Parchis
Opinión

Ira di Dio

Img. A G_T P facebbok

Antonio Gil-Terrón Puchades

02.10.20

En la historia de las conversiones no todo son visiones místicas e intempestivas las que provocan en unos minutos una conversión radical del sujeto. No.

En muchos casos, la conversión – o iluminación – viene tras años de angustia y búsqueda de una luz que ilumine las tinieblas de un pensamiento ahogado por el propio pensamiento.

Pues bien, ese fue el caso del filósofo italiano Michele Federico Sciacca [1908-1975], que comenzó su carrera como ateo y terminó siendo un adalid del espiritualismo cristiano. A Sciacca bien se le podría definir como el poeta de la autoconciencia.

El texto que viene a continuación pertenece al final del camino de Sciacca, en su lenta metamorfosis espiritual.

Perdido en la niebla de la razón, bajo las brutales notas del desarraigo existencialista, la angustia vital, el nihilismo y el vacío, en Sciacca comienzan los primeros signos de una conversión que lucha por brotar en un campo plagado de dudas y odio.

No es la batalla final, pero sí una de las últimas que entablará el filósofo ateo en su lucha interior contra lo que comienza a aparecer como inevitable.

Es el de Sciacca, un canto dolido, áspero y desgarrador, que es capaz de arañar el alma de quien lo lee. Es una fúnebre elegía que el poeta grita con rabia, con una potencia que estalla y hiere los sentidos, y que en cierta manera me recuerda la poesía de Vicente Gaos en sus postreros momentos antes de cruzar el último umbral. Canta – así – Sciacca unas palabras que hay leer y releer despacio:

«Si Dios no existe, ¿Qué más busco? ¿Qué busco todavía? Busco. Y él, él, que no existe, me sigue, me persigue. Se me ha hundido aquí, en medio de la cabeza, como un clavo. Pienso y existe el clavo; pienso y se me clava más. El pensamiento es mi martillo cruel. Dios es siempre despiadado con los ateos. Los persigue.

Déjame, Dios, no te necesito; necesito echar tu sombra para estar solo conmigo. Tú eres un espectro obstinado. Yo no tengo necesidad de ti. ¿Qué quieres, pues, espectro?… ¿Niego a éste o aquel dios? No, niego a Dios. ¿Y después? Después renace como la salamandra y toma todas las formas como el camaleón… A él se le puede matar. Lo he matado.

¡El espectro! Los espectros no se pueden matar. Él está dentro. Muerto, pero vivo. Yo, que le he matado, estoy muerto por él… No deja en paz ni siquiera a los muertos, los quiere resucitar… Él está vivo, vivo, pegado como un ave de rapiña al cadáver de mi conciencia.

Quisiera resucitarme a picotazos. Pero yo, antes de renacer con él, prefiero vivir muerto sin él. Es más viril. ¿O estúpido?… En resumen, Dios está en mi ateísmo.

Yo no sería ateo, si él no existiese. Es una contradicción insoluble. No la resuelvo más que obedeciéndole. No la venzo, sino creyendo en el Dios que niego, afirmando a Dios.

Lo quiere mi propio ateísmo, lo exige tiránicamente. Negar a Dios es la hipótesis prohibida, porque es afirmarle. Lo sé y me rebelo.

Si tú no existieses, no te negaría. Y si existieses, ¿Por qué esta tremenda tentación de la razón de negarte? Si tú no existieses, jamás yo hubiera podido pensar en ti…

Te pido paz… Tú, el amor, eres implacable como el amor verdadero y sufrido. Nada persigue más que el amor».

print

Agregar comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario

Camino del Santo Grial

Santo Cáliz de la Catedral de Valencia

Personalizamos #mascarillas lavables y reutilizables con tus propias creaciones o el diseño que más te guste