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Donosura

Img. Francisco Álvarez
Img. Francisco Álvarez
No querer querer es una jodienda como otra cualquiera, sobre todo cuando sabes que queriendo, quizá tu vida sea un escenario de usos múltiples

Viernes, 04 de septiembre de 2020

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

No es la primera vez que te miro y pienso que fui un imbécil.

No es la primera vez que lo pienso ni la última que lo siento. Hace tiempo que el sentimiento de haberme tirado del tren en marcha me persigue como arenilla dentro del zapato. Porque vayas a donde vayas, siempre me conduces a ti. Sin miedo, sin botón de sálvese quien pueda, sin querer, quizá aun queriendo, así eres tú en mí: ese último lametón a un helado que sabes que si no lo das, se derrite. Iceberg en manos que ya nunca serán las mías, porque cuando pudo ser, a mí se me antojó otro verano, otro cuerpo, otra conquista y algún capricho. Cuando el deshielo comienza, pónganse a cubierto, caballeros, porque hay barcos de tres chimeneas que no desoyeron los cantos de sirena…

– Llego tarde, Beltrán. Soy un caso… – Me abrazas por detrás, bloqueando mi cuello y mi alma. No es que no te esperase, es que llevo haciéndolo una eternidad…

– No te preocupes: esa señora de la barra cree que estoy aquí por ella… – Nos reímos, mientras tomas asiento a mi lado.

– Pues habrá que decirle que no se haga ilusiones, que el chico guapo tiene dueña…

Te ríes. Me río. No me hace puta gracia, pero me río. Porque el chico guapo tiene dueña pero la dueña no lo sabe, porque si lo sabe, lo mismo se acaban las risas, los cafés y los abrazos por detrás, tortura o premio, porque cuando dejas de hacerlo, me quedo huérfano de emociones jodidamente bonitas. Y buenas. Y de verdad. Porque cuanto tú abrazas, sientes que es la vida la que te abraza. Explosión de alegría, de buen rollo, de déjate llevar, Beltrán, que llegó tu mamita rica. En otras circunstancias, te diría que abrazas y recompones, pero deseándote como lo hago, lo tuyo es más una deconstrucción de nouvelle cousine: favorcito de paladear con dedicación y entrega, por mucho que el fuego atice candela. Te miro. Como el tinglado aquel de Sara y la estatua de sal, sé que hacerlo me acerca demasiado al abismo. Sin embargo…

– ¿¡Qué…!? – Te encoges de hombros – ¿¡Qué me miras, tonto…!?

– ¿Quieres la respuesta corta o la larga…!? – Sonrío, acercándome a ti, mesa de por medio.

– Quiero la divertida… – Arrugas la nariz, mientras te retrepas en la silla. Dejar de mirarte, ya si eso, me dices cómo…

– Soy un espanto con los finales felices, ya sabes…

Hago la señal de victoria con los dedos, sabiendo que si hay alguien que no tiene nada que celebrar soy yo. Y no por vencido, sino por cobarde. ¿Cuántos años hace que yo sé que tú sabes que yo sé? ¿Cuántas veces pude haber leído entre líneas y titulares? ¿Cuántos ‘casi besos’, ‘casi roces’, ‘casi cama’ que jamás llegaron a nada? Cuántos ‘Beltrán, con ella no, que sabes que ella te quiere y tú no quieres querer’. No querer querer es una jodienda como otra cualquiera, sobre todo cuando sabes que queriendo, quizá tu vida sea un escenario de usos múltiples, donde sexo y cariño bailan sin pisarse el main theme de Lalaland. Y no es falta de atracción, que desde siempre he pensado que tu cuerpo es un delirante laberinto en el que perderse es necesidad. Es solo que hacerlo, me cortaba las alas. Y gavilán que no vuela, no atisba bocado, no sé si me explico, Patri.

– Mira lo que encontré ayer en el ordenador… – Te acerco el móvil, enseñándote una foto.

– Nooooooooooooooooooo… – Te llevas las manos a la cara, sin parar de reír – ¿Por queeeé…? ¿No había otra en la que yo estuviese más fea…?

– Tan niña… – Giro el móvil hacia mí – Estás preciosa.

– ¿En serio…? ¿Estoy preciosa y tardas una década en decírmelo…? – Arrugas el sobre del azucarillo y me lo tiras, cual dardo envenenado – Lástima no habértelo parecido entonces: la de lagrimitas que me hubieses ahorrado…

Sollozas de mentirijillas, porque hoy por hoy, aquel amor febril ya está curado. En ti, todo lo mío tiene vacuna y cerrojo de dos vueltas, ya lo sé. Y ya me jode, ya. Y no me vengas con el discursito de ‘no, Beltrán, no te gusto, es solo que ahora ya no hay tanta gatita saltando de tejado en tejado, haciendo ruido con sus patas y sus uñitas’. Ahora, que ya follar no es novedad ni objetivo final, hacerme sitio en tu cama no es mi plan B, señorita, sino mi ruta y mi sino. No te digo lo que me apetece al estar contigo, porque otra vez me quedo sin café, sin tertulia y sin este sexo tántrico contenido, estación y término aunque estemos vestidos. Me tienes loco, nena ¿cómo tengo que decírtelo…?

– ¿Qué tal Pablo…? – Te pregunto, sabiendo que la respuesta me hiere las ganas y la coraza.

– Bien, supongo… – Te encoges de hombros y chascas la lengua.

– ¿Pasa algo, Patri…? – Dios de mi vida, dime que va todo como el puto culo y que por fin el semáforo se pone en verde para mí…

– Pasa que Pablo se cansó de esperar a que suceda el milagro… – Veo lágrimas en tus ojos. No me gusta verte triste y menos si yo puedo evitarlo…

– ¿De qué milagro me hablas…? – Te cojo las manos, sabiendo que las mías sudan dos cataratas. No es la primera vez que te toco, pero no es lo mismo tocar que sentir, y ahora te siento, vaya si te siento…

Shhh. A veces el silencio es la voz de las cosas que se quedaron afónicas de tanto decir sin que nadie las escuchase. Shhh. A veces el silencio son ganas, ganitas, miedos y mieditos, temor a romper el hilo rojo que siempre te conduce a la persona adecuada. Shhh. A veces el silencio es la balsa del náufrago extenuado, que más que nadar, bracea: ¡sigue dándole, tío, que malo será que ella no te vea! Shhh. A veces el silencio es eso y más. Lo es todo y nada, porque los besos que no se dan a tiempo, se convierten sueños de sofá y mantita, reclamos de pon una de Vandame, a ver si dejo de pensar en ella un día, Dios bendito…

Me miras con ese brillo tan tuyo que hace de tu iris dos luciérnagas diminutas y rutilantes, pero no dices nada. Podría salir de allí pitando, no en vano, los seres humanos sabemos que no conviene sacar la cabeza por la ventanilla cuando el tren entra en el túnel. Sin embargo, aquí sigo, con la camiseta pegada al cuerpo, acariciándote las manos, esperando la estocada final. No soy yo muy de Fe, de saetas y letanías, pero si existen los milagros, que Fátima se acuerde de mí, tan tarado como imbécil y pillado de ti…

– ¿D-e q-u-é m-i-l-a-g-r-o m-e h-a-b-l-a-s…? – Se me sale el corazón del pecho: se ruega devolver si no se va a dar el uso debido.

– Del milagro de olvidarte, querido… – Te limpias las lágrimas, mientras ríes, descontrolada – ¿Por favor, me cobras…? –

Dices al camarero, cogiendo tu bolso.

– Eeeeh, ¿qué haces…? ¿A dónde vas…? – No te suelto las manos, porque hacerlo es tanto como dejar un globo de helio a su voluntad.

– No lo sé, pero lejos de esto… – Nos señalas, riendo entre lágrimas mientras te incorporas.

– Dame un segundo, un segundo nada más… – Te corto el paso. Quiero abrazarte, joder. Quiero abrazarte hasta meterte dentro de mí, pero como cuando estás en el quicio del trampolín, la piscina se me hace muy océano…

– ¿¡Ves…!? – Me acaricias la cara – Lejos de esto, Beltrán: tengo 40 años y se me da fatal jugar a las citas que nunca culminan.

No sé bailar sin música, bebé…

Me das un beso en los labios, tan fugaz como delicioso. Cierro los ojos al instante, buscando congelar el tiempo entre tus párpados y los míos. Te despegas de mí como si mi pecho quemase como un soplete de soldadura. No te vas, huyes y yo no tengo cojones para salir corriendo tras de ti y decirte lo que ya no es mío. Soy más hábil soñando que viviendo, porque cuando hay que jugar a ganar, me quedo a mínimos y ya se sabe: jugador de chica, perdedor de Mus. Beltrán, ve tras ella, cuéntale la movida de que no puedes dejar de pensar en ella como mujer. Cuéntale que eres zorro viejo, que sabes discernir entre un lío y una historia, y que ella es de las grandes, de las de quedarse a ver los títulos de crédito hasta que llega el encargado de la limpieza con la escoba y el carrito. Cuéntale que hay reencuentros que merecen tomos principales y no apéndices, por mucho que sea edición comentada, delirio de coleccionistas. ¡Corre tras ella, Beltrán! ¡Corre…!

Pero cuando alcanzo la puerta, fuera solo hay lluvia porculera. Coches que vienen y van. Autobuses que jadean a cada frenazo. Paraguas, charcos y caras tristes. El invierno como estado civil es algo para lo que no he nacido, joder. Miro a los lados y no te veo. No puedes haber ido muy lejos: caminas lentísimo, Patri, deberías bajarte de los tacones. Salvo que me persiga un león, no lo veo probable, contestas siempre. Y yo ahora tampoco te veo, Patri. No te veo. Y si no te veo, voy a morir, ya está. Me siento en un portal a merced de la lluvia, a ver si una dosis de realidad me ayuda a entender por qué siempre la cago contigo. Dejo caer la cabeza sobre mis manos, bajando la mirada hacia la acera. Un reguero de agua hace un remanso en mi zapato. Esta metáfora sobre mi corazón inundado me ayuda a no pensar más que en inspirar, expirar, inspirar, espirar, inspirar, expirar….

– Tienes diez segundos para convencerme de que esta vez va funcionar…

Levanto la vista y ¡ahí estás! Empapada, con el pelo mojado sobre la cara y el rímel haciendo aguas. No sé si te lo dije alguna vez, nena, pero esa donosura, esa manera de ser, tan tú todo el tiempo, me tiene el seso comidito… Me levanto de golpe y te abrazo. Bueno, no te abrazo, recibo tu abrazo, ese lugar común en el que lo mío y lo tuyo no delimitan en esquina alguna. Te cojo la cara con las manos y te beso. Te beso como debí hacerlo hace años: con ganas y con antojo. Si no eres tú, yo ya no quiero masná. Sabes a rabito de nube, a pipa pelada al final del paquete, a ducha caliente y toalla suave ante de meterme en la cama. Sabes a ti y a mí y ya nada me gusta más que lo que me das. Patri…

– ¿Sabes qué…? – Te susurro, al oído…

– Shhh y bésame otra vez, bobito…

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