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Gastronomía

¿Conoces la brujidera?

Garagewine, Brujidera - Img. Javier Caravaca

Cuesta encontrarla, una uva prácticamente perdida. Los Toledo y Ajenjo la cultivan con amor y elaboran un monovarietal del mismo nombre

Viernes, 25.09.20

Javier Caravaca.-  La brujidera es una uva tinta muy desconocida, extraña de ver, y solo en parajes manchegos o murcianos. En alguna parcela valenciana también la podemos descubrir, por la zona castellana, a duras penas. Esta en concreto es una brujidera toledana, de Quintanar de la Orden. Suena como si quisiera ser una espada medieval: junto a la Tizona y la Colada, la Brujidera infatigable, envainada en el talabarte de los Caballeros de la Sagrada Orden de Quintanar. Perdóname, lector, por el desvarío, pero es que si no es eso es lo otro, una hechicera griega armada de senos y venenos, la Brujidera de Delfos, ninfa si quieres, en cuyos brazos solo queda rendirse y esperar una muerte necesaria.

El linaje de esta vid se conoce también como moravia dulce, o moravia a secas, pero no hay que confundirla con la otra, con la agria, aunque ambas valgan para vino. Los menos poetas la llaman trujidera, que es nombre horrible y no se debe pronunciar en presencia de una dama. Se suele utilizar para hacer vino junto a otras variedades, pero la pequeña bodega de #garagewine se atreve a trabajarla sola, como noble que es. Dejan que crezca a su aire desde hace más de treinta años, no la riegan, para que no se empache, la tocan con la mano para que no sufra, y la alejan de la madera para que nada empañe su belleza natural. Jesús la mima como a un bebé, con su gorrito azul, mecida en el regazo.

Fue amor a primera vista, cuando la vi derramarse por primera vez en la copa, limpia, brillante, con poca ropa para dejar pasar bien la luz. Parecía infantil, roja como un licor de granadas, como si llevara una gema escondida en el centro destellando rubíes y tanzanitas. Qué bonita estaba. Su perfume era igual de luminoso, de granadas frescas, abrigadas con grosellas y zarzamoras, como una bolsa de chucherías silvestre. Apetecía bebérsela, sugería una acidez vibrante, como el salto de los niños junto a un rosal. Olía a rojo y a travesura. Y qué fresco el primer beso, tan líquido, tan dulce, con ese paso ligero por la lengua y ese final frutal persistente, ese que te deja con los ojos cerrados un rato. Me recordó cuando era niño y cogía moras a escondidas en la zarza, cuando me manchaba y me daba igual porque no podía parar, una tras otra, hasta que no quedaba ninguna. 

1861 botellas se hicieron de esta rareza. No quedan en la bodega. Alguna Brujidera 2019 hay perdida en www.vinosraros.es.

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