Vulturno

Foto: Francisco ÁlvarezFoto: Francisco Álvarez

Tú te me cuelas entre las rendijas, deliciosa llama que todo lo vuelve hambre, que todo lo vuelve incendio, almenara en la que todo arde, incluso las promesas de esto no mira, esto no se toca, esto no se besa

Diciembre 2020

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

 

Creo que a estas alturas deberías saber que, mirarte como lo hago, me sale sin querer ¿Sabes ese impulso infantil de meter en dedo en el bote de Nocilla o abrir las Oreo para chupar la cremita primero…? Pues yo, te veo y ¡zas!, toda mi calma salta por los aires, preguntándome si mi voluntad de respetar este pacto de amistad será lo suficientemente fuerte esta vez como para resistir mis enésimas ganas de comerte la boca. Porque, por mucho me esfuerce en poner masilla, tú te me cuelas entre las rendijas, deliciosa llama que todo lo vuelve hambre, que todo lo vuelve incendio, almenara en la que todo arde, incluso las promesas de esto no mira, esto no se toca, esto no se besa. Siento decirte a estas alturas, Marta, que ser tu amigo es una jodida carga con la que ya no sé si puedo. O si quiero…
– ¿Qué…? – Preguntas, risueña, sabiendo perfectamente la respuesta.
– ¿Qué de qué…? – Me río, tirándote un cojín.
– Que por qué me miras así… – Me devuelves el cojín, metáfora pura de que la pelota está en mi tejado.
– Así, cómo… – Me agarro al cojín, por si la hostia merece airbag.
– ¿Podemos seguir viendo la peli sin que hagas eso, Álex…? – Te tapas la cara con las manos.
– No podría asegurártelo… – Sacudo la cabeza y me río: no me pidas más de lo que puedo dar. Que no.
– Qué idiota eres…
Bajas la mirada, sonríes y retomas cobijo en mi pecho. Ser amigos es lo que tiene, que podemos ejercer de pareja perfecta, pero sin sexo, aunque con ganas, pero de eso no se habla. Porque asumir como verdad irrefutable que nos tenemos ganas es tanto como faltar a la primera norma de la amistad inquebrantable. Sé que hay amigos que acaban en la cama día sí, día también, y no pasa nada. No se desintegran, no son menos amigos al levantarse al día siguiente, pero también sé que esos amigos, acaban siendo un híbrido entre acompañante y hombrito sobre el que llorar para el que no sé si estoy preparado. Porque una cosa es que ahora me hables de Pablo, de Andrés o del gilipollas de turno con el que estés, y otra que lo hagas sabiendo que daría un brazo y un pie por ser yo Pablo, Andrés o el gilipollas, que quizá son los tres.
Así como estamos, abrazados y compartiendo oxígeno, sofá y universo, a mí la vida se me para, Marta. Yo no quiero masná. Contigo lo tengo todo, menos lo que quiero, pero tampoco tengo la certeza de que reclamar lo que siento mío, sea garante de que todo va a ser mejor. ¿Qué me impide cogerte la cara con las manos y quedarme con ese beso que lleva mi nombre desde que nos conocemos? ¿Qué me lo impide? Nada y todo. Una vez me dijiste que lo nuestro es especial, precisamente porque los dos sabemos lo que hay, que tenernos el uno al otro como nos tenemos, es una suerte de milagro que ocurre pocas veces en la vida: no hay nadie en el mundo con el que me sienta mejor, Álex. Eso me dices con frecuencia. Y creo que es verdad: siento que lo es, coño. Pero ya no me llega, y eso es algo para lo que no estaba preparada ni mi vida, ni mis ganas. Me vuelves loco, amor. Convendría que supieses que tengo secretos contigo, nena. Esta clase de secretos…
– Dime que se va a ir con él… – Acurrucada en mí, buscas consenso a tu plan para la prota de la peli.
– No me siento capacitado para dar consejos sobre eso… – Me meso el pelo la mano que me queda libre. Según la bajo, la dejo caer sobre ti. No me esquivas. No me marcas territorio. Gloria bendita. Ser y estar hay veces que son sinónimo.
– Tiene que irse con él. No veo pelis ñoñas para que acaben igual de mierda que la vida, ¿sabes…? – Suenas a llorito, a emoción contenida. Sé que la lágrima llega en 3,2,1.
– ¿Y cómo tiene que acabar, si puede saberse…?
Te aparto lo suficiente para verte la cara. Quieres llorar, pero te estás reservando para el beso de desenlace. Siempre lo haces. Y mientras te miro, tan vulnerable, tan ansiosa de un final hartamente previsible, donde el chico cañón siempre acaba con la chica que está loca por él, me pregunto cuándo será mi momento, ese momento en el que, con los ojos rebosando emoción, me pidas que sea yo el que te bese sin prisa. Quiero esto que tenemos, Marta, pero en su versión extendida, delirio de coleccionista. Los jueves por la noche, jornada de sushi, gin, Netflix y turno de Just Dance ya no me llega. Y no me llega, porque tú ya lo abarcas todo en mí. Aun no te has ido y ya estoy loco por que vuelvas. Procuro no pensar en tus fines de semana, tan absurdos y delirantes como los míos, que yo tampoco soy un santo con túnica y aureola. Que lo pases bien, me fascina. Que lo pases bien en la cama de otro, ahí ya doy en hueso. Hace meses que no puedo pensar en ello sin arder por dentro, corazón en rebelión, que no quede ni una pupa por purgar. Porque en una de éstas, vas y te enamoras. Y no de mí. Y ahí es cuando entro en erupción, porque siento que perderte por no haberlo intentado es mucho más jodido que comprobar que no funcionamos. Yo no sé quién repartió las etiquetas de qué, nena, pero ser amigos ya no es mi talla: los brazos se me salen de las mangas, no sé si me explico.
– ¿Y cómo tiene que acabar, si puede saberse…? – Itero, sin dejar de mirarte.
– Pues como acaban las cosas bonitas, Álex… – Escondes la cara en mi pecho. Noto la camiseta mojada. Esas lágrimas rechulas, esas tan tuyas que siempre sellan el final de una peli que te gusta, ya están aquí. Ya están en mí.
– Las cosas bonitas solo tienen un final… – Te levanto el mentón con la mano. Puedo oír tu corazón. Quizá es el mío. Tal vez lo que oigo nos pertenece a ambos, concierto FreeJazz.
– …el final redondo.
No sé si me buscaste o te encontré, pero qué importa si por una vez la praxis del orden de los factores no altera el producto, es un hecho. Tanto tiempo imaginándome este momento, que cuando llega, no hay nada de nuevo en él. Tu boca es un retal de terciopelo, suave, esponjoso y calentito, que vence a mi paso, marcando un dibujo que no tarda en desaparecer al humedecer tus labios con los míos. Vesánico baile en el que entrar y salir de ti no es más que un preludio del quiero más, mucho más. Lo quiero todo, la tómbola con premio, el regalo estrella, delirio de parejas de reciente cuño, él, todo hombría, escogiendo el peluche unicornio para su chica bonita. Porque a estas alturas, ya no me conformo con la línea, quiero el bingo completo, Marta. Te cojo la cara con mis manos y perfilo tu boca con un dedo, líneas sinuosas que vienen y van, peligroso circuito en el que perder el aliento y la cordura. Te miro, y, sin hablar, sé lo que quieres, porque el deseo es el Braille de los que se tienen ganas.
– Álex, esto que hacemos no está bien, no va a salir bien…
– Shhh… – Te corto, poniendo un dedo sobre tus labios, mientras te beso el cuello – Déjame a mí los finales redondos. Contigo, creo que se me dan…
Te ríes, coqueta, mientras te sientas a horcajadas sobre mí. Para ser amigos desde hace años, se nos da bien lo de cambiar de roles. No sé qué me hizo pensar que sería yo el que tendría que hacer de nuestra primera vez un lugar común, un sitio en el que el cariño fraternal se da de bruces con la atracción física. Pero claramente, a ti nuestra amistad también te tiraba de la sisa. No sé si me gusta más la candidez con la que me evitabas, o este fuego con el que tiras por tierra tanto tiempo de tira y afloja, de me gustas, pero no, de un segundo más y eres mía. A veces, conviene tirarse a la piscina sin tener aprecio a los dientes: a poco calado que haya, todo es ganancia. De cabeza, con virguería antes de entrar en el agua, me lanzo con avidez a lo que nos venga. Tantas veces te he desnudado de memoria, que ahora que te tengo sobre mí, hacerlo es como arrebatar la piel a una mandarina. Tu cuerpo no tiene secretos para mí, pero no hay misterio que no guarde. Me tiemblan las manos al rozar tu espalda. A mí, que será por conquistas y damas en el castillo y almena. Me haces temblar, amor, porque como tú, ninguna. Te quitas el jersey. Desabrochas mi camisa. Meto la mano bajo tu falda, sabiendo que hay tesoros que solo vencen con la palabra mágica.
– Podría quedarme así la vida entera… – Te digo al oído, susurro y jadeo, veta de todo lo bueno.
– No te apures nadita, ¿me oyes? Vida suena a tiempo demás… – Hablar el mismo idioma es bien. Tu hilo de voz excitada hace de mi cuerpo zona minada, pum…
Somos dos pianistas entregados a una pieza de Bach. Melodía a cuatro manos, teclas blancas y negras que suenan mejor al cambiar el ritmo y la intención. Lento, suave da paso a frenético y desmedido, porque cuando el final de la pieza se avecina, no hay virtuoso que no desee vulturno y ovación. El piano suena, suena, suena, suena y suena. Suena alto, decibelios universales, cosmos de placer al que solo llegan los que se saben que las partituras esconden abismos a los que hay que asomarse sin miedo. Acordes sostenidos que van y vienen, que empastan los unos con los otros, agudos, graves, pero ambos con idéntica melodía principal. Shhhhhh. Shhhhhh, baila conmigo, amor, baila conmigo, así como bailo yo…

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