¿Por qué subir el salario perjudica a los más vulnerables?

Img. archivo EE/twitter

Javier Caravaca / POLÍTICAMENTE INCORRECTO

16.11.20

La subida del salario mínimo ha sido un caballo de batalla recurrente de la izquierda en todas las épocas y continentes. Su discurso se apoya en la justicia social y la atención a los más vulnerables. Sin embargo, el FMI se pronuncia en contra de esa idea, explicando que la subida ha perjudicado precisamente a quienes decía proteger. Lo publica María Vega en El Español. Parece un contrasentido. ¿Será eso posible? No solo es posible, sino que también es un hecho recurrente, en todas las épocas y continentes: subir el salario perjudica a los más vulnerables. Veamos por qué.

El control de precios distorsiona el mercado y produce daño a los ciudadanos. Un precio máximo demasiado bajo conduce al desabastecimiento y al mercado negro: nadie está dispuesto a esforzarse por precios indignos y la economía sumergida ofrece lo que no se encuentra de forma legal, a precios muy superiores, claro. Un precio mínimo demasiado elevado conduce a la ausencia de demanda y también al mercado negro: nadie está dispuesto a comprar tan caro y se ofrecen los bienes y servicios de forma clandestina, a precios inferiores, lógicamente. De tan obvio avergüenza recordarlo. ¿Quién dice si un precio es demasiado alto o bajo? Pues… nosotros, o sea, el mercado: pagamos lo que nos compensa, sea una lechuga o un salario. Es decir, los precios se fijan solos, el mercado lo consigue. Cuando lo hace el Estado, o cualquier persona, por inteligente que sea, olvida este principio y causa daño, por uno u otro extremo. Atendamos a un ejemplo sencillo, el precio del vino en Valencia: ¿cuánto paga una persona por un litro de vino de garrafa? ¿Un euro? ¿Quizá dos si es bueno…? Algo así. ¿Qué pasaría si el Estado fija el precio máximo en veinte céntimos, considerando que es lo justo para el consumidor? Lo sabes, nadie haría vino de garrafa, al menos de forma legal. ¿Y si fija el precio mínimo en tres euros, considerando que es lo justo para los viticultores? Pues eso, que nadie lo compraría, escogerían vinos embotellados de mejor calidad. ¿A qué precio es justo entonces? Ya lo ves, se fija solo: al que la gente está dispuesta a pagar por él, dependiendo de una infinidad de circunstancias. En conclusión, no importa si se fija el precio buscando proteger al consumidor o al productor, se termina perjudicando a ambos.

En el caso que nos ocupa, si el salario mínimo es superior al precio de mercado, esto es, a lo que los ciudadanos locales están dispuestos a pagar por él, no lo pagan, la demanda de trabajadores cae y menos personas encuentran trabajo. No sucede de forma caprichosa, sino natural: los asalariados han de trabajar para una empresa, la cual hace balance de costes y ventas, cierra si no es rentable y se mantiene viva si hay beneficio positivo. Si hay poco subsiste, si hay mucho atrae inversión y aumenta la capacidad de producir nuevos empleos y de generar más valor para la sociedad.

Esto parece evidente. No obstante, hay quienes piensan que subir el salario mínimo beneficia a los más vulnerables, aunque solo sea a los pocos que consiguen trabajo. Pero la evidencia es justo la contraria, se perjudica precisamente a ellos. Existe la imagen del gran empresario que sacrifica a sus trabajadores por cuatro perras, pero la realidad no es esa: las empresas grandes tienen convenios cuyos salarios son muy superiores a los mínimos. Es el tejido empresarial de subsistencia, por llamarlo de alguna manera, el que atiende a salarios muy bajos, el pobre albañil, el que tiene un huerto de caquis, el que limpia cuartos de baño o el que entierra más horas que un reloj en un bar. Ese es el que necesita cuatro manos y no puede pagar más de lo que le sobra a fin de mes. Ahí está el límite, no hay otro, se fija solo. Los salarios mínimos demasiado elevados les perjudican, porque no pueden contratar. Y, lo que es peor, ¿quiénes se quedan sin trabajo? Los más vulnerables: los jóvenes que todavía no saben hacer casi nada y están aprendiendo, los muy mayores sin formación, las mujeres sin experiencia, los inmigrantes que acaban de llegar… Solo beneficia al que ya tenía un trabajo fijo y cobraba bien, con experiencia, con un sindicato detrás y que sabe lo que se hace, porque costará mucho despedirlo y porque “los más vulnerables” no pueden competir con él en calidad, sino solo en precio. El trabajo es suyo, para siempre, si no cierra la empresa.

Sin embargo, la izquierda no deja de batallar con eso, anclada en ideas decimonónicas sobre el precio justo y sus corolarios, conocedora de las consecuencias dramáticas de aplicar esas recetas, impasible ante el sufrimiento de los más vulnerables, con una promesa de progreso imposible. Hacen valer la falacia más conmovedora para enternecer nuestro corazón: “¿acaso no es justo que habiendo ricos multimillonarios, holgazaneando en yates llenos de putas, un pobre trabajador no pueda cobrar mil euros por sudar de sol a sol?” El entrecomillado es mío, pero seguro que has oído cosas tan bienintencionadas como esa. Son falacias, ya lo sabes: nada tiene que ver la justicia en esa comparación, como tampoco en que llueva cuando tiendes la ropa. Pero construyen esa imagen del malvado para contrastarla con la del pobre desposeído, la escena emblemática del capitalismo feroz y desalmado. Orillan que antes del capitalismo eran todos pobres como ratas y morían a los cuarenta, pero decirlo no conviene al relato.

Reconozco que a mí me duele que haya un pobre sufriendo en el mismo mundo que un rico holgazaneando. Pero la cuestión no es si eso es justo o no, sino qué podemos hacer para evitarlo. De nada sirve odiar al rico y castigarlo, hay que hacer lo posible para que el pobre deje de serlo y pueda comprarse un yate. Un marco legal que permitiera las relaciones laborales libres, sin trabas burocráticas y con impuestos bajos, facilitaría que se creasen puestos de trabajo y que el tejido productivo creciese hasta el pleno empleo. En ese escenario, con escasez de mano de obra, los salarios subirían naturalmente. Las personas no dependerían de la ayuda estatal y podrían prosperar. Eso es el progreso. El método es de sobra conocido. La izquierda lo sabe, pero no lo puede decir, porque si desaparecieran los pobres…

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