Chequeo a la sanidad valenciana

Hospital La Fe-Valencia/GVA

Vicente Torres

11.11.20

Si pudiera elegir un especialista de entre todos los del mundo, elegiría al mío. Los médicos, compañeros suyos, que me han atendido durante mi reciente estancia en el hospital lo han hecho con esmero, dedicación y respeto. Les estoy muy agradecido a todos.

Dicho esto, creo que lo que sigue, que incluye algunas que pretenden ser muestras de humor, también merece ser contado.

Me llevaron a Urgencias y el médico que me atendió dijo que de volver a casa nada, que tenía que ingresar de inmediato. O sea, que no fui adrede a La Fe a ver qué es lo que pasa, pero lo vi.

En el sitio hay castas. La más baja de todas es la de los pacientes. Una señora de la limpieza me dio conversación como si me hiciera un favor. Estuve seis días y uno de ellos me iban a dejar sin cenar caprichosamente. El personal estaba asombrado de que reclamara mi cena. Finalmente, una hora y cinco minutos más tarde de lo que marca el horario, me la sirvieron: aquí tiene su ceenaaa, como si fuera un capricho. Está prohibido llevar comida de casa, pero si allí dan de comer es porque quieren. Esa fue sólo una más de las inconveniencias. Un paciente sólo tiene derecho a tener paciencia.

En el plano terapéutico fue peor, porque como consecuencia colateral de mi dolencia puedo perder la visión de un ojo. Si no la he perdido en ese hospital es porque los hados me protegen. Tampoco se me dio información acerca de lo que diariamente me inyectaban en vena, salvo lo que dijo el médico que ordenó mi ingreso. Me parece importante que al paciente se le explique qué se le va a inyectar cada vez que se da el caso. Eso le infunde confianza y la noción de que se le respeta.

Tengo cita con el especialista, confirmada por sms y carta impresa para un día de noviembre de 2020, pero previamente me han de hacer una prueba. En el departamento que me la ha de hacer constaba que la cita para el especialista era en noviembre de 2021. Y allí dijeron que sólo podía corregir el error el departamento del propio especialista.

Después de muchas horas de estar llamando, conseguí hablar con una señora. Le expuse el caso. Lo primero que escuché es que le dijo a alguien que tenía cerca: «una llamada más rara que la hostia», o sea, nada de preocuparse por el problema del contribuyente que le paga el sueldo. Enseguida intentó quitárseme de en medio una y otra vez, pero yo me jugaba mi salud y no solté el bocado. Cuando ya me dio el último golpe para obligarme a abandonar, le respondí: páseme con el doctor Tal. ¡Ah!, espere un momento que lo mire, ya sé lo que ha pasado, yo lo puedo resolver, ya está arreglado.

Me sentí como Jesucristo, ¿qué digo Jesucristo? Mucho más. Lo de convertir el agua en vino y lo de los panes y los peces no es nada comparado con el milagro que acababa de lograr.

A todo esto, el hecho de que no tenga ni idea de medicina no impide que piense en el posible desenlace de mi dolencia. Una de las posibilidades que me ilusiona más es la de quedarme tonto del todo, algo que ya les ha sucedido a algunos de mis amigos, por lo cual los envidio mucho. Eso de no enterarme de las putadas y mezquindades que se suceden, o sea, de alcanzar la felicidad, me atrae.

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