Larimar

Img. Francisco Álvarez

De alguna manera, tus labios y tu forma de recibir los míos fueron el parangón de lo que mata y lo que hiere

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

LARIMAR

Hay veranos a los que un amor vuelve eternos, únicos, quizá, por su forma y sus tropiezos. Esos veranos que, por mucho que madures y renuncies a lo que fuiste, te persiguen como el olor a piel recién duchada, a pan fresco, humeante y delicioso, que se te deshace en la boca aun sin haberlo probado. Esos veranos que solo un fotograma basta para subirte en la noria, ¿tiene ticket, caballero?, dejando que sea tu jaula la que se quede en la cima, parada y silente, mientras a tus pies, a vista de pájaro, todo sucede como si no estuvieses. Ver quien eras, sentir como fuiste, amar de primeras veces, desear sin password ni paracaídas, te convierte en una especie de loco a su suerte, tan desconocido como merecedor de envidia y ovaciones. Y no es que no me guste quien soy, es, simplemente, que echo de menos ser lo que fui contigo…

– Sin acritud, Sandra, ese gilipollas no es para ti… – Choco mi copa contra la tuya. El Ballantines cola a las 03:00 cursa con suerito de la verdad.

– Sin acritud… – Te ríes, mientras celebras mi entrometimiento, dándole un sorbo interminable a tu vaso. El hielo te salpica, charcos traicioneros en su hendidura.

– Sin acritud… – Te limpio la nariz, mientras me río también: es feo dejar que las niñas bonitas se rían solas

– Podría decirte que, para un polvo, vale, pero…

Hago el gesto de allá tú. Pero de allá tú, nada, porque a mí en todo lo tuyo, me va más que a ti. Los dos sabemos que la movida que nos traemos es una bomba de relojería, tire del cable correcto antes de que la cordura salte por los aires. Lo sabemos, pero por alguna razón, zona cero entre lo masoca y lo jodidamente delicioso, jugamos la baza del doble sentido: un sí pero no en el que el alcohol a deshora no ayuda a respetar las normas. No debería mirarte así, lo sé, vaya si lo sé. Pero ya me dirás cómo lo hago, si cada vez que hablas, bajar mis ojos hasta tu boca es ocupación a jornada completa. No es un plan, Sandra, lo mío contigo va siempre sin esbozo, sin promesas fariseas de principio de año, dejar de fumar, aprender inglés y cogerle el punto al Excel. Lo mío contigo es puro instinto, ganas que brotan sin más, avivadas por eso tuyo tan mío que me vuelve loco. Podríamos estar juntos si tú no fueses tan deliberadamente racional, y eso, amor, es una soga que me aprieta el cuello, improvisada corbata de difunto en el funeral de lo que tiene que ser y será. Vaya si será…

– Para ti todos son gilipollas, menos tú… – Te vuelves a reír. Saludas con la mano a alguien a lo lejos. Haces ademán de irte, pero atajo tus intenciones: esta noche no, anda. Quédate conmigo…

– Error. Yo soy el más gilipollas de todos, a la vista está… – Te cojo por la cintura, atrayéndote hacia mí.

Sigues haciendo aspavientos, queriendo llamar la atención de alguien, que, posiblemente, a estas horas, a mí me importe una mierda. Dos es el número perfecto.

– Tú no eres gilipollas, vas de gilipollas… – Arrugas los labios, boquita de beso que nunca he dado. Me tienes, ¿lo sabes, verdad…?

– ¿Y qué tal me queda el disfraz…? – Apoyo mi frente en la tuya. El aroma a bronceador de tu piel me provoca destellos en la espalda, corriente AC/DC, a tomar por culo el diferenciador.

– Sabes que me voy mañana, ¿verdad…? – Das otro trago a tu copa. El hielo vuelve a salpicarte, pero esta vez el cuello se lleva la mejor parte.

– A quién le importa mañana…

Con un dedo, tapono la gota de Ballantines cola que insiste en perfilar tu clavícula. Llevas una camisetita de tiras, una de esas tan tú, que sí, vas vestida, pero a poca imaginación que le eche, no lo estás. Todo te sienta como una segunda piel, joder, esa misma que se eriza al paso de mi dedo, ansioso de que la gota no pare nunca. No es la primera vez que te toco, que ser amigos tiene sus privilegios y sus agonías, pero sí la primera vez que sé que, si sigo, acabaré tarado o colgado por ti, ambas cosas, si me lo permites, rozando la polisemia. De lejos, oigo que te llaman otra vez, te sujeto contra mí, dejando caer mi cabeza en tu cuello, como las avestruces cuando ven venir el peligro. No me escondo, me guarezco, ocupando ese lugar que siento para mí, sí o sí. La música no deja de sonar, risas lejanas que recuerdan que mañana es cambio de quincena: veraneantes que vienen y van, historias que comienzas y terminan, caprichosa caducidad para pasiones que no saben de degustarse por goteo. Brindis por otro verano juntos, que ya van siete y seguimos. Promesas de te llamo en cuanto llegue y ya vemos cómo hacemos para volver a vernos. Palabras que pones subtítulos a lo nuestro, si no fuese, Sandra, que no puede acabar lo que no ha empezado…

– ¿Oyes esa canción…? – Susurras en mi oído. Tu voz está acelerada, casi tanto como yo. Podría buscar tu boca como buscan la luz los girasoles, pero este enredo de voy, no voy, me pone. El gato y ratón, la dama y el vagabundo, la chica preciosa y el gilipollas…

– Mmmsí… – Acerco mis labios a los tuyos, hablando a medias, buscando la complicidad de lo dicho. Y que llegue el fin del mundo, que aquí me tienes, meteorito… – It must have been love, de Roxette, ¿no…?

– Siiiií…

Te acurrucas en mí, buscando que te meza en un improvisado baile para dos en el que ya no hacen falta máscaras. Balanceo sutil, un vaivén nos lleva y nos trae, que nos acerca y nos incinera, fuego prendido en hojarasca seca. Quiero besarte en últimas voluntades, tan deliciosas como las primeras. Quiero besarte muy lento y blandito, y llevarme ese beso conmigo donde quiera que vaya, pero éste final requiere principio. Quiero abrazarte así, hoy y siempre, Sandra, mientras Roxette canta cosas que yo aun no te he dicho. No sé si lo sabes, amor, pero tienes todo lo que necesito.

– ¡Ven…!

Y con la misma, te cojo en brazos y corro playa a través. La arena vence a mi paso, cuerpo y ganas que se la juegan al todo o nada. Te ríes. Me río. Nos veo en el suelo más de una vez, pero consigo recuperar el equilibrio, mientras noto tu piel calentita en mi espalda. Tu pelo me cae sobre la cara, improvisado visillo, cómplice de lo nuestro. Es de noche, el eco de la fiesta de fin de verano pone la BSO a esta huida tan febril como pánfila. No sé muy bien qué será de nosotros al romper el día, pero como el cuento de la calabaza, la carroza y el zapato de Swarovski, avanzo sabiendo que sea lo que sea, hay que vivirlo. No reparo en el back stage, en el tú verás la movida de levantarte sabiendo que no la verás más. No reparo en la idea de no volver a olerla más que cerrando los ojos. No reparo en el hecho de que, después de esto, mi relación con mi novia de toda la vida me parecerá pura rutina llena de rituales. No reparo en nada que no sean mis ganas de besarte…

– El último chapuzón del año: ¡dale…! – Me dices, quitándote la ropa, nada más llegar a la zona de rocas.

– Venga, ya, Sandra, que está fría de cojones… – Solo de pensarlo, se me hielan las ideas, pero aquí hemos venido a jugar, Pablito…

– ¡Daaaaaaaaaaaaaaale…! – En las noches de luna llena, la penumbra se vuelve plata. Te veo avanzar mar adentro, desnuda y deliciosa. Da igual la temperatura del agua, llevo fuego demás…

– ¡Vooooooooooooooooooy…!

Nado hacia ti, que te zambulles como una sirena. Entras y sales, asomando tu melena mojada a modo de brillante larimar. No sé si te lo han dicho alguna vez, Sandra, pero desnuda eres como un cuadro de Sorolla: no tienes ángulo malo. Y como Ulises hacia su Ítaca, voy hacia ti, sin meterme los dedos en los oídos, porque a mí tu canto y toda tú, ya me tenéis en el bolsillo. Te cojo en brazos. Tú me rodeas con tus piernas, cinturón de Orión, llévame a las estrellas, mátame camión. El agua nos mece, igual que cuando bailábamos a Roxette en la fiesta del malecón. Ahora ya no hay vuelta atrás, ni miedos, ni mierdas, ni monsergas: ahora es ahora o nunca.

– Me gustas tanto, Pablo… – Me susurras

– En cambio, tú a mí no, tonta…

No sé cómo se besan los tritones y las sirenas, pero aquello que sucedió entre tú y yo, nena, marcó mis besos para siempre. De alguna manera, tus labios y tu forma de recibir los míos fueron el parangón de lo que mata y lo que hiere. De lo que busco y no encuentro. La magia absurda de lo perecedero, de lo que sabes que tiene las horas contadas, porque no hay amor de verano que sobreviva a un invierno. Pero el beso aquel, tan robado al tiempo y al destino dejó en mi boca polvo de mariposa, ese que sabes que el cuanto des con las alas adecuadas, te llevará por los aires como el día aquel…

Llámame loco, descerebrado igual también, pero aquí estoy, diez años después, buscando tu nombre en Facebook. Acabo de enviarle un privado a alguien que se llama como tú, cuya foto de perfil es un culito con bikini. Ardo en deseo e ilusión de que ese culo sea el tuyo: tantos años después, sigues estando como un quesito de bola, ñam. ¿Te acuerdas de mí…?

www.noemimartinez.es

FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez https://www.facebook.com/FranciscoJAD

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