La historia es larga, y comenzó antes de que yo naciera, cuando mi madre tenía poco más de quince años y era una de las tantas que debían elegir entre trabajar o ir a la escuela, entre no comer o hacerse putas. Y mi madre decidió comer, y que comiesen sus hermanos.

El club se llamaba La Esperanza, bonito nombre, y se quemó, ya sabe, hace dos o tres veranos. No fui yo, Padre, le tengo miedo al fuego y por eso no quisiera ir al Infierno.

Usted escuche y ya verá cómo defenderme ante el Señor.

Como le decía, a mi madre la hicieron puta y le cambiaron el nombre porque no podía llamarse María, como la Virgencita, una piojosa que vivía en pecado, tomando copas, culeando con ellos. Ahora mismo poco importa cómo la llamaban, luego se lo digo, aunque tal vez ya sepa.

De martes a domingo vivía en La Esperanza, qué bien suena, y los lunes llenaba de víveres la casa para asegurarse de que sus hermanos aprenderían a leer, a sumar, restar, y harían catequesis para mendigar un cachito del Reino de los Cielos.

No se ponga nervioso, Padre, no hay nadie esperando, y pienso hacerla corta. Un día mi madre no pudo abrir las piernas, algo se las apretaba con la fuerza de un caballo, no pudo separarlas y el cliente le rompió los ojos, sabe, mi madre no era ciega, la hicieron ciega los mismos malnacidos que la habían hecho puta.

Cuando volvió a casa mis abuelos lloraron, mis tíos lloraron, y yo también, supongo, aunque mi madre tardó días en saber que estaba embarazada. Nací y no voy a mentirle, Padre, en casa ya nadie creía en el Señor, y habían quemado crucifijos y estampitas para calentarse en el invierno.

No me interrumpa, Padre, queda poco. Cállese y escuche si no quiere que se nos haga aquí de noche.

Para mi madre yo siempre fui su negrito, a veces su indiecito, porque nadie se atrevió a decirle que soy rubio y yo siempre, por lealtad, la miré con ojos negros, aunque en el espejo me encontrara cada día estas dos pelotas verdes, con pupilas de asesino.

Explíquele al Señor que yo apreté el gatillo, pero los mató mi sangre, Padre, que ya vino torcida.

Mi madre ya murió, se fue secando de los ojos hacia abajo, y al final su pelo era lo único que parecía vivo, o que al menos se movía.

Usted la conoció, Padre, y puede calcular la dimensión de la tragedia. Cállese, necesito terminar, que usted luego me absuelva y explique mis razones al Señor.

Como le decía, mi madre se secó, pero antes me contó la historia. La suya. El principio de la mía, Padre. Fue horrible entrar en La Esperanza, suena raro, pero fue terrible el cuento de los golpes, la colección de depravados, la lista interminable y minuciosa de posibles padres escupiendo a mi exclusiva madre. Por eso los maté, Padre, por mis hijos, mis hijas, por el bien de todas esas nenas que tienen que elegir entre comer o hacerse putas. Cállese.

Apunté en un cuadernito cada nombre y fui acabando con todos, Padre, y ahora necesito terminar y que me absuelva. Luego rece, o llore. Sea valiente, Padre, el final ya lo supone, usted me perdona y lo mando a hablar con Dios.