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Opinión

Aprendiendo a ser feliz

Img. A G-T P, facebook

Antonio Gil-Terrón Puchades

14-09-2020

No voy a hablar de esa media docena de pruebas terribles que todos -con mayor o menor entereza- debemos de pasar. De lo que sí voy a hablar es de cuando la desgracia, o mala suerte, no aparece como un hecho puntual, anormal y aislado, sino que, engarzada a nuestras espaldas, se convierte en una indeseable compañera de viaje que no por habitual, dejará de amargarnos menos la existencia.

De los brutales golpes aislados, difícilmente conseguiremos librarnos, aunque lo que sí podremos es sobrellevarlos con mejor o peor fortaleza, según a quién nos encomendemos. Pero lo que sí podemos evitar es el funesto idilio con esa mala suerte que parece haberse encariñado con nosotros. Veamos cómo:

Siempre he defendido la teoría de que la buena o mala suerte nos la creamos nosotros con nuestras conductas y acciones.

Salvo excepciones, que las hay, existen rachas de “aparente” mala suerte, como también existen rachas de feliz normalidad; es decir, aquellas en las que la vida te golpea “con cariño y sin acritud”, dejándote el cuerpo lleno de moratones, pero sin hacer sangre. Es como un cariñoso pescozón que te recuerda que los días de vino y rosas tan solo se dan en las películas, y éstas no suelen durar más de 120 minutos.

Personalmente, cuando llevo varios días seguidos recibiendo más palos de los habituales, en número e intensidad, lo primero que pienso es que me lo merezco, aunque no sepa el por qué. Claro que, lo saludable entonces, si se quiere cortar la mala racha, es preguntarse el porqué de ésta.

No hará falta que nos salga humo de la cabeza, de tanto pensar, antes de que visualicemos qué estamos haciendo mal o – simplemente – qué es aquello que podríamos hacer mejor pero que nuestra haraganería lo tiene archivado, sine die, en la carpeta de “asuntos pendientes”.

La casualidad no existe, como tampoco existe la mala suerte, y ese conocimiento se adquiere a base de golpes, observación y humildad. Una vez hallada la clave, podemos aspirar a ser razonablemente felices dentro de un orden, con más horas de clase y esfuerzo que de recreo y fiesta; y sobre todo recordando siempre que nunca hay que gritar muy alto nuestra felicidad, ya que la envidia tiene el sueño muy ligero.

NOTA IMPORTANTE: Aquellos que viven auto aupados en un egocéntrico pedestal, piensan que ellos, seres perfectos donde los haya, se merecen lo más y lo mejor de lo mejor. Esta narcisista visión y falta de auto crítica, les lleva a pasar su existencia flotando en un mar de frustración y amargura, esperando un premio que nunca habrá de llegar; tan solo golpes y más golpes, que por creerse inmerecidos, aún les dolerán más.

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