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Cultura RELATOS

Trapío

Imagen FRANCISCO ÁLVAREZ

Noe Martínez / PALABRAS OLVIDADAS

29-07-2020

TRAPÍO

 

Nada hay más calamitoso que una despedida que no sabe que es la última. Esas veces en las que el punto final te coge por sorpresa, con la guardia baja y el corazón ansioso de oportunidad y desafío, de eso que dices, malo será que otra vez no te cruces en mi camino. Porque lo tuyo y lo mío es una encrucijada de oportunidades, golpes de suerte arrebatados al hola y al adiós, por aquí he venido. Sin planes, sin rumbo, sin más dirección que el saber que al final de la temporada de lluvias, siempre hay un día en el que luce el sol, ese sol, atrevido e insolente, que sabe que no hay mal que dure para siempre. Sea como fuere, verte es siempre emoción cíclica y bendita. No sé si te lo he dicho alguna vez, Greta, pero después de ti, ya nada fue lo mismo…

– ¿Y ahora qué…? – Te pregunto, cogiéndote las manos, queriendo fijar en el tiempo lo que nació para volar efímero.

– Ahora, nada…

Nada y todo son dos absolutismos en los que tú y yo nos movemos bien. Arenas movedizas que nos atrapan, sabiendo que en cuanto saquemos un pie de la masa húmeda y prieta, la salvación está cerca. Pero a veces, salvarse no es del todo un plan para que el que encuentra en el fuego su lugar favorito. Sabemos, porque ninguno de los dos podemos desear a medias, que lo nuestro es como un tubo de confetti: nada que destapas, el diluvio de papelitos convierte el cielo en una delirante bata de cola. No podemos tocarnos a medias. No podemos abrazarnos a medias. No podemos besarnos a medias. Todo o nada. Nada y todo, Greta. Verte me convierte en un infortunio de galán de road movie, siempre preparado para arrancar mi viejo coche y llevarme puesta a la chica bonita. Lo sé, no somos niños. Tenemos responsabilidades que cumplir. Me pregunto por qué a nadie le importan esas otras tantas irresponsabilidades que se quedan guardadas en el pecho, a merced de los quiero, yo quiero, vaya si quiero. Discúlpame que insista, bella, pero ya de mojados, al río…

– ¿Nada…? Habla por ti, nena… – Replico con las manos en tu cintura. No haces ademán de irte, pero pongo firmeza para que sepas que no hemos terminado.

– Nada por los dos, Javi… – Dejas caer la frente sobre la mía. De lejos, el mar se deja caer sobre las rocas, curiosa ironía…

Por los dos. Ojalá pudiese decirte que yo no tengo nada que sopesar, porque cuando estoy contigo, todo lo que me brindas es billete de curso legal. Con lo que me das, voy tirando, porque hace tiempo que entendí que es esto, o nada. Y como estar sin ti es mucho peor que no saber cuándo te tendré, disfruto con lo que llega, dejando la cabeza en modo avión. No datos, no interrupciones, no más cosas pendientes que tú y yo. Con el pecho a punto de hacer pum, Greta. Siempre con ganas de decir lo que tengo dormido, pero con miedo de prender fuego a una hoguera que se lleve por delante algo que no es mío, no sé si me explico. Puedo aceptar ‘nada’ como estado de enajenación mental transitoria, como una forma de vivir sin vivir. Pero no puedo aceptar ‘nada’ cuando se refiere a ti. A ti no. Porque cuando estoy contigo, la nada explota. Que sí, que sí, que lo nuestro no tiene sentido, tanto tiempo después, enredos de albur y vida. Pero entenderás que no soy yo el que mueve los hilos …

– Llámame loco, pero yo no voy dando besos apocalípticos a la primera chica linda que me hace ojitos… – Río, sabiendo que estoy dejando al aire más emociones de las debidas. Cuando ves venir la hostia, conviene tener puesto el arnés y el salvavidas.

– Yo no te hago ojitos… – Te ríes, coqueta, rozándome los labios con los tuyos otra vez.

– Tú me haces ojitos… – Tu boca huele a fresa. Y olería a fresa, aunque no mascases chicle de forma compulsiva. Tu boca huele a fresa por decreto emocional.

– Yo lo que hago es quererte, imbécil, aunque no sea fácil admitirlo…

Un beso no se convierte en inmortal por el simple hecho de darlo. Un beso se convierte en épico cuando sabes que por mucho que busques, que poses tus labios en los labios de otra, la rana jamás será tu princesa. No es besar, es hacerlo como se nos da. Esa hermosa conjunción de sentimientos agónicos, seguros de que posiblemente no se nos vuelva a dar, porque así somos nosotros y esto tan nuestro que llevamos en la maleta desde la noche del olvido. Con rotundidad, los que afirman que segundas partes no son buenas es que no han tenido nunca el trapío de besarte como lo hago yo. Sea como sea, Greta, sola o compartida, no salgas nunca de mi vida.

– Si esta noche fuese la última, ¿qué me dirías tú…? – Esperas, ansiosa, agazapada en mi cuello, ese cobijo tan tuyo que ya tiene tu forma.

– Te diría lo mismo que la primera: quédate conmigo, haré lo imposible porque esto salga bien…

– No saldría bien, y lo sabes… – Te oigo respirar entrecortado. No quiero que llores, porque lágrimas es de lo poco que no quiero provocarte.

– Yo solo sé que cuando estamos juntos, lo demás se me olvida. Solo tú, no sé si me entiendes… – Te sujeto la cara con las manos. Tienes boca de patito. Podría borrarte los labios en un suspiro.

– Pero lo demás de nosotros no se olvida…

Me besas los labios en un encuentro fugaz y delirante. No es un beso que anuncia beso. Es un beso de hasta aquí llegamos, porque seguir más allá, sería materia de sana, sana, culito de rana. No sé a que sabe la hiel, quizá a beso y a despedida, porque cuando te vi subir la cuesta, sin soltarme la mano, pero mirando hacia delante, evitando encontrarte en mis ojos, supe que algo no era como otras veces. Podemos estar meses sin saber el uno del otro, años también los hubo. Pero siempre sabiendo que, en cualquier momento, los astros se ponen de nuestro lado. Sin embargo, esta vez, Greta, esta vez las campanas tocaban a rebato. Sálvese quien que pueda, mujeres y niños primero. Caballeros, no dejen de tocar hasta que mar les cubra el sombrero…

– Te quiero, Javi… – Me abrazas, cuño y sello de últimas voluntades, corazón en exilio.

– Como si eso cambiase algo, Greta… – Me niego aceptar esto como un adiós. Para las hostias en todo el bazo, nunca hay momento favorito.

– Y te voy a querer mientras viva…

Desaparecer no es la palabra exacta, porque irte, no te has ido nunca de mí. Pero no volver a verte es la enésima forma de morir en vida. Ni rastro. Jamás. Nunca. Desde entonces, la sola idea de tenerte delante me persigue. Haga lo que haga. Bese a quien bese. Ame a quien ame, Greta, te amo a ti. Sé que seguramente esta segunda parte de lo nuestro fue como el Guadiana, unas veces sí, otras no, pero de lo que sí estoy seguro, porque así lo siento, coño, y de ello me alimento, es de que pasó. Vaya si pasó.

No se puede ‘desamar’.

No se puede ‘desbesar’.

No se puede ‘desdesear’.

No se puede. Por eso hago de tu ausencia mi viacrucis, mis escaleras escarpadas. Es más que posible que jamás leas esto, como todo lo que siento y no escribo, pero que sepas, Greta, que allá a donde te hayas ido, me llevas pegadito a tu ombligo. Que la eternidad sea para siempre el escenario de lo que pudo haber sido. Te quiero hoy y siempre, ¿me has oído…?

noemartinez.es

FOTOGRAFÍA ORIGINAL Francisco Álvarez

 

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