Miserable, frágil y desnudo

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Antonio Gil-Terrón Puchades

09.02.21

Si las cosas van bien, conforme avanzamos por la vida nos vamos cargando con el peso de bienes materiales, hipotecas personales y materiales, y más sueños banales de los que podremos pagar.

Y todo ello pesa, más aún cuando todavía no has llegado a la cumbre y tu camino se ha ido convirtiendo en una inmisericorde cuesta arriba, hasta que llega un buen día, en el meridiano de la vida, en el que por fin llegas a la cumbre e ingenuamente piensas que es hora de descansar.

Así, cuando cumplí los cincuenta años, estando en la cúspide de mi carrera personal y profesional, me giré hacia atrás y quedé satisfecho con lo realizado. Todo estaba bien y mi pesada mochila iba cargada hasta los topes. Pero cuando me volví a dar la vuelta y vi la empinada rampa de descenso que el futuro me deparaba, porque todo lo que sube baja, sentí una desagradable inquietud al contemplar el final.

Sentí un empujón, y el tiempo de repente, ya de bajada, comenzó a acelerar.

Fue ese el momento cuando con la ayuda de Dios (yo no estaba muy por la labor) empecé a despojarme de todas las cargas y banalidades que me lastraban e indefectiblemente por el sobrepeso, iban a acelerar mi bajada, más caída que descenso, hacia aquel impío y ávido polvo que, abajo mirándome desde el abismo, con mis huesos se iba a saciar.

Fue en ese momento cuando elevando los ojos al Cielo supe que mi espíritu seguiría el camino cuando el cuerpo ya no pudiese más. Un camino más allá de donde la vista humana jamás pudo alcanzar. Un camino que pasaba por nuevas cumbres que escalar…, por nuevos cuerpos que habitar; y así, sin parar, hasta llegar a los confines del Universo y más allá.

Y me dije: qué importa que el tiempo corra, se pare, o haga marcha atrás, si allí donde voy no existe el Tiempo, tan solo el momento que me hará volar de vuelta hasta el principio de todas las cosas; allí donde todo comenzó y algún día tengo que regresar.

El lugar donde perdí mis alas de ángel, y como hombre, miserable, frágil y desnudo, desterrado comencé por primera vez a caminar.

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