Anatomía del alma

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Antonio Gil-Terrón Puchades

08.04.21

Había un cirujano tan malo, tan malo, que se hizo forense para evitar que sus pacientes lo siguiesen demandando en el juzgado.

Pues bien, este carnicero poco aventajado, afirmaba sarcásticamente que tras haber efectuado más de tres mil autopsias en su oficio, nunca había encontrado el alma humana… luego el alma no existía. Según él, claro.

A lo mejor este destripa muertos pensaba que le iban a dar el Nobel de Medicina, por tamaña boutade.
Buscar el alma en un cadáver, es tan estúpido como buscar el fuego entre las cenizas de una hoguera apagada. Es algo tan irracional como el destrozar a martillazos un piano para ver dónde se esconden las melodías; o desmontar un radio transistor para buscar la canción de los Beatles que acababa de sonar.

Quien sí recibió el Premio Nobel de Medicina fue el doctor Santiago Ramón y Cajal, por sus estudios sobre la demostración de la teoría neuronal.

A Ramón y Cajal no le pudieron ningunear la merecida fama que como científico le otorgó el Nobel, pero sí que ocultaron su profunda fe católica, ya que el hecho de que un afamado científico sea creyente, es algo que siempre ha resultado incómodo a todos aquellos friki-ateos que sin ser científicos ni por asomo, pretenden escudarse en la ciencia a la hora de negar la existencia de Dios, como si por ello fuesen a obtener graciosamente, lo que la Naturaleza y Salamanca siempre les negó: Inteligencia y Cultura.

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