Los 10 vinos de 2020

He seleccionado estos vinos en base a la emoción que he sentido con ellos, con ese único criterio

Valencia, martes 05-01-21

Javier Caravaca.-  Siempre me han gustado las listas y las clasificaciones, las puntuaciones y esas estadísticas tan inútiles como divertidas, eso de devanarse las meninges pensando en qué director de cine de los 70 te gusta más, cuáles son tus tres filósofos griegos preferidos o las cinco mejores obras de teatro del siglo XVI. Es estimulante reflexionar en por qué te gusta una más que otras, por qué la prefieres, y hacer tu ranking. A nadie le importa, a ti tampoco, porque eres capaz de cambiar de idea con la nueva estación, o según te haya sentado la comida. Pero da igual, es emocionante pasar el rato justificando tu elección y viendo el resultado en una lista. No lo había hecho nunca con los vinos, hay tantos y tan diferentes que se me antoja imposible establecer ningún criterio general. Sin embargo, me ha parecido interesante seleccionar los diez que más me han emocionado en 2020, lo cual ya es un criterio. No pretendo que sean los mejores, ni son vinos que hayan visto la luz en ese año. Pero me ha gustado echar la vista atrás y seleccionar diez, de todos los probados, sin ninguna pretensión, solo por amor. Aquí van desordenados, con una pequeña reflexión para hacerme entender. Espero que te sirva de diversión y para descubrir grandes vinos en el futuro.

El primero que me vino a la mente fue el Tondonia Gran Reserva Tinto de 1981. Lo probé hace más de diez años, y tuve la suerte de recuperarlo en una cata con Marijose, donde nos ilustró con saberes del buen hacer tradicional como pocas personas pueden hacer mejor que ella. Nunca había estado en una cata donde el enólogo enseñe sus secretos con tanta naturalidad, con esa sencillez que caracteriza a los más grandes. No creo que me equivoque cuando pienso que estos vinos son los más longevos del mundo, de entre los tintos tranquilos, lo cual no es solo un síntoma de calidad, sino que también los convierte en únicos, porque no es fácil encontrar un vino de cincuenta o setenta años que te mire a la cara y se ría de ti. Este tiene solo cuarenta, y parece un chaval. Los reservas de 2007, blanco y tinto, también podrían estar en esta lista, sin duda, pero sirva con uno de la misma bodega para lo que aquí pretendo. No voy a intentar describir el vino, está muy por encima de mis capacidades.

Cuando Antonio Barbadillo entró en mi casa con el zurrón cargado de sus tesoros me sentí afortunado. Pude probar al sol, arropado por sus sabios consejos, todos los vinos generosos que selecciona. Su trabajo es excepcional y genuino, una de esas tareas que solamente se pueden hacer en Jerez: elegir botas antiguas y hacer sacas en su momento adecuado, como un alquimista, y aportarle valor en el mercado, para regocijo de los amantes del vino jerezano. Cualquiera de sus vinos es un privilegio tomarlo, pero su Palo Cortado es sin duda el más emocionante. Se trata de una saca única de 2017 de Sanlúcar, de una bota que ya no existe ni se podrá repetir jamás. Es palo cortado porque lo dice él, y a mí me basta. Nadie puede rebatirlo ni confirmarlo, salvo su olfato. Más de setenta años de crianza estática lo contemplan, agárrate. No miento si digo que es uno de los mejores vinos que he probado en mi vida, sino el mejor. No me puse a llorar porque estaba Antonio delante y no le tengo tanta confianza, aún. Sin duda es el mejor jerez que ha convivido con mis entrañas. Me quedé todas las botellas que llevaba encima.

Todos los vinos de Dani Landi son excepcionales. No los bebo más a menudo por cuestiones financieras. Conseguirlos es ya complicado, pocas botellas, costosas, venta en avanzada… Pero tener la paciencia de dejarlos madurar unos años para tomarlos en plenitud es lo más difícil. Porque luego, si has superado la prueba hercúlea de no abrirlo antes, es difícil encontrar un momento lo suficientemente importante como para descorchar el tesoro. Sin embargo, me topé el segundo de mayo con un nuevo libro de cuentos terminado, después de darle al botón rojo de “enviar a la editorial.” Es una sensación extraña la que se siente, como de un vacío enorme que queda en el pecho y no sabes con qué llenarlo, como si se hubieran acabado todos los quehaceres ya no tuvieras nada más en qué afanarte. Tiene algo de trágico, lo confieso. Contrasta con la emoción sublime de tenerlo casi terminado, la mejor parte. Probé a llenar el vacío con El Reventón 2014 del Valle del Tiétar, que tenía cumplida sentencia en mi bodega. No sé cuánto le puso el vino y cuánto puse yo de mi parte, pero ya es inolvidable.

Aitor Trabado dice que Kabaj es el mejor elaborador de vinos del mundo. Se esconde en Dobrovo, Eslovenia, detrás de una lengua eslava ingobernable para los epígonos de Virgilio. Tuve la suerte de probar con él su Chardonnay de 2007, en segunda tentativa, que tenía guardado para sorprender a alguien. Pude dar cumplimiento a su deseo de medirnos las fuerzas sobre el billar, abrigados con la estufa y los saxos de Webster y Coltrane, sin dejar de cerrar los ojos cada vez que me acercaba la copa a la cara. No solo descubrí un gran vino y una bodega magnífica, sino también otra forma de entender la elaboración de blancos tranquilos, con larga maceración de pieles, pero sin maltratar el líquido con aromas irrespetuosos, colores disonantes y amarguras desamables. He probado muchos orange wines, pero no fue hasta ese momento cuando entendí lo que significa. Era muy maduro, pero estaba imponente, desafiando el paso del tiempo con un vigor indescriptible. Daría la vida por probar el mismo vino dentro de cien años.

Habida cuenta de mi amor por los insectos y la taxonomía, una etiqueta así, que enmarca una sencilla libélula azul, con el título calopteryx splendens, abría de par en par las puertas del entusiasmo. Era todo enigmático y misterioso, los nombres entre corchetes, puntos suspensivos previos a palabras impronunciables y desconocidas, como si encriptasen un mensaje solo descifrable para los iniciados. Lo único que entendía era la uva sauvignon blanc. Creía yo, ingenuamente, que los mejores sauvignon blanc estaban en Sancerre, en Poully-Fumé o en Marlborough. No soy un experto en ellos, pero había probado cosas inolvidables de esas regiones. Pero me faltaba por descubrir la versión de Andreas Tscheppe, austriaco de Estiria. No deja de ser curioso que el weingut está situado en Glanz, muy cerca de Eslovenia. Lo destaco porque parece que brota el vino en aquella zona como el petróleo en Texas, y yo sin saberlo. Era de la cosecha de 2017, con una larga crianza en barricas usadas y grandes, envuelto en todo el trabajo cuidadoso de los cánones biodinámicos. El resultado me pareció asombroso, un vino que distinguiría entre mil al primer soplo. Quien lo probó lo sabe.

Planetes de Nin 2015 era uno de esos vinos que se me habían quedado olvidados por si acaso en alguna ocasión hacía falta descorcharlo y no tenía nada mejor a mano. Lo había probado dos o tres años atrás y me pareció un gran vino, lo suficiente como para reservar una botella, perdida en un cajón, fuera del alcance de las manos largas. Que madure, que a las garnachas del Priorat les viene bien la guarda para desarrollar la musculatura y templar los bríos, pensé. La Família Nin-Ortiz viene haciendo bien su trabajo artesanal y cuidadoso desde hace más de diez años, y Ester le pone una ternura exquisita a todo lo que hace. Curiosamente, doma el ímpetu de la garnacha de Porrera en ánforas, no en barricas, sin miedo ni vergüenza. Hay que tener los arrestos como los del caballo de Espartero para llevarle la contraria al prestigio de toda la región, y una confianza plena en el talento de lo que estás haciendo. Lo abrí un día sin darme cuenta, encantado de redescubrirlo, con la única esperanza de un placer tranquilo. Estuve probando el vino unos minutos en silencio, no podía hablar, estaba muy sorprendido con su evolución. Al final solo pude decir: “ojalá algún día pueda yo hacer un vino como este.”

Bajo esa tímida apariencia y un título poco llamativo se expresa el Pedralonga Barrica 2006. La familia Alfonso cultiva uvas albariño en el Val do Umia, y algunas las cría en barricas de Alier de grano fino como si nada. De esa humildad nace este vino de escasa producción, que descubrí en un viaje a La Coruña en el que me puse malísimo. Pero no lo recuerdo por eso, sino por el descubrimiento de este vino en un restaurante. Era una añada joven, pero me enamoró. Busqué en internet lo que había y compré lo poco que encontré, ocho botellas. Afortunadamente eran de una cosecha ya vieja, de 2006. Desde entonces descorcho una botella o dos todos los años, y el pasado no fue una excepción. Sigue siendo, en vinos blancos, de lo mejor que ha pasado por mis labios. Es un vino perfecto para mi gusto personal. Tanto es así que no he querido deshacer la magia que lo envuelve en mi memoria probando nuevas añadas mientras me quede algo en la bodega. Pero ya solo queda una botella, creo que es el momento de avanzar.

Este Château d’Arche 1999 es una rareza que cayó en mis manos por la gracia de la diosa Fortuna. Caminaba por Andorra una tarde en la que los confinamientos víricos habían cerrado bares y restaurantes y no había nada que hacer, salvo malgastar el dinero en compras o pasar frío en un banco de la calle. Incluso fumar estaba mal visto. Pero hacía sol, y había una tienda maravillosa de vinos que ya la quisiera yo para mí. The Cellar Door, se llama, inolvidable título para un amante de Poe como yo. Ya venía hechizado cuando entré, pero quedé abrumado cuando empecé a descubrir vinos asombrosos por todas partes. Elegí este Sauternes viejo que no iba a poder encontrar en otro sitio. Solamente la bodega tiene todavía alguna botella. La Fortuna nos había dado una habitación con balcón bien soleado, y la amabilidad de los hosteleros dos copas, un sacacorchos y una cubitera para disfrutarlo a pierna suelta. Una manta de coníferas cubría las montañas del fondo del cuadro mientras los destellos dorados del vino rielaban en la copa. Acabamos con la botella a medianoche, sin prisa. Al día siguiente volví a la tienda a llevarme todas las que tenían.

El Vell Coster del 2008 huele a héroe. Tiene una madurez plena, carnosa, de esas que te abrazan y te protegen, te aíslan del ruido y los peligros de la vida y te reconfortan en paz. He abierto varias botellas este año, de tanto que me gusta. Es un Priorat de una parcela del mismo nombre, un vino de terruño, de uva cariñena, que expresa a la perfección lo que allí nace. Sin alardes, se descubre poderoso en su clasicismo. No tiene ningún secreto, ninguna sorpresa en especial, solamente una calidad sublime sobre un trabajo tradicional. Cuando lo probé la primera vez me di cuenta de que había estado gastando centenares de euros en vinos más conocidos y más caros del Priorat que no estaban a su altura. A Aquiles me recuerda cuando lo tengo en la mano. Una emoción me invade cuando voy a descorcharlo. Y cuando me acerco la copa… se me vuela siempre una sonrisa. Miro a quien tengo al lado, y encuentro la misma expresión todas las veces: se le arruga el ceño, se le entornan los ojos, aprieta los labios y se le escapa un uf.

Tras esa imagen enigmática se halla un oloroso de ochenta años de solera media, de la jerezana bodega de Fernández-Gao. No lo busquéis en ningún sitio, no se comercializa, porque de tan viejo ha concentrado su rabia en 26º de alcohol y nuestra absurda y anacrónica normativa no permite embotellarlo como vino. Una lección y dos guantazos se merecen los responsables, que lo cortés no ha de ensombrecer la valentía para decirles lo que se han ganado por idiotas. Soy incapaz de describir el vino, no he probado nada igual, semejante punzada de sal y de intensos recuerdos de todas clases aturden al más pintado. Es un vino de esos de agarrarse a la mesa, quitarse los zapatos y contener la respiración. Me subieron los rojos a la cara, según cuentan, y los ojos me brillaban fogosos de emoción. Hostia puta, es lo único que se me ocurrió decir.

Una mención aparte merece el primer capítulo de El Bvscon. No soy capaz de juzgar El Lobo 2019, está demasiado cerca de mí como para hablar de él. Pero es el vino que más me ha emocionado en 2020, y no puedo dejar estas líneas sin decirlo. De su valía has de dar cuenta tú.

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