Álabe

Fotografía: Francisco ÁlvarezFotografía: Francisco Álvarez

Era imposible que un cometa rutilante, con polvo de estrellas por colita, no tuviese a un tonto mirando por el telescopio

15.01.21

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

 

Con los años, la melancolía no es una emoción, sino un cuarto de estar, ese lugar maldito al que vuelves sin querer, sabiendo que salir es siempre cuestión de brazada, arritmia y una copa con mucho hielo, icebergs escarpados de escarcha y pena. Esa sensación terraplanista de saber que hay viajes de los que nunca sales indemne, pulsar el botón de Rewind es siempre un billete de ida sin vuelta, única parada en ti. Como un agujero del espacio, como un bollito de pan caliente, como una chocolatina con dos onzas, cuando mi cabeza se obstina en beberte, te bebo entera. De memoria, habilidad maldita la mía que aprendió a saborearte en holograma. Ya no tengo que cerrar los ojos para traerte a mí de nuevo. El lago helado que dejas en mí tras de ti, es un páramo gélido en el que ya no anida nada que no sean las ansias de volver a verte. Lástima que para que las ganas bailen, necesiten siempre a la posibilidad que las lleve. Déjame que te diga, Laura, que volver a ti en este invierno atípico y febril, sea mi forma de avivar el deshielo. Cuando se te queda pequeño decir que fuiste mi suerte, da comienzo la leyenda…

¿Sabes esos días en los que no ibas a salir pero sales y entonces la lías? Pues tú empezaste así, como un sinquerer, una de esas cosas inesperadas que te pillan sin coraza, sin argumento ni estrategia. Pero la casualidad no existe salvo cuando las cosas son tan delirantemente buenas, que es necesidad ponerle magia al estaba de ser. ¡Claro que estaba de ser! Que tú y yo nos encontrásemos aquel día fue cualquier cosa menos albur. Algo debían de saber las musas de lo nuestro, cuando nos tocó la parte fácil que era hacerlo posible.

Recuerdo que estaba en la barra del bar, pidiendo algo impronunciable dadas las horas, cuando apareciste a mi lado. De la nada volviéndolo todo, luminosa y risueña, te subiste a un taburete para pedir una copa. Ni me miraste, no te culpo. Pero yo a ti sí. Quiero decir, que no dejé de mirarte. Era imposible que un cometa rutilante, con polvo de estrellas por colita, no tuviese a un tonto mirando por el telescopio. Miré a tu alrededor, buscando a un tipo con suerte. Me dije, este haz de luz no puede ser para mí…

– ¡Qué bonita eres…! – Te digo, casi sin saber cómo. ¿En serio…? ¿Qué bonita eres…? No me jodas, Pablo, ¿quién eres ahora, Bécquer…?

– ¿Perdona…? – Te giras hacia mí, riéndote, sorprendida.

– Que digo que me llamo Pablo… – Hago mohín de pagar tu copa al camarero, en aras de empezar de nuevo sin parecer gilipollas.

– No, no has dicho eso… – Sigues riéndote, sin dejar de mirarme.

– ¿Cómo…? Claro que he dicho eso. He dicho ‘Hola, me llamo Pablo’.

Me río contigo, qué otra cosa puedo hacer ya. Dios de mi vida, tienes una sonrisa que es como la luz al final del túnel: tratar de no caminar hacia ella, ya tú me dirás cómo…

– Has dicho qué bonita eres… – Levantas tu copa, quizá agradeciéndome la invitación. Quizá agradeciéndome la apreciación.

– Vale. Lo he dicho, pero no me lo tomes en cuenta: no suelo ser tan cursi… – Yo también levanto la copa, pero lo mío es solo puro nervio.

– Pues es una pena, porque a mí los cursis me ponen un montón…

Y te miro, esperando el momento en el que te rías hasta caerte del taburete. Pero ese momento no llega, así que me digo que, a veces, ser un funambulista sin red, tiene su momento de gloria. No soy de decir verdades que me dejen con las ingles al descubierto, pero se ve que tu rutilante atractivo, inusual en un tugurio como éste, hizo las veces de corcho en la botella de cava: por mucho que sujetes con firmeza, si tiene que salir volando contra la lámpara, quién puede poner satélites en su camino. Y como cuando tienes hambre y en la tele todo son anuncios de cosas suculentas, no puedo dejar de pensar que esa boca es mía. Como te lo cuento. Mía. No me digas cómo puede ser esta certeza tarada, pero así es. Así la vida me enseñase la hoja roja como en el libro de Delibes, en tu boca ya muero yo…

– Tengo una moneda… – Señalo la Jukebox que está en la entrada del garito – Te dejo elegir.

– ¿Y si no te gusta y gastamos tu última moneda…? – Te bajas de la banqueta de un salto. Eres pequeñita y ágil como un gato de angora: toda tú pompa y boato. Te como aquí mismo si te descuidas un rato…

– Eso es un riesgo que tendremos que correr…

Te cojo de la mano y enfilo hacia la rocola. Hay mucha gente en el local para ser un día de semana. Muchas almas sin dueño se afanan en charlar por encima de la música y el ruido. Con todas y con esas, yo solo oigo mi corazón a todo full, preguntándome en qué momento el destino te tenía reservada para mí. No sé ni cómo te llamas, pero sé que eres de consumo próximo, deseo perecedero, que si no afianzo los pasos y apuro la jugada, lo mismo te disipas como arena entre los dedos, como Cenicienta y su toque de queda, como la última cucharada de un coulant, suculento y delicioso. Llegamos a la máquina, meto la moneda y me giro hacia ti…

– Todo tuyo… – Señalo el display de canciones. Hay decenas, alguna habrá que te guste.

– Laura… – Te recoges el pelo en un improvisado moño y te abalanza sobre el cristal – Me llamo Laura, ¿y tú?

– Yo me llamo…

– Pablo, lo sé… – Pones una cara fea y me guiñas un ojo – Cuando fingías no haberme llamado bonita, me dijiste tu nombre.

– ¿No me digas…? Provocas en mí lagunas mentales… – Te toco la nariz con un dedo y señalo el listado de canciones – Alguna habrá que te guste.

– Te propongo un juego: una vez empiece a sonar, los dos tenemos que contarnos lo primero que se nos venga a la mente. ¿Te hace? – Estás entusiasmada, lo que redunda más aun en tu aurea vivaz y divertida.

– Me hace… – Festejo a carcajadas tu plan – ¿Y si lo que se me viene a la cabeza no es apto para una primera cita…?

– Esto a-u-n no es una cita, querido Pablo…

Me clavas esos ojos de purpurina hasta que me anidan en el hipotálamo. Me estremezco sin saber muy bien por qué. O sí. Porque no puede ser una cita lo que empieza sin más. Pero puede acabar siendo una cita lo que empieza con ganas demás. Veo te inclinas sobre la máquina de música, cómo lees con atención las letras a tamaño pulga, algunas ya abandonadas a su suerte y el desuso. Hay títulos clásicos, otros no tanto y alguno que ni conozco. Pero da igual, porque a mí lo único que me importa es parar el tiempo y ver qué sale de todo esto. De ti. De mí. De esta a-u-n no cita. De lo que sea, pero contigo. El alcohol no es bueno nunca, hacedme caso, pero cuando se trata de echarle arrestos, hace las veces de mejor amigo aun más borracho que tú, siempre susurrándote al oído ‘hazlo, cojones, hazlo, ella bien vale un ridículo de los grandes…’

– Te advierto que la discografía de Alejandro Sanz no tiene misterios para mí: tengo tres hermanas mayores…

Te digo mientras te meto dentro de mis brazos, improvisando una jaulita con tu espalda y mi pecho. No te toco, pero puedo notarte si cierro los ojos. No giras la cabeza, sigues mirando la pantalla, como si vivir dentro de mis brazos fuese tu estado natural. Te hablo al oído. Apoyo mi frente en ti. Por un momento, tengo la sensación de que somos inspiración y expiración en natación sincronizada, pura atracción en stand by. Los primeros acordes de ‘Corazón partío’ suenan decididos y nos encajan como una segunda piel. No soy de bailar, que mi cadera parece estar encofrada, pero involuntariamente, sigo tu tímido vaivén sobre mí. Aun de espaldas, te dejas caer sobre mi pecho, apoyando la cabeza en mi hombro. Cierras los ojos y sonríes. No sé si lo tuyo es táctica, magia o maestría, pero en este momento, el mundo se llama tú. Nada existe salvo esa cara bonita desafiando al universo y la cordura. Pongo mis manos sobre tu cintura, seguro ya de que este momento es ya efeméride de vida, esa sensación única que me perseguirá mientras viva, buscando, quizá volver a sentirme así una vez más en la vida. Laura, Laura, Laurita ¿dónde has estado metida…?

– Esta canción sabe a concierto, a una relación que no acaba de empezar pero que ya nadie la paraba… – Te susurro al oído.

– Esta canción sabe a beso… – Me cortas, girándote hacia mí, encaramada a mi cuello.

– ¿A un beso cualquiera…? – Hablar sobre tus labios es el nuevo esperanto, el braille de los que arden en ganas de morderlos a cualquier precio y sin descanso.

– Eso depende de ti…

Y de repente, la noria empieza girar. Las jaulitas suben, suben, suben, viendo en el cielo última parada, se ruega no deambular por el andén. Vértigo, calor, sudor y ganas en acampada libre, cuerpo a través. Como esos días en los que no vas a salir y la lías, a veces un beso se convierte en tu parnaso, morada de lo excelso, de lo delicado y delicioso, esa guarida secreta con santo y seña a la que acudirás una y otra vez sin querer, buscando el beso aquel. Tus labios y los míos, Laura, islas volcánicas en plena formación, álabe y acantilado en que me cuesta no quedarme colgado. Haces ademán de separarte. Te cojo la cara con las manos, queriendo detener el tiempo, que impío, pone al deseo cota de malla.

– Vámonos de aquí… – Tiras de mí hacia la puerta.

– Está amaneciendo y la playa no está lejos…

Oímos que nos llaman, quizá advirtiéndonos que las historias de vampiros que se aman nunca funcionan, que al salir el sol, el embrujo se convierte en magia negra. Sorteamos calles, semáforos que nos sirven de parada de avituallamiento, beso por toda bebida isotónica, abrazos que perfilan desnudos con ropa y ganas, muchas ganas. Y risas. Muchas risas. Conexión impropia en dos seres que se acaban de dar de bruces, labio con labio, piel con piel. Te miro y pienso que debes ser una jerigonza del destino, una de esas pruebas de habilidad emocional que la vida te pone delante, una improvisada lámina del test de Rorschach: qué ve usted aquí, idiota del culo…

– Laura, quiero volver a verte… – Te digo, aun respirando a duras penas sobre tu pecho. Amarte ha sido entrega, placer y delito: te llevas mi corazón sin permiso.

– Y yo, pero estoy de paso…

Estoy de paso.

Estoy de paso.

Estoy de paso.

De aquello hace ya cuatro años y aquí me tienes, poniendo tu película en moviola, sentándome en primera fila para que ningún come-palomitas me fastidie el final feliz que nos faltó. No debí rendirme tan fácil. No debí dar por bueno un designio que me rompería el mundo dos hemistiquios: antes de ti, después de ti. Porque hay historias que han nacido para ser el referente de lo que quieres volver a sentir, mantener vivos tus labios sobre los míos, es un ejercicio de fondo en el que mi mente se entrena sin querer. Como canta un genio, a los lugares que has sido feliz, no deberías jamás de volver. Sabina tendría que haberte conocido, Laura: sus versos serían muy otros. Volver al lugar en el que un día me enamoré de ti es ya mi enésima forma de echarte de menos.

Estoy de paso, claro, yo también estoy de paso. Qué remedio…

 

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