El celular no paraba de brincar por cada mensaje, presintió que no lo encontraría. Era la primera vez que se animaba a ir a una cita a ciegas con alguien que no conocía más que en el fais. –Ni modo de volverme a casa, eso sí que no, ahora me aguanto–, se dijo.

Por fin avanzó el metro. La gente sudaba y se apretujaba. Todos tenían cara de fastidio. No sólo era el cansancio acumulado de la semana, ni de las tardes lluviosas. El fastidio iba más allá de la rutina: se expandía como un chicle re-masticado y sin sabor, se pegaba en la ropa de los pasajeros para colarse en sus casas como se cuela la humedad; se metía entre sus ojos apesadumbrados, muertos de sueño y monotonía.

En Hidalgo bajaron muchos y otros muchos entraron. El aire no circulaba hasta que el tren retomó el movimiento. Tenía los zapatos mojados y resbaladizos pero aun así no quiso desistir. Ya tenía rato que buscaba un cambio en su rutinaria vida y éste, se decía, era el primer paso.

No es que estuviera deprimida, pero en los últimos tres meses después de que terminó con Joel subió 17 kilos. Su trabajo le tenía hasta el gorro y los memes que mandaban sus amigos le aburrían infinitamente. En las tardes lluviosas, al llegar a casa, recalentaba su comida en el microondas mientras veía Netflix. Pasaba de una película a otra, de una serie a otra, de un canal a otro, sin ver en realidad algo. Acariciar a su gata le daba cierto alivio: poco a poco su cuerpo se iba aflojando, su cuello se volvía blando y su mandíbula se distendía, en tanto que su gata se estiraba perezosamente. Así transcurría la tarde-noche hasta quedarse una roncando y la otra ronroneando.

Esta vez, se dijo, su vida sería diferente. Lo venía pensando mientras transbordaba en Bellas Artes para tomar la línea 8. Los mensajes de WhatsApp que le llegaban al celular le advertían de que en cinco minutos más se iría sin ella. El último mensaje que leyó le aceleró el corazón. En ese preciso momento, mientras tenía los ojos fijos en la pantalla y daba el paso para bajar, rodó por las escaleras. Ni sus gruesas caderas, ni sus flácidos glúteos le ayudaron a amortiguar semejante golpe. Todo sucedió en un instante.


Ya son siete horas que Jacinta está en el hospital. La despiertan a cada rato, le toman la presión, le revisan el oxígeno y le hacen las mismas preguntas. El médico le dice que no puede irse, que tiene que quedarse un poco más. –¡Maldito!– pensó, –lo hace a propósito nomás pa´fastidiar– . Esta vez, se dijo Jacinta, su vida sería diferente.

Lo venía pensando mientras el tac-tac tac-tac-tac tac-tac del estetoscopio fue contundente: sus válvulas, como las puertas del metro, no cerraban, la sangre se aglutinaba en sus venas.

Mientras la operan, las enfermeras sudan y los médicos se dan prisa, quieren terminar su turno a tiempo. La sala de espera está a reventar, todos tienen cara de cansancio, de fastidio: aquí también, como en el metro, bajan muchos y otros más entran, en un balance de la vida, como chicle masticado.