Otro vislumbre de Dios

Img. A. Marin Segovia

Vicente Torres

24-06-2020

Supongamos que al igual que Josef K., el protagonista de ‘El Proceso’, de Franz Kafka, se me arresta y se me recluye en un lugar. Tampoco sé por qué, pero, al contrario que él, sí que sé que jamás saldré de ahí, ni podré hablar con nadie. Tampoco tendré papel ni lápiz. Se procura que tenga de todo, que pueda tomar el sol cuando quiera, buena comida y bebida y toda la atención médica necesaria para que mi vida perdure todo lo posible. Se dirá que el hecho de que se me facilite comida, bebida y atención médica es una manera de dialogar, pero la alternativa, que tenga que cazar, pescar, cultivar la tierra, cocinar, etcétera me haría estar entretenido, y lo que se pretende es que no tenga más remedio que pensar.

Puesto que mis circunstancias no serían las de Tarzán, o Rómulo y Remo, criados todos por animales, sino que habría surgido de la civilización, o sea, eso que ha sido formado por miles de millones de personas, sin cuya aportación seríamos muy parecidos a los chimpancés, y algunos a los cerdos, tendría dos opciones: el suicidio o resistir. Esto último es un desafío más sugerente incluso que el de subir al Himalaya a pulso.

Aceptado el reto, hay que partir de la base de que todo lo que piense nacerá y morirá en mí. Nadie podrá saber jamás lo que he pensado o dejado de pensar. No tendré ninguna necesidad, pues, de recurrir al autoengaño. Tampoco tendrá sentido que pretenda reforzar mi autoestima, ni que desee alimentar mi ego. Estaré a solas conmigo y todo lo que piense será verdad y nada más que verdad. ‘Quien habla solo espera hablar a Dios un día’, nos explicó Antonio Machado. ¡Mi diálogo sería con Dios! Pero no sería con el dios de la guerra, ni con el de la paz, ni con el del trueno, sino con un único Dios.

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