Aljófar

fRANCISCO áLVAREZFotografía: FRANCISCO ÁLVAREZ

Esas letras malditas, pura pupa y enredo, porque, aunque me esconda entre las rimas y los estribillos, ahí estamos tú y yo en cada verso

 

05.02.21

Noe Martínez /PALABRAS OLVIDADAS

ALJÓFAR

No soy muy dado a hacer balance, pero a veces es imposible no pisar el freno y pensar. Pensar como plan de subsistencia, tan en defensa propia, que poner la tirita antes de la herida es ya mi única forma de salir vivo de ti. Dicen que no hay buena canción si no te da una hostia en el estómago: ha derribado el patito, caballero, puede escoger premio en la tómbola. Desde que tu lado vacío de la cama es mi esquinita de pensar, escribo letras de las que hacen surcos en el alma. Esas letras malditas, pura pupa y enredo, porque, aunque me esconda entre las rimas y los estribillos, ahí estamos tú y yo en cada verso. Desgarrados, unidos por un final inexorable que nos duele a corazón partío, que cantaba el otro. Quererte así, con la certeza de que no hay segundas partes cuando ya no queda nada que intentar, me da carta blanca para evocarte en cada nota, en cada renglón desgajado y roto, tan huérfano de ti y de tus besos, que cierro los ojos y pienso que, allá donde quiera que mi melodía llegue, tú siempre sabrás que mi dolor habla de ti.

– ¡Qué suerte que hayas venido…! – Te doy un beso. Un beso de amigos, no me digas que la vida no puede ser jodidamente maravillosa pero hiriente a la vez.

– ¡Cómo no iba a venir, bobo…!

Me abrazas. Me sorprendo al darme cuenta de que los abrazos no tienen dosificador. Uno no medio abraza: uno abraza y ya. A mí no me sale abrazarte como un amigo, porque mi cuerpo en contacto con el tuyo, es puro campo magnético, positivo quiere negativo. Positivo quiere mucho negativo, pero negativo recela de que positivo le vuelva a dar un calambrazo. Como cuando estás cambiando un portalámparas y sabes que no debes poner en contacto los dos cables, pero la casualidad y el infortunio te llevan al Big Bang: ese cosquilleo vivífico es el desamor. De nada.

– Pensé en llamarte mil veces, Anita, pero no tuve cojones… – No aparto los ojos de ti, aun en mis brazos, pero no como parte de un plan flirteo. Te miro porque no puedo dejar de hacerlo.

– Bastaba con haberle echado ganas…

Te desembarazas de mí y tomas asiento junto a tus amigas en la mesa que está frente al escenario. En cualquier otra circunstancia, yo ya estaría sobre la tarima, afinando la guitarra, rasgando acordes que recuerdan melodías, que el público no tarda en reconocer y yo en tararear. Ese juego cómplice y único se vuelve necesidad cuando al cantar te desnudas tanto como yo lo hago. Pero precisamente hoy, mi desnudez ejerce frente a la zarza que se me ha llevado la ropa. Tenerte delante, sabiendo que estás en cada canción, hace de mí 1.87 cm de miedo y vulnerabilidad, no sé si me explico. Sincericidio de libreta, bolígrafo y madrugada, tan tú en mí todo el tiempo. Todo el tiempo. Todo el jodido tiempo…

Veo cómo hablas con tus amigas, ajena a que yo tiemblo como la hojarasca al viento. Darío, joder, que no es el primer concierto, me digo, mientras apuro una copa, quizá buscando en el hielo el valor que me falta. Te oigo reír. Quiero girarme, pero no me giro, porque como la movida aquella de la estatua de sal, temo que, al verte, tan luminosa y perfecta, se me caiga la vida a jirones, retazos de ‘Anita, por favor, devuélveme lo nuestro’. Déjame enmendar lo roto, déjame repararlo, algún pegamento habrá que nos ayude a hacerlo. Fallarte como te fallé tiene difícil perdón, eso también lo sé. Será por eso que te escribo canciones, que no requieren feed back ni follón. Te hablo a pecho descubierto, como un gladiador en el Coliseo, sabiendo que no hay nota que se torne silencio. Te canto porque no puedo morderte los labios, será por eso. Será.

– ¡Buenas noches a todos…! – Me acerco al micro, tomando asiento frente a las luces, que impactan sobre mí como asteroides

– Gracias por venir. Dudo que lo sepáis, pero hoy para mí es una noche muy especial…

Te miro fugazmente, no quiero tener un ataque de pánico. El contacto visual es frenético, una décima de segundo que se me hace bolita y aljófar. Por un momento, creo verte volar hacia mí, besarme la frente mientras me acurruco en tu ombligo, acariciándome la nuca mientras me dices al oído que todo está bien. Que todo irá bien. Todo irá bien, porque ya estoy aquí contigo. Pero, de repente, abro los ojos y sigues en la mesa, frente a mí. Dejo que la música haga su trabajo, porque a mí ya no me queda mucho por lo que sufrir. La luz comienza a ser cada vez más tenue, oigo carraspeos, botellas de cerveza que se abren, sillas que toman posición, puertas que se abren y se cierran, grifos que bautizan bayetas, copas que se estrellas contra una barra después de mojar bocas sedientas. Y en medio de ese maremagno de confusión y realidad, te oigo respirar. A ti. Solo a ti. Tantas veces te he tenido encima, inspirando y exhalando a velocidades alternas, que podría distinguir tu corazón agitado donde quiera que vaya. Creo que tengo que decir algo, hacer algo, aunque sea cantar…

– Veréis, hoy no va a ser una noche fácil para mí por muchas razones, pero, sobre todo, porque, aunque me veáis aquí subido, tan seguro de mí y de mi música, nunca antes me había sentido tan frágil. No sé si os sabéis esta canción, pero si es así, no me dejéis solo: hoy os necesito…

Empiezo a rasgar la guitarra con mis latidos a modo de diapasón. La sala está abarrotada, no por mí, que no soy tan soberbio como para no saber que soy puro atrezzo, un atractivo más en medio de muchos en el mundo de la noche. A veces, saborear las hieles de no ser el centro del universo, te pone en tu sitio. Pena que la vida no me hubiese dado una buena patada en los huevos antes de liarme con otra, faltando a lo nuestro. Una buena patada en el bazo, de esas que te dejan sin oxígeno, seguro de que el recuerdo de ese dolor, umbral de la muerte segura, me recordaría que hay cosas que, por mucho que se puedan hacer, conviene alejarse de ellas. La grandeza está en controlar el impulso, reeducar el instinto, no en ponerse el galón en la pechera. Alguien me dijo alguna vez que las cosas importantes de la vida las aprendes cuando el hierro te marca la piel. Ahí voy, como res brava, grabado a sangre y fuego: soy lo que queda después de ti.

<< Nadie te dice cómo es que pasa, pero pasa.
Pasa que sin ella no puedes, eso pasa
Pasa de la tormenta a la nada,
De una risa en el sofá al silencio de su almohada.
Dame un segundo, uno aunque solo uno sea
Para darte esa parte de ti que aun me queda >>

Dejo acordes limpios, guitarra acústica que arranca aplauso y algún espontáneo que rellena los huecos. Cuando el público canta a destiempo, es que tiene hambre de sentir. Me río y señalo en la dirección de la que me llega el verso. Te miro, de vuelta a mi guitarra. Estás preciosa, Anita, Dios mío, no me hagas esto. Sigo, qué otra cosa puedo hacer ya.

<< No sé cómo contarte lo raro que es esto sin ti,
Recuérdame cómo era todo cuando estabas aquí
Porque tengo miedo a olvidar lo que un día viví,
Mándame un beso, una carita feliz
Mándame lo que sea, incluso a la mierda, claro que sí
Pero dime que aun piensas en mí >>

Cierro los ojos. Esta canción es tan yo, tan tú, tan nosotros en plena tempestad, que me pregunto si tú también sientes los coletazos de la deriva. Olas decididas y puñeteras que te llevan a su merced, ¿que no, Anita? Siento no haberte pedido permiso para depurar infiernos en cuerdas y trastes. Siento no haberte dicho que eres musa y martillo pilón, dolor y gloria. Aquí hemos venido a jugar, les dijo la serpiente en el Paraíso. Desterrado y con la rama de vid tapando los cojones, me pregunto si el pecado ha merecido la pena si tú te quedas dentro, y yo ya estoy fuera. Vuelvo a oír al mismo desnortado adelantándose a la siguiente estrofa. Le agradezco fidelidad y ganas con la mano, me río y te vuelvo a mirar. No debí hacerlo. Lloras cataratas. Lloras nubes de tormenta. Lloras vidas rotas en dos hemisferios: norte, tú; sur, yo. Quiero levantarme y abrazarte, pero la canción, es que la canción no ha terminado…

<< No sé si te lo dije, amor, pero no quiero vivir sin ti.
Dame un segundo, aunque solo uno sea,
Para darte esa parte de mí que aun me queda…
Dame un segundo, aunque solo uno sea…>>

Oigo tu respiración agitada otra vez. La distingo, porque es mía, coño. Mía. Esa forma de entender el miedo y las ganas, me pertenece. Pero siempre he sido igual de básico con los instintos como cobarde con los te quieros. Ser el capullo de lo nuestro es un roll en el que ya me asoman los pies por debajo de la manta. Pero medio del cosmos, siempre hay un cometa con estela y su estelita. Rutilante y dorada, polvo de estrellas le dicen y aciertan. Cierro los ojos, porque llorar en público queda raro si tienes 45 años y peinas canas en la barba. ¿Sabrás perdonarme, amor, no haber respetado lo nuestro…?

<para comerte los labios despacito y lento,
déjame besarte hasta que muera… >>

Dejo caer mi frente sobre el micro. Oigo aplausos, petición de bis, al que va a su bola, repetir un estribillo que no llega. No sé me puedo mover, quizá porque los nudistas no deben pasarse en cueros por lugares públicos. En carne viva, ya no hay más que decir, Anita. Siento no haberte avisado de que hoy, ibas a ser protagonista. Siento haberte mal amado, mal querido. Siento haberte lastimado, nena. Lo siento, tanto. Puta vida…

– Te odio. Te odio con todo mi ser, ¿me oyes…? – Levanto la vista y ahí estás. Con el pelo sobre la cara y la expresión de haber llegado de viaje. Un mal viaje…

– Te oigo… – Te abrazas a mí, dejando que mi frente descanse en tu ombligo, en modo déjà vu.

– Te odio con todo mi ser, pero te quiero conmigo. Te quiero conmigo…

Y, de repente, los miedos se quedan mudos, y el dolor tiene remedio. Tienes magia, sana, sana, culito de rana. Noto tus manos en mi nuca, yendo y viniendo, mientras el público de la sala corea la improvisada escena de Swallow, ha nacido una estrella. Me miras, sin dejar de llorar. Te atraigo hacia mí y te siento en mi regazo. Quiero besarte. Necesito besarte para seguir viviendo; sin presiones, vamos, pero convendría que lo supieras…

– Te he echado de menos a galaxias llenas… – Te digo sobre tu boca.

– Nunca tanto como yo, idiota…

Hay besos que saben a hogar y a incendio, a explosión termonuclear. Esos besos que sabes que son el ajústense el cinturón, estamos a punto de despegar. Besos locos, disparatados, inciertos y vulnerables, esos besos que te recuerdan que vivir es mucho más que darse por vencido. Porque no hay victoria sin argumento, a veces el corazón sabe de ganas a fuego lento. Joder, Anita, cuánto te quiero.

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FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez www.facebook.com/FranciscoJAD

 

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