La música como hogar, como patria y como tratamiento con el que combatir la soledad existencial que alguna vez se nos echa encima y convertir, nos dice esta autora, “la zozobra en arraigo”. Una muleta en la que apoyarnos cuando las circunstancias de la vida no lo ponen fácil.

A los elementos biográficos arriba descritos, añadamos la comprensible pasión de la autora por Frédéric Chopin, cuya música fue lo más parecido a un país que tuvieron los polacos cuando éste fue anexionado durante más de un siglo. “Chopin transformó la nostalgia que inundó su corazón en música que sirvió de hogar a los polacos”.

Gescinska no es la primera ni será la última filósofa dispuesta a arrojar luz sobre los misterios de la música y nuestra relación con ella, sobre el papel que puede llegar a jugar en nuestro desarrollo personal y moral, sobre si puede contribuir a que cada uno de nosotros sea mejor ciudadano, a que el mundo sea menos malo… Ella misma saca pronto los inoportunos ejemplos de siempre antes de que nadie se los eche en cara, a saber: que los nazis gaseaban personas por la mañana y disfrutaban de las mejores óperas por la tarde, que la rivalidad entre los raperos de la Costa Este y la Costa Oeste se llevó por delante unas cuentas vidas, que ha habido más de un director de orquesta tan indeseable como persona como talentoso batuta en mano…

Johann Sebastian Bach/Img. archivo
Johann Sebastian Bach/Img. archivo

La pensadora polaca tuvo la oportunidad de poder preguntarle personalmente a Krzysztof Penderecki, uno de los grandes compositores de la segunda mitad del siglo XX fallecido el pasado mes de marzo, si la música puede ir más allá de sus valores estéticos aportando fuerza moral a quien la crea, la interpreta y la disfruta. El creador del Treno a las víctimas de Hiroshima ha ido cambiando de idea y ahora niega de pleno ese tipo de compromiso. Admite que la música puede llegar a aliviar el dolor que causa la realidad pero no cambiar dicha realidad.

Aún más negativo fue muchos años antes Theodor Adorno, que veía en el pop o el jazz el eficaz instrumento del capitalismo para embrutecer a las masas, la  herramienta idónea para adormecer el pensamiento crítico. Desde las primeras páginas, Gescinska se declara en el polo opuesto. No cree que la música tenga poderes mágicos pero tampoco teme pecar de ingenua cuando insiste en que posee una fuerza humanizadora que puede hacernos mejores, que nos ayuda a comprendernos y comprender a los demás.

La música aporta consuelo, entretenimiento o gozo pero no solo. Puede que la ciencia haya demostrado que su disfrute activa las mismas zonas del cerebro que una buena comida, el sexo o las drogas pero no cabe la comparación. “Reducir la música a mero placer no hace justicia a la diversidad y el significado de la misma en nuestras vidas. Otorgar el mismo significado al acto de comer una hamburguesa y escuchar el aria Erbarme dich de la Pasión según San Mateo de Bach es, en efecto, un disparate para el que no hay palabras”.

El punto que marca la diferencia es la empatía, la capacidad que tiene la música para ponernos en la piel de otro (“como si nos adentrásemos en el espacio subjetivo de otro yo”) y experimentar sentimientos ajenos, sin que ello suponga que esto solo pase con las piezas más conmovedoras, aunque luego cita como ejemplos La canción a los niños muertos de Gustav Mahler o la Sinfonía nº3 de Henryk Górecki.

Cuanto de bueno tiene la música para mejorarnos puede perderse si somos incapaces de concentrarnos en nada más de un minuto. Con el CD ya no había que levantarse a cambiar de cara el vinilo. Con el MP3 llevábamos todos nuestros discos en un dispositivo del tamaño de una caja de cerillas. Con Spotify disponemos de casi toda la música grabada en el móvil. Con la comodidad llevada al extremo, reina la ley del mínimo esfuerzo y nos cuesta más que nunca poner la voluntad que requiere escuchar de verdad una composición compleja. En esto, Gescinska no consigue sacudirse el pesimismo. No tenemos paciencia y las canciones acaban por ser un fondo sonoro mientras hacemos otras cosas. No hay necesidad de prestar atención. Admite que como mujer de su tiempo ella misma tiende a realizar tareas de forma simultánea, entre ellas oír –que no escuchar– a Bach o Beethoven.

Error. Cuando se escucha música de verdad, “no solo se potencia nuestra capacidad para comprender el mundo, sino también para comprendernos a nosotros mismos y sentirnos comprendidos” porque “la música no solo dice algo sobre la vida interior de los músicos, sino también sobre la nuestra como oyentes. Nos reconocemos en lo que escuchamos porque la música tiene el poder de expresar ciertos aspectos de nuestros sentimientos e ideas que no siempre somos capaces de explicar con palabras”. Las de Gescinska tienen vocación de hacerse entender sin renunciar a la profundidad. La música como hogar y también como excusa para pensar de la mano de una ensayista formidable.