Un viaje guardado en el corazón

Img. Rosa Muriel

Rosa Muriel / ASÍ ES LA VIDA

27.11.20

Las palabras que quedaron sin salir de tu boca. La risa que quedó silenciada entre prisas. El abrazo que no se llegó a dar. Nuevas ideas que por tu pasado y mentalidad te negaste a escuchar y entender. La verdad que no salió a ver la luz.

El beso que no tuvo lugar. O que quedó en dos. El tren que volviste a perder o no te atreviste a coger. El fuego que dejó de arder. Las explicaciones que por no atenderlas a tiempo, se quedaron arrugadas.

El mensaje de voz que se quedó en silencio. La llamada que no se realizó.  Ese regalo que no te atreviste a abrir. Ese “gracias” que quedó en el buzón de salida. Ese mensaje que no respondiste.

Todo eso que dejas de hacer o terminas haciendo tarde, no vale. Porque el tiempo pasa, la gente envejece, las mentalidades cambian y los sentimientos maduran. Puede que no se vayan, pero sí maduran. Y madurar es cambiar de perspectiva, ver las cosas según la importancia recíproca. Dar atención a aquello que nos presta atención y en la misma medida. Y centrarnos en aquello que nos conviene.

Por eso, el perdón que antes sí te valía, quizás más tarde no. Las explicaciones que antes podrían cambiar el rumbo de la relación, en un futuro es muy probable que no. Las verdades que en su momento eran necesarias, con el tiempo pierden el sentido. Caducan.

Y los sentimientos que no se confiesan cuando se tienen, se pierden. Ellos, o la oportunidad de soltarlos. Porque lo que pasa con ellos es que, cuando los sueltas, es precisamente cuando jamás se van. Porque lo que compartes con y desde el corazón, jamás se va.

Y es que las personas hacen lo mismo que el tiempo: pasar. Y si no estás cuando debes, pasará que la gente terminará pasando de ti.

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