Echenique y el confeti del cura

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Antonio Gil-Terrón Puchades

27.03.23

Posiblemente la difamación sea el arma más letal a la hora de perjudicar a la persona objeto de la ira o envidia de los maledicentes; la más letal, y también la más repugnante y cobarde, amén de que la reparación del daño producido, por parte del difamador, es imposible.

Contaba a sus alumnos, el director espiritual de un seminario católico, que en cierta ocasión fue un hombre al confesionario, buscando la absolución. Su pecado consistía en haber vertido, en el bar de su pueblo, comentarios maledicentes sobre la honestidad de una mujer casada.

El confesor, tras escuchar atentamente al aparentemente contrito pecador, le dio una bolsa con confeti, añadiendo que debía de subir a lo más alto del campanario y lanzar su contenido al vacío, advirtiéndole que tuviese cuidado ya que el viento soplaba muy fuerte ese día.

Al terminar su “penitencia”, el difamador bajó a la nave principal de la iglesia para que el párroco le diera la absolución, pero cuál fue su sorpresa cuando el clérigo le dijo que antes de darle la absolución debía devolverle la bolsa, más todo el confeti que le había entregado.

El sujeto, contrariado, señaló que lo que le pedía era imposible, ya que el viento había desperdigado los minúsculos y livianos papeles, en mil direcciones. El sacerdote, mirándole a los ojos, le hablo de esta manera:

– “Más fácil es que hagas lo que te he mandado, que puedas reparar el daño que tan frívolamente has hecho a esa buena familia. Ve y averigua hasta dónde el boca a boca ha llevado tu perversa murmuración y desmiente tus palabras. Pero que sepas que – aun así y todo – habrá quien no quiera creerte y esa mujer permanecerá marcada de por vida por el estigma de la ignominia. Posiblemente, a estas alturas, el rumor ya habrá llegado hasta el colegio en donde estudian los hijos de esa mujer, y tan solo es cuestión de tiempo que sus compañeros de clase comiencen a señalarlos con el dedo”.

[El artículo 1459 del Catecismo de la Iglesia Católica indica que para obtener la absolución el pecador debe antes reparar el daño causado].

Devolver lo robado es relativamente fácil; compensar a la víctima por las heridas infringidas, es posible; pero limpiar el buen nombre del difamado y dejarlo sin la mínima sombra de sospecha, es imposible, mas lo que es imposible para el hombre, no lo es para Dios. La verdad florecerá restituyendo el honor del abatido que no pierda la fe, aquí o en el Más Allá, como en el caso de la condena a Echenique.

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