en bragas, que no en ropa interior. Yo, la otra vereda, tan pródiga en emociones, esas aristas obstinadas y decididas, que se te enredan en los pies, llevándome contigo a donde quiera que vayas. Da igual lo mucho que me empeñe en saberte lejos de mí: una vez que tu nombre llena mi boca, el sabor a ti es ya cervecita en una terraza de verano. Paladeo y me relamo, que la espuma en los labios es santo y seña de haber bebido con sed y ganas…

– ¡Darío…! – Te levantas y te echas a mi cuello como un mono a su rama – ¡Qué alegría! Pensé que al final no vendrías…

– ¡Cómo iba a faltar a tu cumple, tonta…! – Río y te abrazo muchísimo. Hoy es tu día, tengo coartada para mis afectos desmedidos – ¿Llego tarde…?

– Un poco, pero aun hay tarta…

Me coges de la mano, abriéndonos paso entre tus invitados. Algunos son amigos comunes, a otros no los he visto en mi vida, sin embargo, saben mi nombre y me saludan. Me siento raro en un entorno común a medias, porque verte como parte de un cuento en el que no salgo yo como main character, me pellizca la envidia como nunca antes. Eres un ser social, una guapa con don de gentes, esa que donde llega, hay corrillo. Yo, la cara b de tu LP. No soy un ñu, pero a tu lado, necesito subtítulos e intérprete. Me gusta la gente. Me gusta el bullicio. Me gusta todo, pero me doy cuenta de que solo estoy a gusto cuanto estamos tú y yo. Chispum. Que no necesito más ni rodearme de más atrezzo que tu conversación, el olor a colonia fresca de tu cuello, un roce de tus manos fortuito y una risa compartida por cualquier cosa que lejos de este microcosmos llamado tú y yo no tiene ni gracia ni recorrido. Lástima que tú aun no te hayas dado cuenta de que estar contigo, nena, es mi estado civil favorito.

– Solo queda un trozo. Hasta la tarta sabía que vendrías… – Sonríes mientras me la ofreces.

– ¿Tú no quieres…? – Cojo la cuchara y me sirvo una porción, sin dejar de mirarte.

– Yo ya comí… – Bajas la mirada, coqueta, mientras te mesas el pelo. Vuelves a mirarme y yo me muero. No hagas eso, anda, que yo le busco intención a todo y después nada de nada…

– ¿Tanto como para no compartir un trozo de tarta de chocolate…? – Me río – ¡Venga ya…!

Con la misma, giro la tarta y escojo para ti el trozo que lleva más cobertura, ese que con solo mirarlo dice cómeme: ese trozo eres tú. Te lo ofrezco. Te ríes. Hago ademán de comérmelo yo, pero tú me lo impides, cogiendo mi mano y dirigiendo la cuchara a tu boca. Y entonces se produce la tormenta perfecta, tsunami que me envuelve en un remolino que no me suelta. Cierras los ojos y paladeas con dedicación la cuchara y su contenido. No quiero mirarte, pero dejar de hacerlo ya me dirás cómo. Corriente alterna AC/DC, tengo miedo de que me toques y darte un calambrazo, soy un pastor eléctrico. Cualquiera diría que es la primera vez que ves a una sirena haciéndote cucamonas con su boca bonita, Darío, me digo. Y me digo, pero sé que efectivamente, tú no eres una sirena cualquiera: eres mi sirena.

– ¿Qué miras, idiota…? – Te ríes, nerviosa, mientras te pasas la mano por los labios.

– No miro nada… – Por decir algo en mi defensa y no parecer un cartelón inerte de esos que anuncian Compro Oro.

– Sí que miras… – Te giras saludando con la mano a alguien y me digo, salvado por la campana, pero… – ¿Por qué me miras así, Darío…?

– ¿Así cómo…? – Alguien te empuja sin querer y acabas sobre mí. Bendita sea la providencia de los borrachos de tus amigos, que no saben si van o vienen, pero su torpeza juega a mi favor. Me miras, ruborizada – Que así cómo, pregunto…

– Daríoooo… – Ya, ya sé, somos amigos. Pero somos amigos porque tú quieres. Yo hace tiempo que te saboreo de otra manera, no sé si me explico.

– ¿Qué pasa si te miro y te miro así…?

Arrugo la nariz, cara fea en toda regla, mientras apoyo mi frente en la tuya. Puedo oír tu corazón, quizá es el mío en un all together, delirante melodía. Podrías desembarazarte de mí, ya nadie te empuja, hay sitio suficiente para recobrar tu espacio vital, propio e intransferible. Pero no lo haces, sigues en mi regazo, como si estar en mis brazos fuese tu zona de confort.

Puedo notar el calor de tu piel al contacto con la mía. El verano es pródigo en sensaciones y la ropa facilita que lo que está de ser, sea. La tela de tu vestido es como un velo de Sherezade, fino y vaporoso. Se enreda en mí como tu pelo, dejando a mi imaginación tu cuerpo desnudo sobre el mío, dibujando constelaciones con los lunares de tu espalda. Estamos rodeados de gente, tú eres la anfitriona y la homenajeada. Ser el centro de atención se te da, pero hoy más y con derecho. Sin embargo, siento que estamos solos. Tú, yo y tu vestido. Tu cuerpo es el relleno de la berlina de azúcar glas, el chicle del chupachup de cereza, la sorpresa del huevo de chocolate. No es de buena educación comer con los dedos y relamerse si queda una miguita, pero ganas me dan de llevarme a la boca la mano después de tocarte. Dudo que, desnuda y sobre mí, pudieses parecerme más bonita, más para mí, más toda tú en mí. Febrícula de la que no cede al paracetamol de 1 gramo.

– Te voy a besar en 3, 2, 1, creo que deberías saberlo… – Te digo, cogiéndote la cara con las manos.

– ¿Quién le ha dicho que necesito temporizador para la gula, caballero…?

Y, entonces, sucede. Todo empieza girar y girar y girar. Te oigo respirar antes de dejar que mis labios prueban el sabor de los tuyos. Besas suave, despacio y con ganas, como cuando sabes que el helado está punto de llegar al palo. Me dejo ir, quiero jugar contigo, pero con tus hábitos, descifrar en cada roce las ganas que me tienes y que sientas las que yo te tengo a ti. He recreado este beso mil veces, quizá mil una, pero cómo iba a saber yo que tus labios sabían a rabito de nube, a estrella de mar. No besas, Julia, cincelas y en esa labor de lutier, me dejo ir, atrapando cada sensación, cada calambre que me perimetra de pies a cabeza, cada respiración entrecortada, garante de que esto está pasando. No es un beso, no, que de esos tengo hasta edición coleccionista. Es tu beso en mi beso. Y eso lo cambia todo. Te rodeo la cintura, asegurándome de que no hay siquiera aire entre tú y yo, intimidad en medio de todos, mágico escenario de deseo y leyenda.

– Oye, que no te he dado mi regalo… Te susurro al oído, sin dejar de besarte, mientras me llevo la mano al bolsillo.

– ¿Otro…? – Te ríes, buscando mis labios con los tuyos.

– Otro… – Arguyo.

Te alcanzo un pequeño sobre con un lazo. Al abrirlo, tu cara es luz, es risa, es complicidad y alegría. Te echas a mi cuello, como cuando llegué a tu fiesta, pero esta vez, aterrizando en mi boca, soy un tío con suerte, coño. Agitas tu regalo con la mano, sin dejar de reír…

– ‘Si me pierdo, devolver a papito…’ – Lees el texto de tu Tatoo temporal, mi regalo. En ese momento, yo me remango… –

Papito… – Lees el texto del Tatoo ya en mi piel.

– ¿Sabes eso de tirarse a la piscina sin mirar si hay agua…? – Te digo, jadeante sobre tu boca.

– A veces, sobra con escuchar el rumor de la corriente…

Aquella primera noche juntos, aquel verano de estrellas, emociones y ganas fue el inicio de algo tan único como efímero, parangón de lo que quiero y necesito volver a sentir en la vida. Puede que precisamente esa caducidad estival nos hiciese vivir todo como si el mundo fuese a estallar por los aires. Puede. Pero puede también que haya besos que te pongan el marcador a cero, con los pies en la línea de salida y reseteo hasta quedar en modo fábrica. Porque hay historias que se van pero se te quedan, hay adioses que no entienden de despedidas. Tú serás ya para siempre mi Tatoo de los que no se van, mi pendiente pirata, disculpe, ¿voy bien para el cabo de Hornos…?

noemimartinez.es

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