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Cultura

Líos lingüísticos de faldas

Img. Javier Caravaca
Img. Javier Caravaca

“Subió a verla en el hábito que le halló el estar de guarda: una cuera de ante sobre un jubón de tela, calzones y ferreruelo de paño, medias y ligas de nácar, sombrero de falda grande, sin trancelín ni toquilla; en la pretina el broquel, y en las manos la espada.”  Lope – Guzmán el Bravo – 1624

Javier Caravaca

Publicaba Carlota Padilla un titular asombroso en el periódico: “Faldas por la igualdad de género en institutos de Mallorca.” Me vinieron a la cabeza las fabes con almejas contra el racismo y, cómo no, el martillo de Lucerna contra la explotación infantil, con su contrapeto en forma de maza diminuta, hermoso como ninguna otra enastada para aplastar cráneos de infieles. No desvarío: el retorcimiento del lenguaje para engañar y subvertir, el uso de las falacias, las imágenes metafóricas mal intencionadas y la tergiversación de la historia, que unida va también al lenguaje, son un abuso frecuente para interpretar de forma siniestra la realidad y darle el sentido que no tiene, o, lo que es peor, quitarle el sentido que de natural tú le das a la vida. Será muy útil, por tanto, aprender a leer, y luego leer mucho, para no caer en engaños.

El titular utiliza los conceptos en los que se sustentan varios tipos de falacias lógicas. Lo hace con sutil elegancia, de ahí su efectividad. Por ejemplo, “por la igualdad,” supone una premisa implícita que no es cierta, esto es, que no hay igualdad. Hemos de suponer que se refiere a igualdad de leyes, o de otro modo andaríamos por el terreno de la gilipollez, y tales leyes igualitarias están garantizadas en todos los marcos jurídicos en los que nos movemos, órdenes, decretos, constituciones, derechos humanos: somos todos iguales ante la ley, todos, no se puede pedir más. Así, en la mente del ingenuo, se instala la idea de que existe una cierta injusticia que resolver, y, claro, en el corazón de todos los humanos hay un superhéroe. Si lo extendemos, “por la igualdad de género,” pisamos ya un fango cenagoso, dando por hecho que existe un género femenino y otro masculino, y quizá más, que se quiere que sean iguales desde un punto de vista sociocultural pero que no lo son. Partimos de una realidad biológica que determina el sexo de las personas, con todas sus ambigüedades y matices, la cual condiciona esa entelequia que venimos llamando género. Si la igualdad de leyes ya está garantizada, solo nos queda que se pretenda una igualdad sociocultural, lo cual es imposible: el sexo condiciona instintos, gustos y apetencias, por no decir que cada persona tiene sus propios intereses. En la diferencia está el encanto, nadie quiere que las mujeres sean iguales que los hombres, ni que todos seamos iguales, simplemente que tengamos igualdad legal para ser libres y hacer con nuestra vida lo que nos plazca sin molestar a nadie. Nadie que no tenga una mente enferma, claro. Por tanto, el titular sugestiona al lector en la creencia de que existe uno o varios géneros socioculturales discriminados legalmente, lo cual, obviamente, no es cierto. Ni siquiera la autora sería capaz de definirlos de forma unívoca. También añade “de Mallorca,” rematando la estupidez, “por la igualdad de género en institutos de Mallorca,” como si la protesta fuese por la discriminación de los niños mallorquines. Carlota se podría excusar diciendo que en Mallorca se da la noticia, no la desigualdad, en cuyo caso demostraría su desconocimiento del lenguaje, al dejarnos una ambigüedad gramatical inaceptable en un periodista. “Faldas en institutos de Mallorca por la igualdad de género,” quizá quisiera decir eso, pero no sabe.

Sin embargo, lo más interesante es el sujeto de la cuestión, las faldas. El subtítulo, por si había dudas, reza con mayor ímpetu así: “Los alumnos se ponen una falda para demostrar su rechazo hacia la homofobia.” Ímpetu en tergiversar, mezclándolo todo y complicando el asunto para generar confusión. Es el principio de la falacia de las muchas preguntas, donde se bombardea al interlocutor con varias cosas a la vez, donde cada afirmación presupone la veracidad de la anterior y se apoya en la que no se desmienta para validar la premisa fundamental: la existencia de injusticias. Por no decir que las afirmaciones pueden no tener ninguna relación entre sí, y cuesta mucho esfuerzo argumentar en su contra de forma ordenada. Conoces bien ese tipo de enunciados, donde se mezcla la igualdad de género y la homofobia, y con frecuencia se mete también en la frase el capitalismo y la ultraderecha, y a ver quién es el guapo que le pone el cascabel a todo eso de una vez.

Pero, insisto, lo más interesante es la falda, cuyo origen etimológico se remonta al alto alemán antiguo, tiempos en los que la península ibérica era tierra musulmana, y que viene de “plegar,” no te vayas sin saberlo. La falda es una prenda sencilla, un trozo de cualquier cosa, que haciéndole un agujero en medio te lo metías por la cintura y lo sujetabas con lo que fuera. De tan sencilla y simple fue uso común desde que el hombre escribe, y aun hay por ahí una estatua con falda que tiene veintemil años, uno arriba, uno abajo. En Sumeria, por ejemplo, Gilgamesh la usaba sin vergüenza.

Estatua de Gilgamesh del palacio de Sargón II. Museo del Louvre.
Estatua de Gilgamesh del palacio de Sargón II. Museo del Louvre.

En el Egipto de los faraones también se llevaban las faldas, como no podía ser de otra manera, herederos de la civilización mesopotámica. En la siguiente imagen puedes observar una gama variopinta.

Viaje de Tutankamón al inframundo. Tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes, Egipto.
Viaje de Tutankamón al inframundo. Tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes, Egipto.

En la antigua Grecia se se usaba el quitón, esa especie de túnica simple, más larga o más corta según las tareas del usuario. Por ejemplo, los atletas y los soldados las llevaban muy cortas. Falda, de hecho, era la pieza de la armadura que colgaba de la cintura protegiendo los muslos. Debajo iba el quitón, corto, por encima de las rodillas. Todos tenemos en mente la imagen de Alejandro en minifalda.

Fragmento del Mosaico de Alejando, batalla de Issos o Gaugamela contra Darío, atribuido a Filóxeno de Eretria.
Fragmento del Mosaico de Alejando, batalla de Issos o Gaugamela contra Darío, atribuido a Filóxeno de Eretria.

Cabalgo por grandes hombres ilustres y conocidos, varones, de épocas distintas y de cuyas culturas somos herederos de alguna manera, para llegar adonde quiero. El emperador Constantino, vértice del cristianismo, gustaba de falda también.

Bronce de Constantino, basílica San Lorenzo Maggiore, Milán.
Bronce de Constantino, basílica San Lorenzo Maggiore, Milán.

 

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