Narciso

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Antonio Gil-Terrón Puchades

08-07-2020

Malnacidos aparte, esos que poseen una personalidad que harían regurgitar al propio diablo, están los “egoístas simples” como especímenes dignos de estudio particular.

Si bien el plato de la maldad suele llevar, entre otros despropósitos, el egoísmo como guarnición, cuando hablamos de egoísmo puro, sin más miserias morales que lo acompañen, no logro hallar en él maldad alguna.

El egoísta nace, o la vida lo hace; pero independientemente del origen causal de estos seres individualistas que no hacen ascos a la hora de beneficiarse de la generosidad de su prójimo, he llegado a la conclusión de que estos personajes no son malos “per se”, sino que simplemente son seres primitivos que no miran más que por su propio interés.

Y son tan primitivos y básicos en sus ególatras conductas, que su “humanidad” queda varios escalones por debajo de los perros, animales generosos y entregados donde los haya.

Así pues, y que Dios me perdone, entre un egoísta y un perro, egoístamente prefiero la compañía del perro; es más de fiar.

No sé si me explico…

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