En la pobreza y en la riqueza

Amor callado entre sombras, abrazo más allá de la vida... /Img AGTAmor callado entre sombras, abrazo más allá de la vida... /Img AGT

Antonio Gil-Terrón Puchades

Mayo, 2016

Partiendo de una situación económica media, en la que ni sobra ni falta, hay dos asignaturas que cuando sobrevienen de repente, pocas familias logran aprobar: La riqueza y la pobreza.

Sin ánimo de generalizar, porque siempre hay excepciones que confirman la regla, diré que si hay un común denominador en los nuevos ricos, y aquí me refiero especialmente a los hombres, es la desmembración de la unidad familiar. Se comienza cambiando de coche, luego de barrio, para finalmente cambiar de mujer; aunque – eso sí – a costa de un huevo y la yema del otro, y ello sin contar las facturas previas a la ruptura; véase: morros, tetas, liposucciones, y estiramientos de pellejos varios.

Un efecto similar de cambio de vida produce la pobreza. El coche se lo queda la financiera; se pierde el piso de propiedad en buen barrio, pasando a vivir en un pisito de alquiler en una barriada de las de chichonera y escapulario, que será el futuro escenario de recriminaciones, broncas, chillidos, e incluso de la maldita violencia de género.

En ambos casos, las víctimas colaterales serán los hijos. Unos por tener de todo y no educarse en la cultura del esfuerzo personal, lo cual terminará por pasarles factura tarde o temprano, y los otros, aquellos que han pasado de tener lo necesario, a carecer de lo imprescindible, amén de ser testigos forzosos de los diarios y desabridos enfrentamientos de sus progenitores.

¿Quiere decir esto que un cambio brusco en la situación económica de un hogar, puede matar el amor de ese matrimonio o pareja?

La respuesta es no. Lo único que demuestra es que nunca hubo amor. Porque el amor de verdad no nace de una promesa: “en la pobreza y en la riqueza, en la salud y en la enfermedad…” Porque el amor no es un compromiso, ni un contrato. El amor es, o no es; y si es, preexiste al contrato matrimonial y sigue hasta el más allá del soso y mundano, «hasta que la muerte nos separe». Porque sí hay amor, la muerte no es más que una cortina de separación temporal.

Prometer amor hasta que la muerte nos separe, es una de esas majaderías sociales, fruto de mezclar lo santo con lo profano. ¡Cómo si el amor fuese un acto de voluntad que pudiésemos controlar… o un objeto que podamos dar o quitar! ¿Prometer amor? Jajaja… Rio por no llorar.

Porque no poseemos el amor, sino que, si somos dignos, el amor es quien nos poseerá.

Todo lo demás, no pasará de ser tradición, inercia, parodia y costumbrismo social; «amor burgués» que al mínimo contratiempo hará crac. Y ahí están las estadísticas.

Tan solo las pruebas de fuego son las que desnudan el amor, mostrándolo en toda su pureza e intemporalidad; con sus luces y sus sombras que serán las que irán forjando, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y la riqueza, su inmortalidad.

@elvelorasgado

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