Nada vuelve a ser igual

Img. Rosa Muriel

Rosa Muriel / ASÍ ES LA VIDA

17.11.20

Me resulta raro imaginar que exista quien no se haya sentido decepcionado alguna vez por un amor, una amistad, un familiar tal vez… Que duro resulta cuando te das cuenta de que cierta persona a la que entregas tu confianza, tu lealtad, tu tiempo, tu dedicación, en fin, una persona que crees que es de una manera y de repente te llevas un tortazo de realidad, y te das cuenta que nada era como imaginabas. Te sientes una persona engañada, triste, ridícula, sientes rabia, enfado, ira. Pasan los días y te cuesta creerlo y que dolorosa puede resultar esa decepción.

Una decepción es una certeza que se desmonta. Es una verdad que se rompe, que se destroza. No es que fuera algo posible y probable, sencillamente era y de repente no es. Tenía una certeza y no cabía ni la más remota posibilidad de que dejara de ser, y de repente no es. La decepción suele pillar tan por sorpresa que hace el vacío y deja sin aire.

La decepción destruye una certeza y las certezas no crecen solas. Las que se rompen además, jamás se recuperan y recomponen. Construir una certeza nueva exige trabajo, dedicación, esfuerzo y una confianza acojonante que con la edad se va perdiendo. Exige también capacidad para pasar por alto las consecuencias que las decepciones anteriores causaron en el ánimo, porque recordarlas es tan molesto que incapacita para reconstruir nuevas certezas.

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