¿Volverán a confinarnos?

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Javier Caravaca / POLÍTICAMENTE INCORRECTO

07-08-2020

Ante el aumento de rebrotes, la falta de confianza en la gestión del Gobierno, los confinamientos de algunos pueblos y la incertidumbre sobre la evolución de la pandemia, surge la duda de si volverán a confinarnos, si volverá el estado de alarma y lo de no poder salir de casa. La respuesta simple y rotunda es no, eso no volverá a suceder, salvo que se den dos circunstancias poco probables. Veamos las razones.

El motivo más poderoso quizá sea que el confinamiento domiciliario no es la mejor medida para evitar la propagación del virus. Ante el desconocimiento y la falta de inteligencia de algunos gobiernos, se decretaron medidas muy severas a este respecto. A la vista de los resultados, no han sido decisiones eficientes. El CEPR publicó el 28 de mayo un artículo riguroso en el que ponía de manifiesto que las medidas que han resultado más efectivas han sido: restricción de grandes eventos, prohibición de grandes aglomeraciones y cierre de escuelas. Desde un punto de vista ético, son medidas que no restringen demasiado las libertades individuales. Por otro lado, el confinamiento domiciliario o la imposibilidad de asistir al trabajo no han ayudado tanto a contener el virus y sin embargo sí representan una vulneración muy grave de las libertades. Por último, la limitación de la movilidad por el territorio y el tráfico aéreo han tenido poca relevancia, aquello de no poder cambiar de residencia o salir de paseo ha sido simplemente un abuso intolerable contra los ciudadanos que de poco ha servido para frenar la pandemia. Llegados a este punto y a tenor de las evidencias, asumir un nuevo confinamiento domiciliario sería renunciar a nuestra libertad a cambio de nada.

Otro motivo muy poderoso es el de la mortalidad y el colapso hospitalario. No creo que nadie tenga dudas a estas alturas de que el principal problema del COVID-19 no es su letalidad intrínseca, sino la mortalidad derivada de un eventual colapso sanitario. Si observamos los fallecimientos desde mayo, no por el COVID, cuyas estadísticas son prácticamente absurdas, sino todos los fallecimientos ocurridos, descubrimos que están dentro de lo esperado de acuerdo con la estadística de los últimos diez años. Los informes MoMo periódicos así lo demuestran hasta el 28 de julio. Es decir, que aunque existan rebrotes, aunque las cifras de contagios aumenten, no lo hacen de forma paralela los fallecidos, lo cual nos hace sospechar que, sea como fuere que estén contando los contagios, no existe ningún atisbo de colapso sanitario al respecto. Si el sistema de salud funciona, es obvio que los pocos casos que devengan críticos podrán ser atendidos adecuadamente.

Javier Caravaca

En relación a lo anterior, está la razón de la letalidad de la enfermedad. Es sabido que el COVID-19 no es más contagioso, más prevalente ni más letal que otras enfermedades infecciosas y parasitarias con las que lidiamos continuamente. Cada día mueren en promedio 17 personas por enfermedades de este tipo. Algunas de ellas, como la tuberculosis o la hepatitis nos las cruzamos a diario y nos pasan desapercibidas, pero ahí están llevándose por delante las almas sin remedio. Si comparamos las muertes por COVID con las muertes por enfermedades respiratorias, tampoco parece que sea más peligroso: mueren diariamente 150 personas por ellas, 27 de las cuales por neumonías, 5 por gripe y 65 por “otras causas”. Por el COVID, en cambio, las podemos contar con una mano, solo hay que ver que cada nuevo fallecido es noticia. Por muy incrédulos que seamos con las estadísticas, (al INE me remito), el COVID no alcanza ni de lejos las cifras de contagios ni de letalidad de todas esas enfermedades que amenazan diariamente con infectarnos y llevarnos a la tumba. Por tanto, si no existe una situación de colapso sanitario, el COVID no será especialmente mortífero. Y en caso de colapso, deberíamos preocuparnos todavía más de otras enfermedades que demuestran ser más letales. Sea como fuere, no parece que vayamos en esa dirección.

También está la razón de la economía. Hemos visto reducirse la productividad durante el confinamiento hasta niveles asombrosos, propios de una guerra. A nadie se le escapa que un nuevo confinamiento domiciliario traería consigo una devastación del tejido productivo con consecuencias irreversibles. Y la pobreza mata, mata más que las bombas. Solo hay que darle un vistazo a la esperanza de vida de los países más pobres para echarse a llorar. Solo un gobierno con una intención muy perversa sometería a su pueblo a semejante trago, contando con que el pueblo fuese lo bastante sumiso como para no revelarse.

Y por último, en el caso particular de España, está la razón del ridículo y la incompetencia, que esta vez juega a nuestro favor. El Gobierno no se atreverá a tomar ninguna decisión al respecto sin el consejo de autoridades internacionales y tampoco será el primero en actuar. Y, por los motivos anteriores, nadie en su sano juicio recomendará el confinamiento domiciliario ni mucho menos lo pondrá en práctica.

En conclusión, no volverá el estado de alarma ni la pérdida severa de libertad de movimientos, salvo que coincidan dos circunstancias poco probables: una, que el Gobierno tenga intereses firmes hacia el totalitarismo y se atreva a ponerlos en marcha, y otra, que nosotros estemos dispuestos a tolerarlo. Pero todo puede ser.

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