Santos, mártires y profetas, en un mundo de ángeles caídos

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Antonio Gil-Terrón Puchades

24.02.21

Hay quien opina que no todos recogemos lo que sembramos y que hay gente mala que vive de maravilla, mientras que hay gente buena que sufre injustamente. Es un error. De la ley de la siembra y la cosecha nadie escapa. No juzguemos por las apariencias, porque las apariencias engañan.

En esta vida he conocido a bastantes ludópatas y en todos he detectado que cojeaban del mismo pie; tan solo contaban lo que habían ganado en los juegos de azar, pero jamás mencionaban lo que habían perdido.

Vivimos en un mundo de apariencias en el que muchos aparentan una felicidad que no tienen, tan solo para fastidiar al vecino. Y es que hay gente tan miserable que no cuenta sus auténticos dramas, para que la gente no disfrute con su desgracia. Y digo miserables, porque aquellos que piensan así son precisamente los que no tienen el mínimo rubor, a la hora de gozarse con el dolor de su prójimo.

Cada persona es mundo del que, al igual que en los icebergs, tan solo vislumbramos una décima parte de su realidad.

Solo trasciende al exterior lo bonito, lo amable; aquello susceptible de provocar la envidia de los minusválidos morales. Porque la ropa sucia se lava en casa, y las lágrimas… las lágrimas se enjugan en el silencio; en la hueca soledad de las cavernas del alma.

Al final, todo farsa y apariencia en esta selva llena de ángeles caídos, zancadilleándose los unos a los otros, e intentando hundir al honesto que destaca; al que prospera espiritual y materialmente a base de esfuerzo y sacrificio…

Santos, mártires y profetas, en un mundo de ángeles caídos

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