Borneo

Fotografía, Francisco Álvarez.Fotografía, Francisco Álvarez.

Estoy loco por ti, Laura. Pero loco hasta la demencia senil, que me vas a gustar mientras viva y quizá también cuando haya muerto, que hay amores que se llevan en la piel por muy largo que sea el viaje

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

Marzo 2021

Hay canciones que deberían pedir permiso para invadir miedos inabarcables como desvanes. Hay canciones, que más que melodía, te tienden un cabo suicida por el que tirar y tirar, hasta que se te salen por la boca las dudas y las entrañas, la pena y los qué mierda haber dejado volar lo nuestro. Hay canciones, que más que letra y música, son dardos envenenados que no entienden de coraza ni sálvese quien pueda. Y es en esas canciones, Laura, en las que cuando me toca cantar, siempre me arranco por tu nombre. De madrugada y en pleno quiero dormir y no puedo, lleno aforo con un repertorio interminable y agónico, en el que cuando acabo de romperme del todo, siempre hay algún remordimiento que me pide bis. Extraño fenómeno la noche que todo lo vuelve estela de ti y de tu ya nunca más. Y es justamente entonces, cuando las sábanas se me antojan alfombras voladoras, que comienzo a echarte de menos como en un estribillo. Nunca más. Nunca más. Nunca más…

Porque lo que pasó, pasó. Pero antes del desastre, de la zona cero, hubo una vez en la que tú y yo fuimos unos amigos imperfectos, porque los amigos no se desean así…

– ¡Venga, Laura, te toca…! – Alguien te acucia para que hagas girar la botella. Sobre la toalla en la arena, no gira todo lo bien que debiera, pero…

– En serio, ¿no estamos muy mayores para esta mierda…? – Te ríes mientras accionas tan primitiva ruleta.

– Eeeeeeeeeeeeeh, no valeeeeeeeeeeee… – Protesto de mentirijillas – ¡Joder, la paró Raúl a propósito…!

– Dame las gracias, Pablete, porque si no te ayudo yo… – Raúl me conoce como si me pariera, que diría mi madre. Aun así, sus ‘ayudas’ a veces son muy a bocajarro, un zas en todo el hocico…

– A veeeeeeeeeeeer, ¿a quién preguntas…?

Qué más da a quien pregunte si yo solo quiero preguntarte a ti y preguntarte lo único. Tenemos edad suficiente para decirnos cualquier cosa, sin embargo, cuando esa cosa implica desnudar el alma sabiendo que probablemente te coja el frío, es difícil vencer ese borneo sinuoso que es el miedo al fracaso, a la zozobra del ya, a mí también me gustas, y me gustas un montón, pero tengo novio, ya lo sabes. Sí, ya sé que mejor esa excusa que el diabólico me gustas como amigo, que si puedo elegir, prefiero un tiro en la nuca, ya ves, pero ello no exime que tú me gustas mucho pero tengo novio suene ‘a su tabaco, gracias’. Estoy loco por ti, Laura. Pero loco hasta la demencia senil, que me vas a gustar mientras viva y quizá también cuando haya muerto, que hay amores que se llevan en la piel por muy largo que sea el viaje.

– ¿Sabes cuántas veces he soñado con comerte la boca…? – Digo, mesándome el pelo, sin dejar de reír.

Risas y jaleo. Jaleo y risas.

Pero no te miro.

No miro a nadie.

A nadie.

Pero tú…

– Desde cuándo y hasta cuándo. Hay que delimitar espacio y tiempo… – Te ríes, coqueta, pasándote la mano por el cuello.

– ¿Quién se da por aludida…? – Alguien pregunta, en medio de todos.

– Quiero ser yo… – Levantas la mano, divertida. Creo que mi atrevimiento no te ha pillado por sorpresa…

Te levantas de la toalla y te pones frente a mí con tu sudadera enorme de mangas gigantes; claramente no de tu talla, no de tu género, no de tu propiedad. Esa sudadera pone en evidencia que compartes armario, risas, juegos de manos y besos con un tío que no soy yo. Un tío con suerte. Un tío con suerte de cojones, porque una niña como tú, con esa luz y esa alegría, es un seguro de vida que sueño yo para mí. Pero te miro y se me paran los pulsos, que cantaba la copla, ya ves. Contigo, miro los toros desde la barrera, sabiendo que en cualquier momento lo mismo me tiro al ruedo. A merced del morlaco, del revolcón en la arena, del sabor inconfundible del albero en mis venas. Pero tengo tanto miedo a que marques distancias, que ya, ni me arrimo. Soy un mozo de espadas que sueña con ser torero, no sé si me explico.

– ¿Soy yo…? – Inquieres, mirándome a los ojos, con las manos agazapadas en el bolsillo central de la sudadera.

– ¿Y si lo fueses…? – Se me sale el corazón del pecho. Yo no sé si eso puede pasar o pasó con anterioridad alguna vez en el mundo, pero yo, exploto en corazones, cual piñata de cumpleaños.

– Dímelo tú…

Te dejas caer sobre mí. Siento tus piernas desnudas sobre las mías, oda a tu minishort, viva el verano y la madre que me parió. Muero, ¿ya os lo dije? Los infartos juveniles molan muchísimo. 9 de cada 10 funerarias los recomiendas como oportunidad de negocio.

– No puedo. No me llega la sangre al cerebro…

Risas y algarabía. Todos festejan mi tartamudeo y mi nerviosismo infantil con un ‘que se besen, que se besen, que se beseeeeeeeeeeeeeeeen´. Nos reímos los dos. Tú de mí, claramente, y no puedo reprochártelo: metro ochenta y cinco de man rendido a tu gracia. A ver, Pablito, no te hagas el gilipollas, que esto se te da, me digo, en una especie de movida coach. ¡Claro que se me da! A mí en la vida se me da todo menos tú. Porque estoy a tu lado y mi estómago se perimetra con pastor eléctrico, descargas de corriente alterna que me sirven de lobotomía: eso no se mira, eso no se toca, eso no se besa…

– Cierra los ojos, idiota… – Me dices.

– Si me juras que no desaparecerás cuando los abra… – Te digo.

Y como cuando el tiovivo empieza a girar fluido, con las sillas encadenadas desafiando al mundo y a su condición de inanimadas, sentir tus labios sobre los míos me precipita al vacío. Una suerte de astronauta sin traje ni mandangas, a su bola, espacio adelante, buscando una gasolinera en la que comprar chicles, una cocacolita y una máquina de parar el tiempo. Siento que tus labios y los míos hablan el mismo idioma. Uno empieza y el otro le sigue, es un beso a dos cuerpos, a dos ganas, esas que nos tenemos y con las que jugamos sin decirnos nada. Alguien me dijo alguna vez que los besos son como un baile lento, que sabes si te van a pisar o vas a volar. Yo vuelo, Laura. Yo vuelo, Laura. ¿Quieres volar conmigo…?

– ¡Eeeeeeeeeeeh, no vale besar así, que hay juventud presenteeeeeeee…!

Beber delante del que tiene sed, y no es para menos. Porque visto desde fuera y sentido desde dentro, este beso es fuego fatuo, lava del Vesubio que todo lo arrasa y lo convierte en posteridad. Esos besos que cuando estás, estás. Y no hay nada más, porque de haberlo, se disipa, se desdobla en un plano irreal en el que no hay más que dos actores principales dejándose llevar por una melodía. Como en la escena de la ladera de la montaña de Lalaland, mis labios y los tuyos no se piden permiso, no se excusan por haber venido. Enredados, se entienden y se desean con la magia de saber que el tiempo es tan relativo que lo que merece eternidades, lo mismo se esfuma al abrir los ojos. Podría quedarme así, pegado a tu boca, hasta que el mundo hiciese pum. Y aun así, saldría despedido por los aires, amarrado a ti como la arena de la playa, siempre pertinaz y enamoradiza. Como decía Cortázar en Rayuela, espero cualquier cosa de esta noche, hay como una atmósfera del fin del mundo…

– ¿Y qué si no te suelto hasta el amanecer…? – Te pregunto, sobre tus labios. Hablar en dos cuerpos es una facultad ignota en mí, pero deliciosa. Ambrosía y calor, entrante y postre.

– ¿Quién te pide que lo hagas…?

El tiempo, caprichoso y resiliente, hace con las cosas bonitas un altar, ara de ofrendas a lo vivido, a lo que quizá jamás vuelva a suceder pero que no encuentra paz en el olvido. Esos lugares mullidos en los que mecerme cuando fuera hace frío, mucho frío, tanto que arroparse en ti es mi único alivio. Porque hay historias y óperas primas, conviene tener los ojos bien abiertos y el corazón recién pintado, no vaya a ser que suerte te roce, querido amigo, como a mí me rozó una vez, santo y seña ya para siempre en tu ombligo.
No sé qué ha sido de ti. No sé qué ha sido de mí. No sé qué coño pensábamos aquella noche para no hacerla tan inabarcable como única. Te extraño, Laurita. Extraño la legión de dudas, de miedos y de inseguridades que causabas en mí. Nunca más pude sentirme así, quizá porque jamás volvimos a vernos. Quédate a dormir una noche más, solo una, aunque sea solo un sueño. Tan roto por dentro, que cantaba Mclan…

noemimartinez.es

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