La ministra simiesca y la lengua

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Vicente Torres 

10.11.20

Las lenguas no tienen derechos, los tienen los ciudadanos. Conocer una lengua muy difundida en el mundo es una suerte, porque facilita mucho la vida; con una minoritaria, en cambio, resulta complicado moverse por el mundo.

Lo que pretende la ministra es dejar sin recursos legales a los padres que se oponen a la idiotización de sus hijos, teniendo en cuenta, además, que una vez instalada en la mente de alguien suele ser para siempre.

La gente habla, de forma instintiva, la lengua que más le conviene. Si le obligan a estudiar otra, lo hace de mala gana. Cuestión distinta es sirve para lograr trabajo, pero no hay para todos y ese es un problema grande al que se enfrentan los sinvergüenzas. Pretenden obligar a que para ser médico o profesor de filosofía sea indispensable hablar no sé qué dialecto.

Quieren imponer dos lenguas por la brava: el engendro de Pompeyo Fabra, que apenas hablan cuatro gatos, aunque los golfos inflan ilusoriamente la cifra, y otra que dicen que es heptamilenaria, aunque todo indica que han tirado por lo bajo, porque debe de tener muchos más miles de años, según se percibe en el enroscado de las boinas, cuya perfección no se puede lograr unos siete mil años de nada. El caso es que este lenguaje, heptamilenario por lo menos, también ha sido manoseado, puteado y manipulado según cuentan los que entienden del asunto.

Pero ahí está la ministra esta, haciendo de las suyas, como todos los de su gobierno, que no hay ninguno que tenga idea buena. Ha demostrado tener la cara tan dura como el más duro de los materiales, e incluso como los demás componentes de su gabinete, aunque las hay que la superan en burrera (jo, tía).

Pero, al contrario de lo que piensan algunos, lo que ha hecho esta gentuza no es un golpe mortal a la lengua española, que seguirá pujante durante mucho tiempo, incluso en España. El golpe se les da a los ciudadanos, muchos de los cuales son masoquistas.

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